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Graterolacho según Graterolacho

Semanas antes de irse a echar broma al cielo con Lumute, Nazoa y cuanto poeta jodedor ande por allá arriba, el periodista, publicista y humorista, Manuel Graterol Santander, me recibió en su casa para conversar sobre su vida y su manera de percibir el humor venezolano. Esta fue su última entrevista

Por Carlos “Caque” Armas – Fotografía Jorge Pineda

La calle donde vivía llevaba su nombre desde hace años, un reconocimiento que pocas personas suelen tener en vida. Pero así quería la gente a este simpático señor, al que difícilmente se le puede conseguir en una foto sin esa contagiosa sonrisota. Al entrar a la casa, se ven sapos por todas partes: en cerámica, en cuadros, en peluches. Sin duda, es el hogar de El Sapo Graterolacho, como se le conoce en publicidad, aunque muchos lo recuerden más como el Camaleón Mayor. Un hombre que desde niño se dejó enamorar por el humor.

“Y ocurrió apenas aprendí a leer y escribir”, recuerda El Sapo. “Yo viví mi infancia en Acarigua, y por aquella época existía aquí en Venezuela un semanario que se llamaba El Morrocoy Azul. Yo corría a comprarlo cuando llegaba a mi pueblo los sábados. Salí de sexto grado y le dije a mi papá: ‘No quiero ir al liceo?, quería ser algo que en ese momento no sabía que era, pero que luego descubrí que era ser creativo”.

“La cosa de los versos viene de mi padre. Él hacía en versos los ‘Testamentos de Judas?, una tradición venezolana de Semana Santa, y en ellos se metía con todos los del pueblo. Los habitantes, los gobernantes, todo el mundo se veía reflejado. Era una especie de protesta. Se me pegó aquello del octosílabo llanero y empecé a practicar, al punto que cuando papá se enferma y muere, a los 57 años, yo heredé ese compromiso todas las semanas santas”.

Además de eso, en diciembre, Graterolacho hacía un librito de aguinaldos impreso en multígrafo, el cual salía a vender con sus compañeros de liceo. Esos fueron sus primeros medios, pero así de rústicos como eran entonces sirvieron para abrirle camino en el área de la comunicación.

“Yo tenía dos hermanas en Caracas y, a raíz de la muerte de mi padre, me fui con ellas. Un señor que me había visto recitar en Acarigua, Luis Peraza, ‘Pepe Pinto?, era subdirector de una emisora muy precaria que estaba donde está hoy RCR. Allí tuve que aprender desde cero, con una suerte increíble, porque este señor que era dramaturgo, humorista, poeta y todo eso, estaba a punto de retirarse y me iba pasando sus compromisos, dándome oportunidad para que yo hiciera toda una serie de piezas humorísticas”.

El joven Manuel empezó a mandar sus trabajos a otras revistas y así uno de sus sonetos llegó a manos de Víctor Saume, hombre de medios y padre de la Radio Rochela, quien de una le dijo: “Oye vale, usted sirve para copy writer”, a lo que Manuel contestó: “Usted me disculpa, pero… ¿Qué es eso?”. Pronto descubriría que se trataba de escribir para radio y televisión. “¿Cuánto sueldo aspira ganar Manuel?” y el Sapo contesta: “Le voy a ser muy sincero, yo ahorita gano 500 bolívares. De mosquito pa? arriba, todo es cacería”.

Así comenzó una carrera de 50 años en el medio publicitario que Graterolacho siempre describió como su escuela, y de la que tenía planes de escribir un libro titulado Maldades de un publicista, proyecto que lamentablemente no tuvo tiempo de comenzar.

Camaleón de la risa

En Venezuela, existe una larga tradición de publicaciones humorísticas que van desde la Linterna Mágica, a principios del siglo pasado, hasta las salidas web de El Chiguire Bipolar. En el medio de más de 100 años de historia, Graterolacho se erige como uno de los principales protagonistas de esta vertiente. Su primera experiencia fue en El Gallo Pelón, fundada por Carlos Galindo, “Sancho”, y donde conoce a su gran hermano del alma, Lumute, con quien trabajaría en prensa, radio y televisión en el proyecto que le diera más notoriedad en vida: El Camaleón.

“Luego de haber trabajado en El Sádico Ilustrado con Zapata, nace el proyecto mío, que a diferencia de experiencias anteriores, que se pagaban de forma individual, busca por primera vez hacer un semanario encartado en un diario de gran circulación. Quisimos hacerlo primero en El Diario de Caracas, pero terminó dándose en El Nacional. A pesar de que Miguel Otero nos apoyaba, aún había algunos reacios que decían: “Esto nos cuesta dinero”. Yo insistí: “No les va a costar más que una página. Denme el peor día de ventas para El Nacional y yo le prometo que le levanto la venta. Me dieron el viernes en Caracas y los sábados en el interior”.

El Camaleón, desde el primer momento, fue un éxito. El Sapo logró reunir una serie de humoristas y dibujantes que conocían de publicidad y lograron trascender las páginas impresas y ubicar su reptil “un rato en la radio y otro en televisión”.

El Camaleón pegó porque hizo humor político de entrada”, cuenta Graterolacho. “El humor para mí es un ejercicio cotidiano, pero no esperaba que trascendiera tanto. Recuerdo que me llamaban ministros y personajes políticos de la época porque querían aparecer en El Camaleón, aunque nos burláramos de ellos. Nunca hubo intentos del gobierno para cerrarnos.”

A raíz del paro petrolero, la devaluación del Bolívar, el aumento del dólar y los altos precios del papel, la publicación se ve obligada a abandonar El Nacional y se exilia en Guayana y oriente, donde siguió apareciendo encartado en El Nuevo País. “Ya no hay posibilidad de hacer un medio impreso por el miedo sembrado en los anunciantes de meterse con el gobierno. Nadie va a hacer un semanario humorístico sin meterse con la política, porque ahora la política es más fértil que nunca en materia de humor. Pero bueno, en los peores momentos es cuando uno se pone más creativo”.

Con 75 años de edad, Graterolacho tuvo la fortuna de hacer humor en todos los medios, haciendo gala de su entusiasmo, experiencia y capacidad de reinvención. “El gallo pelón lo montábamos sobre un vidrio con transparencias. Ahora todo es digital. Tenemos desafíos como el Twitter, donde en 140 caracteres debes dar un mensaje. Cuando veo El Chiguire siento que ha germinado una semilla, lo que puede transmitirle uno a estos muchachos es el entusiasmo y la renovación. Uno quisiera trascender más allá de sus días y con que un día pase a formar parte de esa pléyade de grandes escritores humorísticos, para mi sería un placer muy grande”.

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