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Parezco leyenda, ¿no?

México celebra el centenario del nacimiento de una de sus figuras más emblemáticas y queridas: el creador de Cantinflas, don Mario Moreno. Reediciones de sus películas, estudio de su obra, abundante mercadería y hasta un tequila y una estatua en Madrid servirán para conmemorar la vida del gran comediante

Por Oscar Medina

Arropados, ocultos, tras su mítico torrente de palabras, los oficios del personaje Cantinflas parecen haber quedado sepultados: todo estudio, todo análisis, toda aproximación elogiosa o no, se concentra en la suprema habilidad para discursear diciendo mucho y nada o, mejor dicho, más nada que mucho. Sí, Cantinflas habla y habla en la pantalla, pero también trabaja —o hace como si- en variados, muchísimos, oficios, tanto o más que los que Pepo atribuyó a su hoy ya casi olvidado Condorito, valga la infeliz comparación.

Claro que el de Pepo era un dibujo y este de Mario Moreno rozaba la maestría en otras artes de la expresión. Cantinflas fue esto y lo otro: policía, conserje, burócrata, boticario, diplomático, sacerdote, sastre, limpiador de ventanas, agente secreto, portero, piloto, entrenador de boxeo, fotógrafo, sastre, ascensorista, barrendero y otras cosas, porque filmar más de 50 películas da para todo.

Mario Moreno Reyes también supo de oficios reales. Fácil no la tuvo. Fue soldado quizás para matar el hambre. Fue boxeador, torero, bailarín y cómico de “carpa”, es decir de un acto de comedia pobre, muy pobre. El “Chato Moreno” dicen que le decían cuando se puso los guantes y subió al ring. Allí no duró mucho: se dio de bruces contra la lona en el primer round de su pelea de estreno. Su futuro estaba en otro lugar, en otro asunto más allá de los golpes.

En esa carpa popular, en ese teatrillo ambulante de escaso lustre, forjaba su estilo o lo intuía a partir de las risas o los abucheos. Hasta que un día, llegó el día. Sobre el origen de la palabra Cantinflas se dicen algunas cosas. En todo caso, hay que creerle a quienes saben. El escritor, ensayista y muy venerado intelectual mexicano Carlos Monsiváis contó la anécdota en algunos de sus textos sobre Mario Moreno. Y el hijo del propio protagonista de los acontecimientos, Mario Moreno Ivanova (hijo de verdad, no adoptado como algunos aún insisten), suscribe la versión.

De forma inesperada le toca al “Chato Moreno” hacer la presentación en la carpa Ofelia. El responsable de dar esas palabras no estaba, no estuvo, se perdió. Y Moreno, claro, se encontró frente al público sin saber qué hacer: “se le había olvidado todo”, cuenta el hijo. Así que se largó a una perorata sin sentido, extensa y plagada de rodeos, que, para su sorpresa, desesperó y divirtió al respetable por igual. Y entonces alguien gritó: “así en la cantina, ¿cuántas te inflas?”. Y por una razón u otra o quién sabe qué, Moreno estableció que la contracción de esa idea le daría nombre al “peladito” —ese joven de la calle, de bigotito a medias- que por entonces representaba en esas noches de variedades de bajísimo presupuesto.

Monsiváis, por supuesto, describe mejor al personaje: “La primera oportunidad del cómico: en la carpa Sotelo, en Atzcapotzalco (1930). En 1933, en la carpa Valentina, ya dispone del atavío que será clásico, su pinche-escudo-de-Aquiles: aquí está el peladito, la persona que viene del dandismo de las pulquerías y del circo, con el rostro enharinado o pintando con albayalde, los pantalones cuajados de parches y siempre debajo de la cintura, la corbata vieja que reemplaza el cinturón, el gorro de picos que se ostenta como sombrero, los calzones de olanes que se exhiben a la menor provocación, los zapatos destrozados, la camisa astrosa y el trapo (llamado por decoro “la gabardina”) en el hombro izquierdo, entonces emblema del cargador de los mercados. El peladito entra a escena y el público se divierte de antemano ante el símbolo del porvenir clausurado para siempre” (Mario Moreno, 1911-1993- La imagen perdurable y los momentos momentáneos).

En 1936 —continúa el ensayo de Monsiváis, incluido en su libro póstumo Los ídolos a nado, recién editado en España por Random House- ya Cantinflas es moda en un escenario más decoroso, con mejor presupuesto y algo de nivel: el Follies Bergere. La gente acude a verlo a él, a escuchar el prodigioso malabarismo de su palabrerío.

Y el escritor va más allá. Se atreve a ubicar la gestación de un modo, de un lenguaje, de una variante del habla: “Casi se puede fechar el nacimiento del cantinflismo. En 1937, Luis N. Morones, dirigente de la Confederación Revolucionaria Obrero Mexicana, califica a Vicente Lombardo Toledano, líder de la central obrera del gobierno, la Confederación de Trabajadores de México (CTM), de ‘traidor, cobarde, tembloroso, enclenque y Niño Fidencio de Teziutlán? (El Niño Fidencio es un curandero famosísimo y en Teziutlán nació el líder de la CTM). Lombardo comenta desdeñoso: ‘Si Morones se propone demostrar su capacidad dialéctica, que discuta con Cantinflas?. Este, enviado al limbo de lo que no merece réplica, admite por primera vez que su humor tiene un sentido y que ese sentido es la parodia del discurso político…”.

