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Walter Rodríguez: el rostro atemporal del librero

Por José Antonio Parra

Ya culminada la primera década del siglo XXI y bien entrada la efervescencia de Internet, es momento propicio para reflexionar acerca del fenómeno de indiferencia de los lectores hacia los libros, o en particular hacia las lecturas “densas” que van más allá de la simple autoayuda o el amarillismo.

En esa dimensión, el tiempo que protagonizó la librería Lectura -que estuvo ubicada en el centro comercial Chacaíto y a cuyo frente estuvo Walter Rodríguez- fue de días privilegiados, no sólo por la confluencia de escritores superstar, de la talla de Julio Cortázar o Vargas Llosa, sino por el mismo auge que vivenció la literatura venezolana, a través de un Miguel Otero Silva, Adriano González León o Uslar Pietri.

La librería histórica

“Lectura era la librería más vieja de Venezuela, aunque hubo otras librerías que estuvieron a pocos años de ella. Luego del gran auge hubo una baja de las ventas -según se decía, por los buhoneros-. Sin embargo, no mejoraron mucho cuando se arregló el bulevar; no obstante, siempre mantuvimos una buena clientela que podía venir, especialmente los sábados. En el pasado lo principal de nuestras ventas fueron las universidades. Estuvimos vendiendo bastante a la UCV durante una época, pero después eso se paralizó. Las ferias fueron las que nos salvaron y permitieron mantenernos todos estos años. A las ferias les interesaba mucho nuestra presencia”, recuerda Walter Rodríguez, acotando que “La librería estuvo durante 60 años. Comenzó en el Centro Comercial Arta, pero entre 1973 y 1974 se empezó a mudar cuando se inauguró el Centro Comercial Chacaíto y se compró su local definitivo. Yo llegué de Uruguay a finales de 1975, contratado por la propia librería”.

-¿Cómo comenzó en el mundo del libro?

– Yo comencé en el año 57, por allá en Montevideo. Después de todo ese tiempo uno ya no sabe hacer otras cosas, sigo al tanto de todo como si estuviera trabajando con el público. Las ferias me sirven para reencontrarme con la gente. Igualmente, muchos tienen mis teléfonos y me llaman de manera que yo les hago llegar los libros que les cuesta conseguir.

-En cuanto al boom de los sesenta y su fase culminante durante principios de los setenta…

– Como yo llegué en el 75, pasé la mitad del boom en Montevideo. Al llegar, la librería no había tenido todavía un escritor de visita, entonces comenzamos a hacer firmas con los escritores de acá. Así llegaron a nuestro espacio autores como Miguel Otero Silva o Arturo Uslar Pietri. La edición de Las Lanzas Coloradas de la Biblioteca Ayacucho fue presentada en la librería, además yo le trabajé a Uslar un poquito lo que tenía que ver con sus ediciones en Argentina. De igual manera ocurrió con don Miguel (Otero Silva), Salvador Garmendia y Adriano (González León). Todos ellos eran amigos. Luego aproveché mi contacto con muchos autores para traerlos por la librería, como ocurrió con Borges, a quien ya conocía (…) La librería era otra cosa, la gente iba y hacía cola por los autores, se interesaban. Mario (Vargas Llosa) vino al poco tiempo de estar yo acá. Muchas veces él vino de pasadita y de sorpresa, y se encerraba en la oficina de atrás para llamar a los amigos.

– Y otras superestrellas del boom, como Julio Cortázar…

-Yo creo que en Cortázar influyó la pronta ida a París, aunque él siguió siendo un hombre de América y un hombre de Argentina. Él iba y venía hasta que después lógicamente se quedó ahí. Respeto mucho las obras de todos ellos y me sentí muy satisfecho con el premio Nobel para Vargas Llosa; porque dentro de los que no lo habían recibido, había cuatro que consideraba que se merecieron ese premio; ellos eran Vargas Llosa, Jorge Amado, Borges -que murió- y Alejo Carpentier, quien estuvo en la librería cuando se iba para París… También creo que Sábato hubiera merecido el Nobel.

-¿Qué pasó con los lectores?

-Veníamos de una juventud de los años sesenta que leía libros, que se interesaban, que estudiaban comunicación y descubrían autores. A fines de los setenta, hubo un auge de la televisión y luego llegó la computadora… A fines de los ochenta, como habían bajado mucho los lectores, pensé que el comic podía levantar nuevamente las ventas y entonces traje los que se leían en ese momento. Hubo de igual forma charlas respecto a ese género por las noches en la librería, que fueron hechas por Juan Nuño, Luis Brito García y Zapata… Hacia los noventa las ventas decayeron, pero hubo una nueva generación de jóvenes interesados en los libros de filosofía y cosas relacionadas con ello, luego vinieron los libros de autoayuda. Por esa época hubo una buena clientela que yo no la llamo de autor, clientela de personajes como Krishnamurti…

– No sé porqué nunca pude entrar en la dimensión de Jiddu Krishnamurti, pero sí en la constelación de Alan Watts…

-Sí, Alan Watts era otra cosa, era del grupo de autores con cuerpo, autores que lógicamente los podía leer un buen lector que no estuviera vinculado con la autoayuda. Alan Watts fue uno de mis autores predilectos en su momento…. En el pasado también salieron libros en audio y video, y se escribió mucho respecto a que ya no iban a comprar libros porque los iban a escuchar o ver, pero igual se siguieron vendiendo.

– Y el fenómeno de los libros electrónicos y de Internet…

– Creo que Internet es un factor para la juventud que movió un poco los cimientos del libro…

Habiéndose convertido en la librería más antigua del país, Lectura abandonó el ámbito caraqueño, en medio del síntoma de lectores cada vez menos interesados en autores con cuerpo y volcados hacia subgéneros como la autoayuda.

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