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Y con ustedes: Augusto y Moisés

Por Pedro Camacho – Fotografía Vanessa Alcaino

Gustavo Guerrero es el mejor guitarrista venezolano y José Ignacio Benítez, el más grande poeta contemporáneo del país. O al menos eso es lo que cada uno piensa del otro. Entrevistarlos es ser testigo de un contrapunteo violento de halagos, el tiempo se va en ambos tratando de quitarse de encima la admiración que el otro le puso en sus hombros. Me encontré con ellos en un bar, el lugar idóneo para entrevistar a músicos y poetas en Buenos Aires.  Pedimos una tabla de degustación de cervezas cada uno, pero las adulaciones comenzaron desde antes de ingerir una gota de alcohol. “José Ignacio es un tipo que todos los músicos de Venezuela tienen que conocer”, dice uno. “Es tanto lo que uno puede aprender al lado de Gustavo”, comenta el otro. Con el transcurrir de la velada sus halagos se harán más constantes pero al mismo tiempo más sinceros aún.

En Argentina se encontraban probando su primer proyecto en conjunto, en el que ambos adoptan seudónimos. Gustavo es Augusto Bracho, José Ignacio es Moisés de Martín, alter egos elegidos para esta travesía que busca volver a las raíces de la música venezolana y de nuestro continente. “La intención era volcar las ganas que teníamos de hacer cosas con la música latinoamericana que no habíamos hecho tanto en proyectos anteriores”, comenta Gustavo. “Yo por mi parte nunca había tenido un acercamiento tan bonito a la música latinoamericana como con Augusto Bracho”, agrega mientras termina la primera cerveza de la tabla, la más ligera. Aún quedan cinco más, organizadas de acuerdo a su grado alcohólico, así que decido temporizar la entrevista de acuerdo a esa duración.

De ambos había escuchado mucho tiempo atrás. Gustavo fue guitarrista de Bacalao Men y la mente maestra detrás de Cunaguaro Soul. José Ignacio es el creador de Domingo en llamas, proyecto musical que lleva ocho discos encima, más de lo que la mayoría de bandas venezolanas logran producir en su carrera entera. Posiblemente para sus seguidores éste sea un fuerte cambio de lo que están acostumbrados a oír de ellos, pero ambos expresan que es una evolución natural. “Estamos en esa búsqueda, como la que hizo Bob Dylan en algún momento con la música norteamericana”, explica Gustavo. “Nosotros lo estamos haciendo con nuestro repertorio latinoamericano. Buscando una voz propia que ya Latinoamérica la tuvo en los años 40 y 50. El asunto es que se ha perdido con toda la mezcolanza que hay, que también es muy bonita. Pero nosotros estamos en la búsqueda de las raíces”. Llegaba así la cerveza de 6 grados y la conversa se volvía más suelta.

Dylan es tan sólo un elemento de la extensa y variopinta gama de influencias que potencian este proyecto. Según José Ignacio, “puede estar tranquilamente el espíritu de Agustín Lara  como el espíritu de Alí Primera, como el de don Pío Alvarado, Cuco Sánchez, Rafael Escalona, la Sonora Matancera. Todo eso está envuelto ahí”.

Los temas fueron desarrollados en conjunto, José Ignacio aportó la mayoría de las letras y Gustavo la mayoría de las melodías. Los grabaron posteriormente en casa de José Ignacio, artesanalmente. En las grabaciones aportó la percusión Simón Hernández, amigo de ambos y baterista de múltiples grupos de jazz, hip hop y rocanrol de la movida caraqueña. Todo el proceso se vio truncado, sin embargo, cuando Gustavo se fue a vivir a Buenos Aires. Pero el obstáculo resultó ser pasajero y terminaron de ensamblar todo a distancia.

La cuarta cerveza era una Stout con 8,5 de grado alcohólico. La conversa se vuelve nostálgica y el afecto entre ambos se hace aún más evidente. Los muchachos comienzan a hablar de su amistad, de cómo se conocieron y de cómo pudieron haberse conocido antes. Ambos se complementan hasta al hablar.

— Gustavo: “Todo empezó con un mail que me envió José después de un toque al que asistimos por separado en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes. Ahí me preguntaba por los pedales de guitarra que usaba. Le respondí, él me respondió”.

