viernes , mayo 14 2021
Inicio / Reportaje / Casos y Rostros / Sí existen los ermitaños

Sí existen los ermitaños

En pleno 2010, aislado en una montaña a 3.500 metros de altura, un hombre vive solo, en absoluto y voluntario retiro entre el frío intenso de la Sierra Nevada

Por Johan Ramírez

Es alto, de gruesa contextura, manos ásperas y pelo de alambre. Tiene una barba poblada, un tanto aleatoria, un tanto descuidada. Llevaba un suéter viejo, algo deshilachado y pantalón de vestir con botas de montaña. Su mirada es esquiva. Parece tímido, pero no lo es del todo, pues cede rápido a la conversación tras un par de preguntas. Su voz posee un tono andino tan marcado como la propia soledad que lo rodea. Claro, la soledad, ésa es su característica mayor. Pedro Peña, de 41 años, es un hombre solo. Pero no como muchos, esos que se quejan porque no tienen pareja, por ejemplo. Él realmente está solo, aislado, vive apartado del mundo en un microcosmos fantástico a 3.452 metros de altura, en una casita modesta sembrada en la inmensidad de la Sierra Nevada de Venezuela. Allí, rodeado por las montañas más altas del país, y ante la mirada siempre fría del imponente Pico Bolívar, Pedro hace vida, recoge leña, cocina, riega sus plantas, disfruta del mundo como a él le gusta: solo.

“Esto es muy bonito ?dice con ojos nerviosos ante la primera pregunta?, vivir así, tranquilo, sin ruido. Pero también tiene sus complicaciones. Hay veces que se me acaban las cosas, la comida ?añade?; hay días que me paro y no tengo con qué hacerme una arepita o cómo tomarme un cafecito”, dice con un gesto de preocupación. “Pero uno se las ingenia —apunta-, y siempre inventa alguna forma de sobrevivir”.

Los turistas son para él una suerte de oasis en este desierto congelado. Su casa se ubica a unos 20 minutos del camino por el que montañistas y aventureros del mundo bajan luego de escalar la cumbre del Pico Bolívar. Algunos que saben de su existencia toman el desvío para visitarlo, reponer agua, descansar un rato o incluso preparar alguna comida en su pequeña cocina, como las de antes, ennegrecida con el tizne de la leña. Pero siempre, casi sin excepción, antes de irse le dejan alguna provisión, galletas, avena, un pedazo de queso que no se comieron durante el ascenso, un cuartico de jamón, un trozo de pan o un sobrecito de jugo artificial.

Él los recibe a todos por igual. Algunos le agradan, otros no. “Es que hay gente que jode mucho”, señala. Incluso hay personas que hasta pernoctan allí. Él, sin objeciones, les ofrece techo y cama hasta la mañana siguiente. Entonces todos se marchan, y él sigue su curso en soledad.

Rambo, Moby y Murciana

Pero no siempre fue así. Hace 13 años, Pedro Peña vivía en esa misma casa junto con otras siete personas: sus padres, hermanos y un tío que trabajaba en el teleférico. Pero el 6 de enero de 1997, su papá falleció y la familia, en apenas cuatro días, se disolvió por completo. Ante la pérdida, prefirieron volver a Mérida, pero él no. Pedro decidió quedarse, pues ama su montaña.

Ha pasado ya más de una década desde aquel día que asumió su nuevo mundo, y sigue contento, sin la más mínima intención de regresar a la vida en sociedad. Para nada. Al contrario, apenas va a Mérida cuando la necesidad se lo exige. Al momento de este encuentro, Pedro tenía dos meses sin ir a la ciudad, y antes de eso, contó, había pasado nueve meses sin hacerlo.

Sin embargo, él no niega que a veces sea difícil su modo de vida. Por eso, para mitigar tanto aislamiento, tiene tres compañeros inseparables. Murciana, una vieja gata amarilla, permanece echada casi todo el tiempo, pues sus 14 años ya no le brindan muchas energías. Mientras tanto, Rambo, un perro negro y desdentado de doce años, no para de seguirlo junto a Moby, una perra blanca más joven que todos. Son ellos los cómplices de su voluntario retiro.

El gran abuelo

“Esta es mi casita y la quiero así. Si no les gusta no vengan”, dice un papel junto a la puerta principal. “Fabor (sic) no cerar (sic) la puerta con fuerza”, dice otro pegado en la entrada del baño, y una última exhortación sobre el comedor: “No escupir dentro de la cosina (sic). Gracias”. La casa de Pedro Peña está llena de cartelitos. Había más de los tres mencionados, pero el mensaje más valioso que atesora este ermitaño está guardado en un gabinete, al lado del fogón. Él abre la puerta y lo saca, una tarjetica sucia y arrugada de unos dos centímetros por dos, donde puede leerse una cita de Domingo Peña, abuelo de Pedro y el primer escalador que hizo cumbre en la cima más alta de Venezuela, en 1935. “Aún conservo el hechizo de esos largos días que subí al Pico Bolívar, y sueño con ellos ?dice?. Soy señor de las sendas estrelladas y ciudadano libre de los montes”.

“Ése fue mi abuelo”, señala, no sin algo de justificado orgullo. “Y él subió en ruana y cotizas, así cruzó el glaciar. Y para que no se le dañaran las cotizas, se las quitaba y se las amarraba en la cintura”, cuenta. A 70 años de su gesta, el gran Domingo es una inspiración para los montañistas de la actualidad. Pero a diferencia de él, Pedro, el nieto, jamás ha escalado este Pico. No le interesa, no le llama la atención. “A mí papá también le gustaba esa broma, pero a mí no, eso es mucho frío y mucha piedra. Yo he ido en teleférico, así sí, soy más de la comodidad”, confiesa.

Amores fríos

Después de acompañarlo una hora, más o menos, llegó el momento de descender. Y allí se quedó él, con sus cuatro paredes rodeadas por la belleza y majestad de Los Andes. A su lado, Rambo y Moby meneaban el rabo mientras Murciana buscaba cobijo dentro de la casa. Haciendo adioses se despedía, pero una duda quedaba pendiente y regresé para preguntarle: ¿Qué pasaría si un día alguien, una mujer, quiere quedarse a vivir con usted? Él suspira, contiene la risa y mira hacia los 5.007 metros del Pico Bolívar: “Tendría que enamorarse de la montaña, no de mí -responde-. Porque si el amor es conmigo, tarde o temprano se le pasará y se va a ir corriendo como loca. Pero si se enamora de la montaña no se va a marchar nunca, no querrá dejarla jamás”.

?Así como usted, que no se va por su amor a esta Sierra Nevada, ¿correcto?

?Usted lo ha dicho, ?asiente sonreído-.

Revive la experiencia del impreso online!

Revisa Tambíen

Hacedores de país, mundo e imagen del artesano ancestral

  La Fundación ArtesanoGroup reeditó el libro Hacedores de país, mundo e imagen del artesano …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.