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Vancouver: paraíso pacífico

Considerada la mejor ciudad del mundo para vivir, Vancouver pareciera no dejarse inquietar por el agitado ritmo de las urbes modernas. Apacible y eternamente verde, este rincón canadiense de la costa del Pacífico es un buen ejemplo de aquello que inspira amor a primera vista

Texto y fotos: Sandra Barral

La más reciente encuesta de Economist Intelligence Unit, publicada en febrero este año, reveló que Vancouver es la mejor ciudad del mundo para vivir; la evaluación realizada en cinco áreas (estabilidad, salud, cultura y ambiente y educación e infraestructura) le otorgó la marca casi perfecta de 98 % a esta joven metrópolis que la pasada primavera cumplió 125 años y que se alza como un crisol de culturas. Reina de la costa canadiense que mira al océano Pacífico, Vancouver es un territorio multiétnico donde se mezclan inmigrantes de todos los rincones, para llevar una vida en la que el lujo de dejar la puerta de la casa abierta, es cosa de todos los días.

Como nunca faltan las críticas, algunos dirán que Vancouver no tiene alma, que le falta vida cultural o movida nocturna, otros destacarán que el costo de vida es altísimo algo innegable- o señalarán el inocultable problema de los sin techo que deambulan por las fastuosas calles de Downtown. Quizás su clima, más cálido que el del resto de Canadá, es imán para quienes cayeron en desventura, eso dicen algunos locales que afirman sin titubear que los homeless de todo el país terminan en Vancouver, donde el invierno es menos crudo.

Eso sí, llueve mucho, llueve sin reparo, muchas veces suavemente por semanas enteras. Entonces la ciudad puede parecer en extremo melancólica e incluso intolerable, otro defecto que recuerda que nada es perfecto. Sin embargo, todo vancouverita sabe que tarde o temprano sale el sol,y cuando eso sucede, solo se puede pensar que cada gota valió la pena. Entonces el espacio asemeja una alucinación en la que uno quiere quedarse preso.

Basta con mirar alrededor, para entender que el escenario montañoso o el atractivo insuperable de sus parques, convierten a esta ciudad en un espectáculo que no acepta otra dinámica que no sea la que imponen las propias estaciones del año. Hay mucho que hacer y disfrutar, aún cuando los grandes museos y teatros brillan por su ausencia. Más de uno dirá que la naturaleza ofrece mejor show, y que no hay obra de arte capaz de competir con el paisaje de Vancouver. Razón tienen.

Verdor por doquier

Los amantes de las actividades al aire libre encontrarán en Vancouver un lugar sin parangón.

Las opciones recreativas están a la disposición todo el año. Tres picos, Cypress, Grouse y Seymour vigilan incólumes la ciudad y esperan por los visitantes; en invierno se esquía, y cuando la nieve cede, las montañas son ideales para el senderismo. La vista soberbia desde Grouse Mountain en un día claro merece el ascenso, cosa que no debe preocupar a nadie, ya que quienes estén fuera de forma pueden subir literalmente en góndola y pasar un buen rato disfrutando de alguna bebida o quizás una buena cena.

Parques hay para todos los gustos. Capilano Suspension Bridge and Park, se enorgullece de ser la atracción turística más antigua de la ciudad, con un menú de opciones para disfrutar del bosque desde las alturas, entre las que sobresale un puente colgante de casi 140 metros de ancho construido en 1889 y desde el que se aprecia una impresionante panorámica del río Capilano. Lynn Valley también tiene su puente colgante, además de rutas para caminar, un lago donde es posible pescar y un río hermoso con recodos que asemejan piscinas naturales, ideales para disfrutar del verano. Luego están Lighthouse Park, una alternativa exclusivamente para caminar o hacer picnics, y DeepCove, que no es un parque, sino una pequeña localidad donde la mayor diversión, además del senderismo, está representada por el paseo en kayaks.

En primavera es mandatorio asomarse en Queen Elizabeth Park y el Jardín Botánico VanDusen, dos espacios donde las flores y el paisajismo transportan al visitante a un plácido edén multicolor; aunque para muchos no hay paraíso como Stanley Park, el parque urbano más grande de Canadá.

Los concejales del ayuntamiento de Vancouver, que fue inaugurado en 1886, decidieron asumir como una de sus primeras tareas solicitar al gobierno federal el uso de un área que había sido destinada a la reserva militar. Ottawa accedió y dos años más tarde el gobernador general de Canadá dedicó esas 400 hectáreas al disfrute de gente de todas las razas, credos y costumbres. En 2008 el contrato de arrendamiento fue renovado por unos 99 años más, por la simbólica suma de un dólar.

