miércoles , agosto 10 2022

Yo soy profesional, pero del volante

Ángel Ortíz: Taxista

Por Anaís Castrellón Castillo
@AnaisCastrellon
Fotografía Jorge Pineda

El compromiso que siente Ángel Ortiz por su profesión es tan fuerte, que si hay algún cliente que no tiene el dinero suficiente para cancelarle la carrerita, él igual se la hace. Es de esos taxistas de alma y corazón, que disfruta lo que hace.

“La obligación de la línea es llevar al cliente aunque no nos paguen completo”, dice con seguridad, y entre risas comenta: “aunque te confieso que le huyo a los clientes mala paga” (risas).

A la mayoría de las personas a las que traslada las conoce. “Son muchas horas aquí, los clientes son como una familia, a la mayoría los vemos a diario”, cuenta. Ángel Ortiz es ecuatoriano, tiene 28 años alimentando a su familia a punta de “carreras” y no parpadea ni un segundo en ratificar que su profesión lo hace feliz. “No imagino mi vida de otra manera”, revela.

Pasa nueve horas al día en su segunda casa, la Línea de Taxi “El Rosal”, la que está justo en la calle Guaicaipuro de Chacaíto. Un lugar concurrido, lleno de venezolanos y extranjeros, de cornetas, tráfico y vendedores ambulantes.

Lo que más disfruta de conducir a diario son sus pasajeros, las ganas de conversar de algunos, de pedir consejos, y sobre todo de ser escuchados. “Los clientes siempre me echan cuentos e historias que me hacen reir, de los chistes ni hablar, uno se divierte mucho con ellos, las conversaciones son infinitas, el venezolano es así, le gusta expresarse y eso es lo que hago a diario, hasta los aconsejo”.

A los 21 años llegó a Venezuela y éste siempre ha sido el sustento de su familia.

Asegura que las características que debe tener un taxista en Venezuela se multiplican, porque las colas de Caracas y la inseguridad requieren de un perfil más audaz . “Lo más difícil de esta profesión es la inseguridad, uno no sabe cuándo puede ser atracado”, señala. Para Ortiz, todo el que quiera ejercer este oficio debe tener mucha personalidad, brindar buen trato al cliente, contar con buena presencia, educación y tener paciencia, lo que a él parece sobrarle.

Su día de trabajo tiene nueve horas, a diario llega a las 7:00 de la mañana y se retira a las 7:00 de la noche, su tiempo de almuerzo algunas veces lo comparte con sus hijos, a quienes lleva y trae sin problema, porque esta línea de taxi no exige que el conductor esté todo el día disponible. “Mis hijos son primero, si necesitan algo yo los llevo”.

Con orgullo asegura que su profesión es la mejor del mundo. “No me arrepiento de ser taxista, gracias a Dios me va bien, yo elegí esto, que para mí es lo mismo que ser médico o educador, la diferencia está en que yo soy profesional, pero del volante”.

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