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Soledad compartida

El sentimiento de lo estético -en ocasiones llamado arte- es más que belleza: es fuerza y éxtasis corporal e intelectual. Por ello, no es mera figura literaria proclamar que implica un consenso social; ni el decir que nos transporta fuera de nosotros hacia ascensos y descensos ávidos de anclajes cósmicos. Porque no solamente vibra lo que de emoción personal evoca, sino que participa toda nuestra corporeidad y entorno.

Meristemo

Sólo la amalgama de mente y soma (para sí y con los otros), nos permite asomarnos a una obra de arte, sea ésta un óleo, poema, comida creativa, imaginación revolucionaria, sinfonía o pareja aromada por el vino derramado sobre un mantel metamorfoseado en sábana.

El sentimiento de lo estético (que no kitsch, cursilería sin valor por elevado que pueda ser su precio), es un compromiso ético y social que convoca a los cinco sentidos. La sorpresa táctil que despierta en una piel la memoria de unos labios. El hecho de mirar -devenido en visión- la orquídea que contiene la eternidad al ser capaz de auto engendrarse. La mostaza de Dijon que alborota papilas. La Novena de Mähler que entreteje las primeras cuatro arrítmicas notas de arpa del Andante comodo, con el oscuro presagio del Adagio, en el cual la tuba baja será la única que podrá articular la lúgubre línea melódica grave. El grano de uva que fermenta aromas con nostalgias de vendimias, sabedor de que la nostalgia es otra forma de la utopía.

Búsqueda

¿Y el sexto sentido? Él se eriza ante el sublime pecado de la soledad compartida. Para los griegos pecar era carecer de algo y el pecador un ser incompleto, falto de un fragmento que debía seguir buscando.

Lo estético se asume como patrimonio exclusivo de lo humano: una obra de teatro, una conferencia sobre el eterno femenino de la Naturaleza hoy contaminada, un concierto, una muestra de artes plásticas. Por algo una vaca es incapaz de apreciar una puesta de sol, al igual que la mayor belleza para un rinoceronte es el celo de una rinoceronte…

Imago

Ya que de femineidad hablamos, digamos que lo que hace interesante a una mujer no radica en sus medidas sino en el equilibrio interior y exterior, pues ella es imagen arquetípica del eterno femenino y -cual la orquídea- se contiene a sí misma perennemente. Se diferencia del hombre -en su origen cazador y guerrero- quien fue creando su vida apolínea afuera de sí, es decir, en su circunstancia.

La mujer vivió milenios recluida en su propio ser. Su gloria no era su creación externa, es decir “su obra”, sino ella misma. De ahí que durante largas eras de exclusión misógina, la expresión mayor de la belleza femenina haya sido el hermético arte del dialogos platónico, transmutado en música, en pinturas herederas de grafismos rupestres, en cocina alquímica y en la enigmática seducción de su soledad.

Senda

El hombre “vive” en el cosmos. La mujer “es” el cosmos. Desde Ananké, diosa creadora de Origen y Destino. De ahí que las niñas tengan menos miedo que los varones al aislamiento y a la oscuridad, pues la feminidad permanece “dentro” del vacío cósmico y no “frente” a él, como lo hace la masculinidad. Después de todo, quizá el arte de la soledad no sea una forma sino el camino.

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