viernes , enero 14 2022

Porfirio Rubirosa: confluencia del deseo

Creó en torno a sí una leyenda única como el gran amante y dandi del siglo XX. Entre sus parejas estuvieron Zsa Zsa Gabor, Doris Duke, Odile Rodin y Marilyn Monroe. Hizo vida diplomática y su glamour marcó un hito; fue un hombre que dominaba varias lenguas y que fijó un canon entre las figuras inmortales de ese momento histórico

Por José Antonio Parra “¿Trabajar? Yo no tengo tiempo para trabajar”.

Porfirio Rubirosa

Uno de los hombres más deseados en el jet set internacional durante el siglo XX fue Porfirio Rubirosa. Su leyenda ha trascendido a su época y ha sido recreada no sólo en los medios masivos, sino en la literatura. Así ocurrió con Truman Capote y en la novela La fiesta del chivo, en la que Vargas Llosa se refiere a él de manera singular cuando relata que los hijos del dictador “Chapitas” Trujillo —a la muerte de éste— abordaron un avión fletado de Air France junto al “playboy Porfirio Rubirosa”. Igualmente, está próxima a ser estrenada la versión cinematográfica de su vida, que será personificada por Antonio Banderas.

Porfirio Rubirosa nació en República Dominicana en el año 1909. Hijo de un general, el joven y futura leyenda creció en París, donde su padre fue diplomático. En ese contexto y en plena luminiscencia del impresionismo, justo al arribo del surrealismo, conoció las bondades del laissez faire. Muy pronto, sus dotes de amante fueron notadas por las primeras mujeres con las que tuvo contacto. A su regreso a República Dominicana, siendo aún joven, conoció a “Chapitas”, Trujillo quien quedó cautivado por su glamour y lo asimiló a su círculo. Muy pronto se convirtió en esposo de Flor de Oro Trujillo, hija del dictador. La relación no duró mucho y el “Rubí”, como era conocido, inició una carrera meteórica de amores y affairs con las mujeres más codiciadas de la escenografía elitesca de entonces. Se casó con la multimillonaria Doris Duke — unión a cuyo término adquirió una buena suma de dinero — y con la hermosa Danielle Darrieux. Se hizo amante, entre muchas otras celebridades, de Zsa Zsa Gabor, y en el curso frenético de esta seguidilla de amores desarrolló una modalidad frente a la pareja en el sentido de ver al otro —y a él mismo— como objeto, dado que sólo el objeto puede ser deseado. Rubirosa se casó de igual forma con la singular y snobista multimillonaria Barbara Hutton. Su matrimonio duró tres meses, y a su término obtuvo también una jugosa suma de dinero.

Es legendario el hecho de que Rubirosa, aparte de poseer una extraordinaria “dotación”, elaboró técnicas amatorias del estilo de las contenidas en el libro taoísta El secreto de la flor de oro. En ellas describe, como vía para alcanzar la inmortalidad, la práctica de la contención, de modo que los amantes queden inmersos en una suerte de orgasmo perpetuo y en el deseo volcado hacia lo infinito. Rubirosa ejecutó estrategias fatales al estilo del Vizconde de Valmont, célebre personaje de la novela epistolar del siglo XVIII, Las relaciones peligrosas, quien sedujo y poseyó a todas las mujeres de su corte, independientemente de que fuesen casadas o cortesanas. Nuevamente, aquí se observa la anulación total del otro como sujeto en el frenesí de lo psicopático. Eventualmente, el Vizconde de Valmont murió por amor. Y aquí quiero ser crítico: es mi modo de ver las cosas que Porfirio Rubirosa murió por no haber hallado, mujer tras mujer —amorío tras amorío— al amor. Porfirio Rubirosa murió de hastío. Después de un “tranquilo” matrimonio con la actriz francesa Odile Rodin, el playboy falleció a causa de un accidente automovilístico en 1965.

Me llegó a referir el artista venezolano Oscar Molinari, quien estuvo en el mismo night club con Rubirosa la noche que ocurrió el accidente, que cuando se daba una situación comprometida en alguna francachela del jet set en la que estuviese el “Rubí”, éste enseguida pronunciaba su clásico “Nobody moves”. Esta leyenda llegó también a compartir con el artista venezolano Rolando Peña —el Príncipe Negro—, quien me comentó que aquél siempre le decía: “Príncipe, a ti te gusta todo lo negro, pero a mí me gusta todo lo blanco: los trajes blancos, las mujeres blancas y la champaña”.

Más allá de lo tumultuosa e intensa que fue su vida, Rubirosa ejerció el oficio del dandi y asentó su propia visión del hedonismo; así como Séneca —guardando las distancias— personificó al dandismo en la corte del emperador Nerón, con toda la densidad filosófica del estoicismo. Rubirosa fue cercano al clan Kennedy, a Frank Sinatra, al rey de Egipto y, en general, a todas las figuras que experimentaron la atemporalidad en ese período.

Hoy por hoy, su leyenda es el lugar de confluencia entre una ficción posible y una realidad insólita.

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