miércoles , octubre 5 2022

Viejos amigos

Al reencontrarse después de 20 años, sus miradas reconocieron una antigua complicidad que los rescataba y en la que aparecían esperanzas nuevas.

El tiempo, ese tirano que siempre nos acompaña, había dibujado en él algunas canas que acentuaban su carácter y en ella un aire de mujer que ensanchaba su figura. La vida los hacía conversar otra vez como en los viejos tiempos y saber que las sábanas esta vez, por fin, no los dejarían pasar.

Se pusieron al día de los dos divorcios de ella, su estadía de cinco años en Estambul, su arte y sus nuevos conceptos acerca del placer estético. Él aportó datos de su separación, su máster en derecho y sus logros en la multinacional.

Se aventuran a probarse, en ese nuevo cruce de las vidas, aún sabiendo que hay pocos fracasos anunciados como el encontrarse con un viejo amigo después de tanto tiempo. En general, ambos descubren que ya no tienen nada en común, que las vidas circulan en atmósferas muy distintas y hasta hay que forzarlas para poder verse algunas veces más.

Encontrarse con viejos amigos es traer un pasado que no siempre queremos recordar. Es exponernos a odiosas comparaciones en las que el presente siempre nos golpea un poco. Es arrastrar fantasmas que necesitamos ventilar para que ingresen nuevos.

Sin embargo, a pesar de estas convicciones, Manuela sentía que con Daniel era distinto. Muchas cosas en común los unía: el deseo de olvidar el pasado, el deseo de hablar poco del presente, el deseo de proyectarse hacia nada específico… el deseo.

Se besaron buscando lo que se pierde en alguna vuelta de la esquina y quizás el otro tiene, y acariciaron sus cuerpos con dulzura y gran naturalidad; después de todo se conocían desde hace años. La fantasía de Daniel, de tiempos de su adolescencia, se cumplía al fin, y ella complacía la suya de entregarse a un perfecto desconocido de su total confianza. Las ambigüedades siempre la habían seducido.

Se llamaban como amigos, se besaban como amantes y paseaban en ese juego de ser y no ser parejas. ¡Qué bien!… No comprometerse a nada, no prometerse nada, saberse condenados a perecer en tanto relación indefinida. Volaban en un tiempo eternizado que mastica la ingenuidad de no saber qué viene.

Hasta altas horas de la madrugada compartieron sus nuevas vidas: conversaron, compartieron cigarrillos humedecidos por sus jugosas bocas y se nutrieron de Bach, Mozart y Albinoni.

Vibraban ante la ternura de sus sensaciones, con esa fascinación real o fantaseada que nos hace sentir vivos. El sentimiento de lo efímero de la relación los hacía entregarse con libertad, sorprendiendo al otro con nuevos placeres ignorados por ellos mismos.

Se amaron con la piel, sustentados en esa amistad de antaño y por el interés por lo desconocidos que ahora eran. Se soñaron con el olfato, lanzados hacia el enigma del goce. Y se separaron, por pertenecer a mundos diferentes.

Manuela, empujada por la poesía de la vida, quedó prendida al pincel de un Van Gogh que estilizó un arco iris rumbo a un Marruecos delirante, y Daniel se sujetó a sus papeles de abogado, encarando con astucia buenos casos con mucha lógica racional.

A veces, piensa en Manuela, sabe que sin duda continúa buscándose a sí misma, tal vez en alguna civilización perdida de este u otro mundo, y sonríe con cierta preocupación.

Manuela piensa también en Daniel y sabe que por suerte, él permanecerá en ese mundo seguro del que ella escapa para que, cuando su alma delire quien sabe dónde y necesite regresar, pueda sostenerla en sus brazos hasta acoplar su identidad, o fragmentarla definitivamente.

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