viernes , abril 16 2021
Inicio / Columnistas / Oscar Medina L. / Patrimonio rock

Patrimonio rock

nuevas bandas julio 08 - viniloversus2 Resulta que en los años ochenta éramos felices y no lo sabíamos. Algo debimos sospechar; porque no era posible andar por la vida sin preocuparse por la estética ridícula de aquellos tiempos de copetes, hombreras y peinados imposibles sostenidos a fuerza de laca. Esos raros peinados nuevos, que decía Charly.

Pero entonces algunos creíamos que era un fastidio vivir en un país en el que no pasaba nada. Ahora, ya vemos, pasan muchas cosas aunque por demás desagradables.

Durante los últimos meses me ha tocado hablar largo y tendido con algunos músicos y gente vinculada a la movida del rock en el país. Unos cuantos son viejas leyendas y otros más jóvenes, pero con bastante tiempo batallando en la tarima.

Y hay una especie de sentimiento general: Caracas, y el país entero, se está quedando sin lugares para dar conciertos, sin eso que el baterista Elio Fernández llama “el ecosistema del músico”. En otras palabras, ya no hay bares para esas descargas como las que los treintones y cuarentones de hoy pudimos experimentar estrenando la mayoría de edad.

Y si una banda de rock no tiene espacios para enfrentarse al público corre algunos riesgos: o se siente demasiado cómoda con lo que produce o termina frustrándose aislada en una sala de ensayos.

De esos tiempos –mediados de los ochenta y principios de los noventa- y sin quemar muchas neuronas uno puede recordar al Juliu’s Pub, el Partycular Pub; L’Antro; el Greenwich (que aún sobrevive); City Rock Café; el Café del Ateneo; un local muy confortable en Chuao cuyo nombre he olvidado; el Dog & Fox con sus dardos y su cerveza negra; y hasta conciertos en teatros modestos y salas como las del Celarg, ahora convertidas en tribuna política. Y, por supuesto, el Poliedro de Caracas que era el gran escenario de la escena rockera siempre corriendo el riesgo de los peinillazos que solían prodigar con insano deleite las fuerzas de la ley y el orden.

El paso del tiempo solucionó un problema crucial: ahora es muy fácil grabar un disco. Pero generó uno peor: ese de no tener donde tocarlo a un volumen brutal, como corresponde.

Quedan, sin embargo, algunos resquicios, esfuerzos sostenidos a punta de trabajo y terquedad como el Festival Nuevas Bandas o como el Gillmanfest, aunque uno y otro tengan –nada es perfecto- sus detractores.

No hay otra manera de decirlo: me inclino hacia el Nuevas Bandas. La variedad de su muestra y la amplitud de sus invitados especiales resultan más interesantes a esta edad. De ahí, además, han surgido agrupaciones que dejan –o están dejando- su impronta marcada en la inestable historia reciente del rock. Y eso se agradece.

El sábado 26 y el domingo 27 de julio pasados se realizó su más reciente edición. Al escenario de la Plaza La Castellana se subieron diez noveles grupos de buen nivel, compitiendo por el puesto de honor ante más de tres mil personas (ganó La Vida Boheme), acompañados de otros que ya van haciendo carrera y de visitantes extranjeros tan curiosos como los sevillanos Pony Bravo y el panameño Cienfué.

Y lo mejor de todo, más allá del cómodo y bien servido VIP; más allá del impecable montaje, fue el reconocimiento que obtuvo el festival en su cumpleaños número 18: a partir de ahora es patrimonio cultural del Municipio Chacao. Y esa, claro que sí, es una excelente noticia en medio del turbio panorama que se nos ha instalado en el país.

Revisa Tambíen

Hacedores de país, mundo e imagen del artesano ancestral

  La Fundación ArtesanoGroup reeditó el libro Hacedores de país, mundo e imagen del artesano …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.