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Plazas de Italia: la arquitectura de la ciudad

Por Ricardo Avella — avella.ricardo@gmail.com

Italia es la cuna del urbanismo, sin lugar. Desde el castrum romano (las antiguas ciudades de fundación del Imperio Romano), tan sistemático y ordenado que podría entenderse como una receta para colonizar el territorio; pasando por las ciudades medievales, encantadoras y fascinantes por su natural armonía y su calidad espacial; hasta las revolucionarias intervenciones ejecutadas en el Renacimiento, y la posterior conquista del infinito de la ciudad barroca. En fin, cualquier ciudad italiana, sin importar su fama o su tamaño, contiene una valiosa lección que merece ser aprehendida.

Aquí hablaré de cuatro plazas que me han impactado y que quisiera compartir con ustedes: espacios maravillosos, con carácter. Verdaderas obras de arte al aire libre.

Piazza dei Miracoli

Pisa, Toscana

El conjunto monumental de Pisa, conocido como la Plaza de los Milagros, fue construido a lo largo de cuatro siglos. Sin embargo, los cuatro edificios que la conforman dan la impresión de haberse levantado al mismo tiempo. Las obras del Duomo, la catedral de Pisa y el verdadero corazón del conjunto, fueron iniciadas en 1064.

El Baptisterio, de planta circular y el más grande de Italia, se empezó a mediados de la centuria siguiente. La construcción del famoso Campanile, el campanario de la catedral, inició en 1173. No obstante, pero en 1274, mientras trabajaban en el tercer piso, la torre comenzó a inclinarse debido al suelo arenoso sobre el que se levanta toda la ciudad.

Por último está el Camposanto, el cementerio monumental de Pisa, que se construyó en 1278. Cuatro edificios autónomos sobre un prado verde y llano, al borde de la muralla medieval, que han maravillado a media humanidad por la pureza de sus formas y la homogeneidad del conjunto. El mármol blanco de Carrara, el sistema de arcos utilizado en las fachadas y las altas arcadas ciegas que constituyen el primer nivel de todos los edificios. Este escenario invita a que los cuatro volúmenes arquitectónicos sean vistos como una unidad perfecta e irreducible.

Piazza della Cisterna + Piazza del Duomo + Piazza delle Erbe

San Gimignano, Toscana

Si las catedrales conforman el mayor logro comunitario del gótico francés, la ciudad medieval es la obra cumbre de la Baja Edad Media en Italia. Las ciudades-estado renacieron bajo la forma del comune, una original estructura política sostenida por la nueva burguesía: grupos de mercaderes y artesanos que representaban y defendían una comunidad, en oposición al dominio del señor feudal.

San Gimignano, la ciudad de las torres, es un caso verdaderamente ejemplar de la nueva organización urbana de la edad comunal. Las torres, como en Bologna y tantas otras ciudades de la Italia centro-septentrional, manifestaban las ambiciones de esta nueva clase social: una demostración de poder que se enfrentaba al feudal y proclamaba la libertad que se gozaba dentro de la ciudad amurallada.

Las vías principales de San Gimignano confluyen en un interesante conjunto de plazas en el centro de la ciudad (tres en total), todas irregulares y en pendiente, interconectadas entre sí. Quien viene de Siena se encontrará, en primer lugar, la famosa Piazza della Cisterna (antigua escenario de fiestas y torneos), que debe su nombre al pozo de agua que allí se levanta. Es un espacio triangular, abierto en sus tres vértices, uno de los cuales conecta con la plaza contigua: la Piazza del Duomo. Esta, un poco más pequeña que la anterior, es el centro del poder religioso y civil de San Gimignano: allí se encuentra la catedral y el palacio comunal.

Hay una tercera plazuela, más estrecha y modesta, a la que se llega también por uno de los vértices de la plaza de la catedral; se trata de la Piazza delle Erbe, donde se llevaba a cabo el comercio de hierbas y especies. Tres espacios, cada uno con una función muy bien definida dentro de la ciudad, programática y espacialmente independientes las unas de las otras. Sin embargo están todos unidos a través de un eje virtual que las atraviesa por sus vértices. Las torres, imponentes y maravillosas en su elemental verticalidad, concentran toda nuestra atención y hacen que no tomemos conciencia de esta sensible operación de proyecto. La experiencia se traduce a una sorpresa detrás de otra. Podemos pasar el día allí sentados viendo a la gente pasar, asombrándose como nosotros hace un instante.

Piazza Marconi

Vernazza, Liguria

Entre la montaña y el mar de Liguria se encuentra Vernazza, uno de los cinco pueblos que conforman las famosas Cinque Terre. Según muchos es una de las localidades costeras más bellas de Italia. Su plaza, ubicada en el punto más bajo de su escalonado emplazamiento, es el nodo urbano que conecta a los habitantes con su entorno natural, que históricamente ha sido también su fuente de trabajo.

La explanada es más bien modesta, y está cerrada por tres de sus cuatro lados, pero como la bahía está abierta en su cara meridional, la vista panorámica no tiene límites. El espacio se amplía virtualmente. Piazza Marconi es origen y destino al mismo tiempo. Además de ser un lugar de encuentro y de intercambio, es el puerto natural del que parten y encallan las pequeñas embarcaciones pesqueras.

Las ciudades medievales siempre lograron establecer una relación muy estrecha con el paisaje, adaptándose con maestría y sensibilidad a terrenos muy difíciles sin comprometer el espíritu del lugar. Piazza Marconi es uno de esos casos donde el genius loci —término que usaban los antiguos romanos para referirse a ese espíritu del lugar del que hablábamos— está presente de manera ejemplar.

Sentados en un banco tallado en la piedra, extensión de la plaza que se ha convertido en muelle, podemos ver la montaña con sus viñas y sus olivos hacia el norte, detrás de las casas. Al sur se abre el mar de Liguria y el Mediterráneo, de un azul intenso, y todas las ventanas abren al infinito para dejar entrar al sol.

Piazza San Carlo

Torino, Piemonte

Una place royale “alla piemontese”, que sigue el modelo de las plazas reales construidas en Francia a principios del siglo XVII. La estructura real, que difiere mucho de la tradicional plazoleta del mercado medieval, no es -ni pretende ser- un lugar de encuentro, sino un espacio escenográfico y representativo construido para el rey, que ocupa simbólicamente el centro.

La Piazza San Carlo, proyectada por Carlo di Castellamonte, constituye el corazón de la primera expansión de la ciudad de Torino. Regular y con una estatua ecuestre dedicada a Emanuele Filiberto I, como sus referentes transalpinos: la Place des Vosges, en Paris, fue sin lugar a dudas el modelo a seguir.

Uno de los aspectos más característicos de la plaza son sus pórticos, que protegen a los habitantes de las inclemencias del tiempo y expanden los límites del espacio comunal más allá de las fachadas que la conforman. No obstante, no son las bondades del corredor cubierto las que hacen a los pórticos de la Piazza San Carlo tan interesantes (la Place des Vosges también tiene un borde continuo porticado, así como tantas otras ciudades de la Italia septentrional), sino su significado dentro del contexto urbano.

Torino tiene alrededor de 18 kilómetros lineales de pórticos, que cubren las aceras de las vías y las plazas más importantes de la ciudad: una operación que demuestra la voluntad de los Saboya de “homogeneizar” la ciudad, para dejar bien en claro quien tenía el control sobre la ciudad. Hoy, este lugar, que está dedicado a San Carlos Borromeo, sigue siendo uno de los espacios públicos más elegantes del norte de Italia. Y, sin duda, uno de los lugares más emblemáticos de toda Torino.

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