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La huida de los Rolling Stones

A propósito de la reedición del legendario long play, Exile on main street, Mick y sus compañeros de banda abrieron el baúl de los recuerdos. El documental Stones in exile cuenta cómo los músicos más influyentes de su época, en el idílico exilio francés, armaron lo que sería su más importante álbum

Por Janina Pérez Arias — Fotografía: “Stones in exile”, Directors Fortnight, Festival de Cannes

De los Rolling Stones sorprende más que aún estén vivos, a que su música todavía despierte pasiones. Todos y cada uno de los integrantes de la legendaria banda inglesa han sobrevivido a los estragos de las siete plagas bíblicas, de la vida loca, de los divorcios, así como a la cacería del temible fisco inglés.

Fue en 1971, en pleno disfrute de la fama total y de todas las sustancias prohibidas que ofrecía el mercado negro, cuando el monstruo de los impuestos tocó a sus puertas. A los Rollings, pelilargos, rebeldes, desenfadados, aparentemente sin tener idea de declaraciones tributarias y sin nada que perder, se les ocurrió levantar el campamento. Y a la persecución fiscal se le unió la de la prensa y el odio de los súbditos de la reina Isabel II, ya que Mick, Keith, Charlie y un largo combo se irían al exilio francés.

“Éramos jóvenes, guapos y estúpidos…”, recordaría casi cuarenta años más tarde Mick Jagger, como preámbulo de la proyección del documental Stones in exile en el Festival de Cannes. En cuestión de horas, esa frase se convertiría en legendaria. Aunque más revelador aun fue lo que siguió a continuación, de boca de Jagger, pero ignorado por la gran mayoría de los periodistas internacionales que presenció al Stone; “seguimos siendo estúpidos…”, diría bien para mostrar sabiduría o para no dejarle cancha a cualquier listillo que se atreviera a completar la frase.

Sobre exilios

A propósito de la reedición del exitoso long play (hoy en forma de CD) Exile on main street, surge la idea de evocar los recuerdos —tarea a la que sobre todo Mick es alérgico- de cómo fue concebido quizá uno de los trabajos más vanguardistas y de superior calidad de los Rolling Stones. Fue así como Stones in exile, dirigido por Stephen Kijak, pasó de idea a realidad.

“La razón de este documental es la de explorar las raíces de Exile on main street —cuenta Kijak—. Ellos se metieron a experimentar con blues y country para construir un álbum único, que es considerado como una joya para los seguidores de los Rolling Stones”.

Cuando Stephen Kijak tenía apenas dos años de edad, los Rollings llegaron a Francia, concretamente a la Villa Nellcôte —un caserón alquilado a nombre de Keith Richards — en Villefranche-sur-Mer en la Côte d?Azur. La intención era doble: huir de las garras del fisco en Inglaterra y dedicarse a la producción del nuevo álbum, que sería el décimo. Ya para ese año, los Rollings eran, junto a The Who y The Beatles, los músicos más influyentes y exitosos de su época.

Más allá de ser protagonistas de escándalos, los Rollings Stones pertenecían a esa rarísima especie de las estrellas de rock, de la cual hoy aún son representativos. En la década de los setenta — según Wikipedia—, una superestrella de rock era una persona que en grupo o en solitario, ejecutando o no un instrumento, componía y presentaba su propia música frente al público. Como se sabe, en esos tiempos remotos no existía la comida rápida y, por ende, el llegar a ser una estrella era un proceso lento, de depuración, donde más que de una fórmula “mágica”, el éxito dependía del talento.

Existen muchas explicaciones de por qué los Rolling Stones siguen disfrutando de notariedad a pesar del inclemente paso del tiempo, y de todas las piruetas y saltos mortales que ha dado la industria de la música. Más allá de los sesudos análisis de tipo musical, de esos que generan un “uhm” en los expertos, y un “oh” en los poco entendidos, uno de los secretos de la banda es el de no vivir en el pasado, de disfrutar el presente con la vista bien puesta en el futuro.

Stones in exile viene a romper un poco con esa premisa. En este documental se muestra precisamente el extraño y complicado proceso creativo de esta banda de rock de alto calibre, apelando a una mirada del pasado.

