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Fútbol arte, fútbol de autor

Febrero fue un mes pródigo en los llamados partidos amistosos que en realidad preferimos llamar “no oficiales”, pues la cantidad y la “calidad” de las patadas y empujones que en esos episodios se reparten poco se diferencian de los que se ven en los juegos de verdad-verdad.

Por aquí y por allá, la vorágine de encuentros llenó las pantallas de televisión (incluyendo el de la victoria venezolana, 2 por 1 sobre Guatemala). Todo por el empeño de descubrir las armas de los adversarios y por poner a tono las maquinarias en el Mundial de Suráfrica 2010.

En esos días del segundo mes del año, la conquista del seleccionado sub 20, clasificado en el Suramericano Juvenil para el Mundial de Egipto del próximo septiembre, había alterado la cotidianidad venezolana. No había salido la gente de su jolgorio nacionalista cuando los partidos internacionales aparecieron para mostrar mucho del mejor fútbol que por estos días se juega en el planeta. Es curioso que, sin ser éste un país con raíces futbolísticas profundas, las transmisiones televisivas consigan elevados números de sintonía. En oficinas, bares y esquinas los aficionados se atreven a criticar a los técnicos y armar alineaciones.

En medio de todas esas luces y focos, y de la ratificación de que el fútbol de hoy es físico y estado atlético, emergieron dos episodios que nos devolvieron la fe y que nos hicieron ver, a los que aún creemos que el fútbol es un juego y una conexión con el niño que todos llevamos dentro (como dijera alguna vez el gran Pablo Neruda), que no todo está perdido.

Un viaje de imaginación nos acaba de poner en Londres, en el estadio de Los Emiratos propiedad del Chelsea; Italia y Brasil disputan un partido que alimenta el fuego de una rivalidad de viejo cuño. Ganan los suramericanos 1 a 0, cuando Robinho recibe una pelota en el mismo instante de su ingreso al área. No es un jugador común: es un tipo privilegiado, de esos que llevan en sus botas el sortilegio de los elegidos. Gambetea y hace fintas, amaga y hace como que se va, pero se queda; su cintura danza y cautiva las miradas de cuatro alucinados zagueros italianos. Ve un claro en el camino, se inclina hacia su izquierda y mete un zurdazo. La pelota emprende su viaje y sólo se detiene, después de una sutil estación en uno de los palos, cuando decide anidarse en la complaciente red.

Al día siguiente, en el estadio Velodróme de Marsella, es el momento de Lionel Messi, el sin par de los argentinos. Igual que en la jornada descrita en el párrafo anterior, la pizarra electrónica dice que los albicelestes vencen a Francia 1-0. Carlos Tévez tiene el balón y es acosado por un mediocampista galo. El atacante ve llegar a Messi y le sirve; el pequeño zurdo desquicia la pretensión de un fiero marcador, le muestra el conejo y lo vuelve a esconder en la chistera, hace otro esquive y despacha la pelota hasta lo más profundo del arco francés.

Dos episodios, dos emociones, dos historias para recordar y contar. Tal vez la proclama que defiende estas pinceladas del más puro fútbol arte, o fútbol de autor, pueda ser vista como pasada de moda porque en la actualidad prevalecen otros valores, típicamente representados por la fortaleza y el cuerpo de granito del portugués Cristiano Ronaldo. Tal vez, y eso poco importa, lo que se reivindica de las genialidades improvisadas de Robinho y Messi sea el desenfado, el atreverse a desafiar a los corpulentos defensores y a toda una concepción atlética del futbol contemporáneo, como manera de rescatar la belleza del juego. Y, sobre todo, el habernos transportado a los días de Pelé, de Garrincha, de Maradona, Francéscoli, Zico, Pibe Valderrama y Teófilo Cubillas, todos eso hombres iluminados que siempre creyeron que el fútbol era para divertirse y prolongar los años de la infancia en las canchas del barrio entrañable.

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