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Ricos y pobres, qué ironía

Ricos y pobres, así es. Cuesta pensar que en el deporte profesional, en el país que sea, pueda haber clases sociales, pues las cantidades de dinero que se manejan en el escenario contemporáneo no caben en la cabeza. Las reparticiones en fútbol, baloncesto y beísbol no suelen ser equitativas, lejos de una justa distribución que los grandes no están dispuestos a cumplir, pues es el dinero, fuego sagrado de sus ambiciones, el lubricante que echa a andar la maquinaria de sus proyectos.

Clases sociales: estratos que se definen desde las cantidades de plata invertida, negocios alrededor, compras y ventas de jugadores, todo ese teje y maneje que hace del Real Madrid, por ejemplo, la institución deportiva más rica del planeta, por encima de equipos de grandes ligas que, como los Yanquis de Nueva York, disponen de una nómina anual que llega a los 300 millones de dólares. No es lo mismo Real Madrid o Barcelona que el Málaga o el Almería, camisetas que sobreviven en virtud de los aportes de sus comunidades. En Inglaterra, el Manchester United, Chelsea y Liverpool pujan por no dejar de pertenecer a la elite, y en Italia, Milan, Inter y Juventus tienen su carnet de millonarios.

En la NBA, quintetos como los Lakers de Los Ángeles o el Miami Heat se lo llevan casi todo, a expensas de equipos de ciudades y estados distantes de los grandes mercados de las bolsas del dinero estadounidense.

Y en Venezuela, ¿qué pasa en Venezuela? En el beísbol, máxima expresión del negocio en el país, los Leones del Caracas venden fortunas en gorras, souvenirs y camisetas, y sus ingresos por la colocación de abonos para sus juegos de local en el estadio Universitario, además de publicidad, consumo de cerveza y comestibles, televisión y radio, son tan cuantiosos que no hay cifras oficiales. Magallanes, aunque dice ser el equipo más popular, también factura cantidades siderales, pero sin llegar a la galaxia de su rival eterno. En las antípodas se ubican equipos que, como Bravos de Margarita y Tiburones de La Guaira, muestras números ras con ras o deficitarios. Con poca gente en las tribunas y escasa demanda de prendas de vestir que identifiquen a su divisa, margariteños y varguenses ven a la distancia a sus socios del circuito.

Y ni hablar del fútbol. Con una tan inexplicable como exagerada cantidad de 18 equipos en la liga profesional, solo Caracas, Táchira y Mineros de Guayana pueden ufanarse de, al menos, soñar con algún día tener números azules en sus libros de contabilidad. Otros, como Real Esppor y Petare, tienen respaldo económico y cumplen con sus obligaciones, aunque no sientan en sus espaldas el calor de una afición consecuente. Abajo, en aquellos lugares remotos de la tabla de posiciones y del brillo de la moneda, escuadrones como Estudiantes de Mérida, Atlético Venezuela, Zamora y Caroní, se despiertan cada mañana a ver cómo hacen para convencer a sus jugadores y llevarlos a entrenar. Meses y meses rumiando frustraciones son la metáfora de este desbarajuste económico.

Pero, como citamos antes, todo este asunto tiene que ver con ciudades y mercados; con objetivos y ambiciones. Mientras Yanquis, Medias Rojas de Boston y Dodgers de Los Ángeles acaparan con su poder las luces de las grandes ligas; mientras madridistas y catalanes no están dispuestos a hablar de otra cosa que no sea el título y la Liga de Campeones; Manchester y Chelsea controlarlo todo en la Premier League; Lakers y Miami meter más cestas que nadie en las cuentas bancarias; caraquistas y magallaneros dominar el diamante del beísbol local con sus ventas siderales; Caracas FC, Táchira y Mineros sobrevivir en el maremágnum de pérdidas, plata que no regresa del fútbol venezolano; otros, más que todos los nombrados, chapotean sin remedio en las arenas movedizas de sus carencias económicas. Al final de todo, les consuela saber que grandes y chicos, ricos y pobres, aristócratas y plebeyos, siempre ha habido y por siempre habrá. Sin embargo, arribistas al fin, no pierden la esperanza del ascenso social: ¿quién les lanza las cuerdas de la salvación?

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