Memoria selectiva

Sin esconder su emoción, Stephen Kijak cuenta cómo tuvo esa oportunidad única de tener enfrente, a completa disposición y libertad, todo el archivo de los Rollings. “Me sentí como el cazador del tesoro perdido… —cuenta en la soleada terraza del hotel Palais Stéphanie, en Cannes, sin despojarse de sus lentes oscuros— Sé de gente que escucha Exile on main street prácticamente todos los días, y por eso el enfrentarme a ese material fue como tratar un documento espiritual. Fue una oportunidad única para mí para introducirme profundamente en el proceso de elaboración de ese disco”.

Y pensar que Mick Jagger no mostró entusiasmo cuando Universal Music le planteó la reedición de Exile on main street (con un par de canciones inéditas) y luego el proyecto del documental. Ya en Los Angeles, donde fue a grabar los temas para el CD, de repente “me divertí”, comenta ya completa y absolutamente convencido de que se dejó seducir para bien.

En setenta minutos Stephen Kijak muestra parte de la leyenda sobre la concepción de Exile on main street, también echando mano a las maravillosas fotografías de Dominique Tarie, quien acompañó a la banda durante ese tiempo, y de Jim Marschall, quien captó las instantáneas en la última fase de grabación en el estudio Sunset Sound de Los Angeles.

A lo largo del documental se devela la creación de cada una de las piezas y de los sonidos que tienen sus raíces en el blues del Mississippi. Se puede ver cómo el proceso de elaboración y grabación de los demos de tan sólo una canción duraba días, en la buena compañía de Jack Daniels con todas sus etiquetas; ni hablar de las sustancias de moda que se dice aceleraban el proceso creativo.

“Sobre todo para Keith, quien es un bohemio, fue una fase muy fuerte de experimentación musical y de un estilo de vida muy particular…”, acota Kijak.

Aquel verano de 1971, en horas diurnas y vespertinas, el caserón se veía invadido de la vida familiar. “Hasta desayunaban juntos”, cuenta asombrado el director sobre esa insospechable faceta de los músicos con fama de salvajes.

Enternece ver a Keith dedicándole las mañanas a su hijo pequeño, turnándose con su mujer Anita Pallenberg, y con la presencia de la novísima esposa de Mick, Bianca Jagger, luciendo un avanzado embarazo; da la sensación de que reinaba la calma y la armonía.

Recordar es en cierta forma soltar los demonios. Y tal vez sea por eso la legendaria reticencia de Mick Jagger de abrir el baúl de las remembranzas. Kijak, sin embargo, tiene otra percepción: “a él sí que le gusta hablar del pasado”, desmonta la leyenda urbana, “pero sabe exactamente hasta dónde llegar… Hubo cosas que me contó de forma relajada con una taza de té, sin cámara, se sintió cómodo, y eso me permitió que se abriera mucho más conmigo”.

Stephen Kijak, quien ha sido reconocido por sus trabajos anteriores, aún está encandilado con la luz que desprende esa gran estrella de rock. “Me sorprendió su energía, es impresionante, es como un dinamo. Tiene un gran instinto y fuerza interna increíbles…”

Que si tuvo la sensación de que Mick y sus compañeros sufrieron de memoria selectiva, pues “es posible”. “Eso ocurrió hace mucho tiempo y tal vez surjan versiones contradictorias. En realidad no sé si es memoria selectiva o si viene dado por el hecho de que es la primera vez que en realidad hablan directamente de ese episodio. Cuando lees todos los escándalos que aparecen en el libro de quien le proporcionaba las drogas, Tony el Español, por ejemplo, entonces, ¿a quién le creemos?”

Los sinsabores del exilio voluntario no se hicieron esperar. La nostalgia les empezó a dar latigazos, el idioma ya les resultaba impenetrable, y un nuevo escándalo se avecinaba. Huir les tocó otra vez a los Stones, quienes rodaron hasta Estados Unidos, libres de groupies, y con la misión de darle los toques finales a Exile on main street, un LP doble que vería la luz en mayo de 1972, para encaramarse en el primer lugar del hit parade.

En la Villa Nellcôte tal vez los fantasmas de aquella época aún estén sueltos. Si las paredes hablaran… Quizá con la esperanza de escuchar esos secretos — los no develados en Stone in exile — el caserón francés fue adquirido por un ruso ricachón por 100 millones de euros. Más barato le hubiera salido preguntarle directamente a Mick.

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