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Sudáfrica: el poder de la música

Muy malicioso no hay que ser para entender que, en alguna medida, la labor de promoción del mundial de fútbol de Sudáfrica incluyó entre sus cálculos el estreno e impacto de la película Invictus. Esa, por suerte, no fue una estrategia vacía, de esas animadas por el mero interés comercial: nunca estará de más recordar, volver e insistir sobre el ejemplo de cómo Nelson Mandela salió de una cárcel tras 27 años encerrado a evitar una guerra civil en su país y a desmontar esa aberración humana llamada Apartheid.

Quienes vieron la película protagonizada por Morgan Freeman habrán sentido el impacto en sus corazones al menos durante unos días, algunas semanas, ¿meses? Ojalá, en todo caso, que perdure más allá del recuerdo del insoportable zumbido de las vuvuzuelas. La historia, como todos saben, se enfoca en ese momento en el que Mandela le hizo entender a su gente la importancia crucial del deporte como elemento integrador de una sociedad herida por el odio, marcada por antagonismos ancestrales, signada por la injusticia y condenada al caos.

Ese deporte era el rugby, el favorito de los blancos, la pasión de la minoría dominante, uno de los más potentes símbolos de la segregación racial. En ese momento, mediados de la década de los años noventa, los equipos sudafricanos de rugby padecían un boicot internacional como parte de las presiones que ensayaba la comunidad global en protesta contra el régimen racista que oprimía a la mayoría negra. Pero Mandela, astuto y calculador, supo ver muy claro la importancia de enviar una señal positiva a los blancos —afrikaners– que presenciaban con temor su inevitable llegada a la presidencia en 1994. Y se propuso algunas cosas: organizar el campeonato mundial de rugby en su nación, ganar ese campeonato con el equipo estrella —los Springboks- y hacer que los negros dejaran a un lado su justificado resentimiento y apoyaran a su selección.

John Carlin es un periodista inglés que durante algunos años trabajó como corresponsal de medios británicos en Sudáfrica. Carlin es hoy uno de esos referentes dentro del oficio gracias, entre otras cosas, a sus trabajos para el diario español El País y su revista dominical. También lo es para los lectores de habla inglesa que siguen sus crónicas en The Independent y The New York Times. En agosto de 2001, Carlin se reunió con Mandela en Johannesburgo. Mandela había dejado la presidencia dos años antes y Carlin estaba ahí para hacerle una propuesta: quería su apoyo y su bendición para escribir un libro sobre ese momento en el que el deporte fue el catalizador de eso que bien podría calificarse como la verdadera reunificación de un país.

Ese encuentro marcó el nacimiento de El factor humano (Playing the Enemy es su título original), el libro que se lanzó en 2008 y que en 2009 fue editado por primera vez en español. Y fue ese texto el punto de partida para el filme Invictus.

Apuntar que es un libro maravilloso es quedarse corto. Lo es en todo sentido. En esas páginas, Carlin recoge con absoluto buen tino el intenso drama de esos días, la complicada y temeraria arquitectura de esa estrategia que salvó a un país de una desgracia aún mayor de la que ya vivía, la compleja personalidad de un Mandela luminoso pero al mismo tiempo cerebral y calculador, la tensión de unos muchachos gigantes que tuvieron en sus manos y en sus aporreados cuerpos la salvación de miles de personas y la gesta heroica de un hombre que logró inspirar a los viejos enemigos de su gente para construir juntos otro futuro más allá del que parecía predestinado en ese entonces.

Todo eso y más está en esas páginas de El factor humano (Seix Barral), un volumen escrito con maestría y honestidad, con un ritmo y un tono cautivadores y con una prosa para nada sensiblera pero capaz, al mismo tiempo, de tocar como pocas veces las fibras de la humanidad.

Y el deporte —el rugby, en este caso- es el gran protagonista de esta historia tan real que parece ficción. Pero hay otro elemento crucial y de enorme poder: la música.

Esa Sudáfrica fragmentada tenía dos himnos. El blanco, en idioma afrikaner, llamado “Die Stem”, celebraba el coraje de los conquistadores venidos de Holanda, los boers. El negro, el “Nkosi Sikelele”, que era el canto de los oprimidos, el llamado a la rebelión.

Uno de los pasajes más emocionantes del libro es ese en el que se cuenta cómo los jóvenes jugadores aceptaron con humildad y enorme sentido de la responsabilidad histórica aprender a cantar ese himno negro —en xhosa, una lengua que no hablaban para dar el ejemplo a sus iguales y compenetrarse con el proyecto de unificación trazado por Mandela-. Nunca la música fue tan poderosa.

Y hubo un tercer himno, la canción “zulú Shosholoza” —se traduce como abrirse paso, avanzar- elegida con acierto como tema de la copa de aquel campeonato que de forma muy sufrida terminó en manos de los Springboks.

Hoy, el himno de Sudáfrica es un canto de unión: incluye estrofas de “Die Stem” y de “Nkosi Sikelele”, junto a otras en inglés y en las lenguas zulú y sesotho.

Sudáfrica, por supuesto, no es un paraíso. Pero tampoco es el infierno que alguna vez fue y mucho menos el que parecía que iba a ser.

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