domingo , junio 13 2021
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Un señorito

Informa el rumor de los siglos de la pomposa circunstancia que llevó al rey Felipe III a la tumba. Era el soberano de España y Portugal, no precisamente perezoso, sino más bien veleidoso: amante de las bellas artes y la caza, dícese que rehuía los tedios del gobierno que delegó en algún marqués.

La conseja va de esta guisa: pasaba la tarde el rey de marras ante la chimenea, cuando al rato empezó a sofocarse; más le estaba vedado por el protocolo y la etiqueta de palacio levantarse de la silla y amainar con propias manos la brazas encendidas.

De modo que su majestad se quedó allí como hereje en la pira a la espera del funcionario a cargo de bajar las llamas de la chimenea. Ante las quejas del monarca por el calor que lo consumía literalmente acudió el Marqués de Tovar, pero a éste la etiqueta también le prohibía aplacar el infierno que su señor padecía en vida. Era el Marqués de Uceda el único autorizado para la tarea, pero otros asuntos lo ausentaban del palacio y ahí quedó Felipe III El Piadoso resignado a su real destino.

A los pocos días, sigue la leyenda, murió.

Tiene tan rígida etiqueta un correlato plebeyo en las burocracias modernas: el funcionario que moja el sello, no es el que lo pone, y es poco probable que coincidan alguna vez para sellar un documento.

Esos reales impedimentos de otrora se distribuían con mayor o menor rigor entre la gente de las cortes, y se ampliaban hasta los llamados hidalgos y señoritos.

Pero, con el tiempo, la etiqueta se hizo costumbre generalizada para las clases pudientes, y si un hidalgo se evadía de tareas menores o domésticos menesteres, era por ser el mejor atajo a su pereza.

Hoy en día, sin que medie ningún protocolo, esas limitantes para el hombre en lo que llevar una casa se refiere tienen vigencia entre los miembros de ese segmento social que un extravagante sociólogo, Tornstein Veblen, bautizó hace más de cien años como The Leisure Class (la Clase Ociosa), y no porque no trabajen propiamente dicho, sino porque tienen el poder adquisitivo suficiente para no maltratarse las manos.

Pero, no hay que pertenecer propiamente a la citada casta, para no remedar ciertos atavismos de señorito.

Uno viene a enterarse de que es un señorito cuando se casa con una mujer emancipada y muy profesional que no se va calar los oficios del hogar ella sola, y se entera uno más cuando se divorcia.

Es cuando uno se encuentra con la trágica dificultad de freír un huevo sin romper la yema, de hacer un arroz sin que se pegue, de no regar el helecho del balcón sin que aparezca un día como un fósil, de que no basta con aprender pasar un switch para que la lavadora automática cumpla su ciclo.

Ni hablar de planchar siquiera una camisa, pasar coleto como es debido; todas esas tareas aparecen de súbito como de una trampa puerta en la desdichada cotidianidad del señorito que no sabía que lo era, porque no es señorito quien se parte el lomo de entre ocho y 12 horas en una oficina, un bufete o una redacción.

La tercera acepción que el Drae confiere a la palabra señorito, “Joven acomodado y ocioso”, como muchas otras definiciones no es del todo exacta.

No hay que ser ni tan joven ni acomodado y ocioso para quedarse uno rendido a la suerte de un inútil señorito, o de un rey como el bueno e infortunado Felipe III.

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