Ubicado en el corazón de la ciudad, Stanley Park ocupa una pequeña península que es un universo en sí misma: senderos, playas, una fabulosa piscina pública, un lago, un jardín de rosas, cafeterías, actividades al aire libre -entre las que destacan conciertos- o el acuario de la ciudad están a la orden de propios y extraños. – Alquilar una bicicleta para darle la vuelta a esta maravilla y hacer un alto para apreciar a los amigables mapaches-que andan por ahí como Pedro por su casa- son dos placeres que querrán experimentarse una y otra vez, así como las simple, pero seductora sensación de perderse por los caminos verdes.

Vecindarios con encanto

Con los pies de nuevo en el concreto, Downtown invita a vagar por sus calles modernas sin mayor pretensión que la de disfrutar de un paisaje conformado por moles de cristal. Granville St. y Robson St. están repletas de tiendas, restaurantes y locales nocturnos, así que bien vale la visita. Al atardecer, caminar bordeando el mar desde Canada Place, hasta la marina Square Park o comer un helado en English Bay son puntos que no deben pasarse por alto en la agenda.

Gastown agrupa unas cuantas cuadras llenas de vida; es el vecindario más antiguo de la ciudad y fue declarado Lugar Histórico de la Nación en 2009. Edificios victorianos, aceras decoradas con faroles, tiendas y un nutrido grupo de restaurantes y pubs convierten a este barrio en un punto muy concurrido. Los turistas encontrarán aquí una selección fabulosa de souvenirs, desde sencillos detalles sellados con la típica hoja de maple que identifica a Canadá, hasta las más sofisticadas piezas de arte.

Y si bien el arte no es el punto fuerte de Vancouver, no están de más las visita a la Galería Nacional y al Museo Antropológico de la Universidad de British Columbia, para luego acercarse a otra zona famosa por sus opciones gastronómicas: Yaletown, allí una amplia lista de restaurantes y bares atraen a los más sibaritas e incluso a famosas estrellas de cine. Vancouver es importante set de filmación de muchas series de televisión y largometrajes, así que no es cosa rara encontrarse a alguna cara conocida, como la de Tom Cruise, en algún restaurant de la ciudad.

Menos cosmopolita, pero irresistiblemente seductor, es el vecindario de Kitsilano, con sus casas engalanadas por bellos porches y que se pasean por una gama de colores que va desde los pasteles hasta los tonos más vibrantes. En la década de los 60 esta zona era territorio de hippies, pero la que fuera cuna de Greenpeace en 1975 hoy es un vecindario donde cualquier vivienda de sencilla apariencia cuesta al menos un millón de dólares. Las casas -que en su mayoría fueron construidas entre 1910 y 1930- son ahora principalmente viviendas multifamiliares que alojan desde yuppies, hasta estudiantes y las mismas resultan parte del encanto de un lugar que ofrece mercados de productos orgánicos, centros de yogas, cafés, restaurantes, una popular playa y una inmensa piscina pública con vista a la bahía.

El paseo se puede cerrar con broche de oro en Granville Island, una diminuta isla que constituye un rincón singular. Su pasado industrial se adivina fácilmente al ver los grandes galpones que hoy alojan teatros, galerías, comunidades artísticas, estudios, tiendas, cafés, restaurantes y un espectacular mercado de alimentos frescos. No es difícil pasar todo el día en este lugar, que parece pequeño, pero en realidad presenta un sinfín de puertas fascinantes que abrir.

Los días en Vancouver regalan placidez y momentos inimaginables. Encontrarse un mapache por el vecindario, o quizás un zorrillo; que una gaviota se pose desprevenida sobre la mesa de un café o que un grupo de gansos crucen la calle, en pleno Downtown, para seguir picoteando pasto del otro lado de la acera, no es cosa rara. La ciudad es amable, su carácter multicultural la dota de una variada y excelente oferta gastronómica, mientras que su ubicación privilegiada, entre ensenadas y montañas, la convierte en un parque único.

Quien haya estado allí sabe que cualquier piropo se queda corto y que no hay foto que le haga honor. Vancouver es un espacio que a veces raya en lo irreal, un jardín donde hay algunas viviendas, un sueño en el que respira aire puro, un paraíso pacífico donde la lluvia riega la belleza y el sol la ilumina con su magia.

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