— José Ignacio lo interrumpe: “Y ahí mismo comenzamos a hacer las canciones”.

— Gustavo: “Pero pudimos habernos conocido antes. Vivimos en la misma calle en Santa Mónica cuando éramos niños. Sin conocernos. Tenemos los mismos recuerdos”.

— José Ignacio: “¡Hasta nos bautizamos en el mismo lugar y por el mismo padre!”.

Lo cierto es que de esta camaradería nació un proyecto bastante original. Sin bajo, con un formato en vivo principalmente acústico que incorpora instrumentos como el cuatro, el resultado es una música única que dejó enganchado a más de uno durante su gira por cafés, parques y centros culturales de Buenos Aires. “El proyecto es más para un formato íntimo y nosotros así nos sentimos más a gusto”, comenta Gustavo y sigue con el cuento: “No contamos con amplificadores, pura guitarra acústica, cuatro, guitarra de doce cuerdas. Simón ni siquiera está tocando batería, está experimentando con latas de Toddy, maracas y cosas así”.

Llega el turno de la penúltima cerveza, a base de miel, la más dulce de todas. Ya la situación se ha vuelto totalmente distendida, los halagos entre ambos se me hacen ya costumbre y me dejan claro que este proyecto no pudiese haber surgido sin la admiración mutua como bandera. “Nos respetamos mucho y nos queremos mucho”, dice Gustavo. Y José Ignacio completa: “Es como la relación fraterna de la familia. Es como un hermano con el que además te llevas bien. Desde el punto de vista musical todo es más fácil. Porque la música utiliza un lenguaje que es mucho más noble que el lenguaje de las palabras”.

El viaje a Buenos Aires era una prueba de fuego para el proyecto, la primera vez que las canciones de Augusto y Moisés, de Gustavo y de José, se encontrarían con un público. En total pasaron un mes en el apartamento de Gustavo, junto a Simón, todos con sus respectivas parejas, en un espacio menor de 50 metros. Tuvieron ocho presentaciones e incontables ensayos, una experiencia extrema que, lejos de separarlos, los unió aún más.

— Gustavo: “La respuesta del público ha sido muy positiva”.

— José Ignacio: “El elemento no convencional ha gustado tanto a venezolanos como a argentinos. Esperamos que la receptividad sea igual cuando presentemos las canciones en Caracas”.

Cream Stout negra, la última cerveza. La semana siguiente regresaría José Ignacio a Caracas y pondrían en reposo el proyecto hasta marzo para terminar de grabarlo. ¿Qué quedaba si no hablar del futuro de Augusto y Moisés? José Ignacio comentó que falta terminar el disco: Falta como un 15% del disco. Luego vendrá editarlo y divulgarlo”. Gustavo termina la idea: “Nos encantaría editarlo en físico pero eso es un poco más complicado. Sacarlo en Internet y compartirlo con la gente. Esa ha sido una de las cosas más interesantes de José Ignacio con Domingo en Llamas y es que ha compartido su música con todo el mundo. Y luego de eso queremos tocar en Venezuela. Nos encantaría llevarlo a nuestro país a ver qué química hay con el público venezolano”.

Al momento de escribir estas líneas Gustavo ya dejó Buenos Aires y se encuentra en Caracas poniendo los toques finales al disco con José Ignacio. Pretenden tocar en parques, tascas y donde sea que la música los lleve. Ambos esperan que la capital venezolana signifique la coronación de un proyecto que nació en las entrañas de la ciudad pero que bajó a la Patagonia, y de vuelta, antes de convertirse en lo que es hoy día. Yo no sé si Gustavo sea el mejor guitarrista en Venezuela, ni José Ignacio el mejor poeta, pero ambos parecen pensar que el otro lo es. Y si eso es todo lo necesario para llevar adelante un proyecto tan bueno como éste, espero que su admiración mutua los lleve a seguir generando buena música por varios años más.

Para más información acerca de Augusto Bracho y Moisés de Martín, visita la cuenta de Twitter de José Ignacio Benítez (@domingoenllamas), la de Simón Hernández (@simon_ihg) y el grupo en Facebook de Domingo en Llamas.

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