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Una industria florece entre goles y balones

Qué crisis ni qué crisis. Para el fútbol del gran mundo todas esas cosas que se dicen sobre la caída de Wall Street, del sistema hipotecario y del Dow Jones son puras habladurías.

Cada anuncio de contrataciones que se hace desborda al anterior: el Real Madrid presentó al brasileño Kaká por 65 millones de euros, y pocos días más tarde era el portugués Cristiano Ronaldo y sus 93 millones el que se llevaba el estandarte y la grandilocuencia de los titulares. Después llegaron el español David Albelda y el francés Karim Benzemá, para que el total de tan delirantes transacciones sobrepasara con largura los 200 millones de euros, una cantidad impensada en tiempos que se supone pertenecen al reino de la austeridad.

La noche de la presentación de Cristiano, la boutique madridista ubicada en el propio estadio Santiago Bernabéu vendió tres mil camisetas legítimas, a 90 euros cada una. Nada debe sorprender, porque en 2004, cuando el escuadrón merengue adquirió al inglés David Beckham, las arcas del Paseo de La Castellana se iluminaron con el brillo de 10 millones de dólares derivados de la venta de “camisetas Beckham” en la tournée asiática de pretemporada por Tailandia, China y Japón.

El fútbol de hoy es más boato que deporte, más espectáculo glamoroso que confrontación de talentos y habilidades. Se va a los estadios a mirar con devoción a las figuras convertidas en sacerdotes, deidades del gran show en el que tal parece que ganar o perder da lo mismo; el verdadero asunto es la contemplación de aquel ídolo que los modernos medios de comunicación han hecho hombres de culto y adoración. No son equipos, sino la iconografía de una fe. Y para completar, muchos de los astros de las canchas han hecho pareja con figuras del espectáculo: Beckham con la Spice Girl Victoria Adams; Cristiano con la actriz y supermillonaria Paris Hilton, y Ronaldo (el brasileño) con las modelos Milena Domingues y Daniella Cicarelli, por citar sólo a tres de los semidioses contemporáneos.

El fútbol, pues, es la religión de los tiempos que corren, y su presencia inabarcable comienza a sustituir a los símbolos patrios como metáfora de la nacionalidad. Y detrás de la tramoya, el gran negocio: todas aquellas fuentes de ingresos que hacen ver a la boletería, durante décadas maná del fútbol, como una figura simbólica. La plata a raudales está en la televisión y el satélite, la publicidad en los estadios, la venta de camisetas y artículos relacionados, y las asociaciones con productos conexos: marcas de refrescos, firmas de ropa, bebidas energéticas y, en general, la publicidad en sus manifestaciones de todo origen.

Lejos han quedado aquellos momentos cuando Di Stéfano, Pelé, Johan Cruyff y Maradona eran hombre y pelota, estadios llenos y entrega por satisfacer a la gente. Importaba el dinero, sí, pero también importaban otras cosas. Quizá todo este asunto tenga que ver con las escalas de valores de cada época, con la nueva vida y el hedonismo de los tiempos, y que las generaciones anteriores a la actual no hayan podido entender que la vida ha cambiado y, con ella, sus principios fundamentales.

No hay cifras exactas, pero se asegura que el fútbol clasifica entre las 10 industrias más prósperas del mundo. En tan ilustre listado se entrevera con miembros prominentes y tradicionales como el automóvil y el petróleo, así como con otros rechazados por la ética humana, como el tráfico de personas, la venta de armas y el negocio de las drogas.

La gran pregunta es: ¿hasta dónde irá a llegar el fútbol, con la “corte celestial” de sus jugadores idolatrados, y las legiones de hombres, mujeres y niños que ven en ellos la conexión con el cielo? Tal vez esta locura llegue pronto a su fin, y entonces el fútbol regrese a aquellos puntos de partida que lo vinculaban, más bien, con las travesuras inocentes de la remota niñez.

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