Ya no se puede discutirle eso a Monsiváis, falleció el 19 de julio de 2010. Y de todas maneras, ¿quién se le paraba al frente? Tampoco se puede corroborar el asunto con Cantinflas: si ya no estuvo ni está. Queda entonces aceptar la fecha: 1937. Ahí comenzó el juego que para Cantinflas consiste en “rendir al interlocutor que, ante la incomprensión, acaba fatigado, desmayado y dispuesto a aceptar lo que el otro le diga”. Cantinflear se llama eso y hasta el diccionario da cuenta de su existencia.

Y aquí Don Mario

Por su parte, Mario Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en la Colonia Santa María de la Redonda, de la Ciudad de México. Y éste es el año del centenario de su nacimiento. Por eso la fiesta, la celebración que arranca en agosto, por eso hasta el tequila con el nombre del peladito con el cual brindarán los mexicanos por ese hombre que supo construir un emblema de la mexicanidad que le sobrevive, con muy buena salud, en el imaginario universal, tras su muerte el 20 de abril de 1993.

Su hijo, entrevistado en el programa “Derecho de admisión”, contó, apenas en julio, el momento: aquejado de cáncer, se puso en manos de la medicina estadounidense. Pero la quimioterapia superó sus arrestos de vitalidad. 81 años tenía. Resignado ya, pidió volver a México a descansar en su tierra. La noche del 20 de abril no pudo más: “su último latido, su último aliento, me lo dio en los brazos”. Y su patria le brindó enormes muestras de amor: tres días de sepelio, en la funeraria, en el Teatro Jorge Negrete y, finalmente, en el Palacio de Bellas Artes donde se calcula que durante 24 horas pasó 1 persona cada dos segundos a rendirle honores a quien entonces ya era Don Mario Moreno, el actor idolatrado, el filántropo que tanto ayudó materialmente a quienes menos tenían. Sus cenizas están hoy, en el panteón familiar, donde él quería: junto a su esposa Valentina Ivanova.

A ella, una actriz de origen ruso, la conoció en 1934 y ese mismo año hubo boda con todas las de la ley. Su salto al cine tuvo que esperar dos años, cuando debutó sin mucha suerte en No te engañes corazón. A ese largometraje le siguió Así es mi tierra (1936) y Aguila o sol (1937), considerada por Monsiváis no como su mejor interpretación pero sí como “la película por excelencia de Cantinflas”, “la que revela más adecuadamente la índole del personaje”. En 1939, otra comedia, El sino de la muerte; y la fundación de Posa Films. Y luego otros cuatro filmes que van consolidando su ascenso. Hasta que en 1940, protagoniza Ahí está el detalle, el título y la frase que lo insertan ya no en todo México sino en Latinoamérica.

Sigamos con Monsiváis: “(…) la comicidad de Ahí está el detalle, radica en la ‘insolencia? de Cantinflas, en su estar en el mundo contra y desde el lenguaje, en su capacidad de tuteo psicológico con quien sea. El deambula entre escollos guiados por el instinto del caos, no el caos a lo Laurel y Hardy o Buster Keaton, donde los objetos se atropellan rumbo al abismo, y las fuerzas elementales persiguen a los cómicos para obtener de ellos un minuto de inmovilidad, sino el otro caos, aquél en donde las palabras inventan otro diccionario, las ropas nacen destrozadas, las situaciones de simples no se entienden, y tanto vale un diálogo incomprensible como la sospecha de adulterio y la conjura criminal”.

Y si se hace difícil entenderle a Monsiváis, acudamos al archivo a ver la memorable escena del peladito llevado a juicio: “¿cuál es su gracia?”, le pregunta inquisidor el fiscal con tantas ganas de condenarlo. “La facilidad de palabra”, responde acertado Cantinflas.

Otra: “Excúseme usted”, le dice el fiscal a regañadientes, obligado por el juez, luego de insultarle. “Es usted excusado”, es la respuesta que hace al auditorio celebrar la malicia del sospechoso Cantinflas.

Que Chaplin lo haya considerado en su momento “el mejor comediante vivo”, refleja su sobrada proyección internacional, la misma que se impulsó con su participación en la versión de La vuelta al mundo en 80 días que, en 1956, sentó las bases del cine en alta definición y de la que hoy se anuncia un remake en 3D.

Una historia poco conocida contada por Mario junior revela la dimensión de su fama global: durante una visita a Bogotá, saliendo de un hotel, el actor desaparece en las narices de los agentes de seguridad. Durante horas nada se supo de él. El escándalo y la tragedia asomaban. Hasta que lo vieron, muy tranquilo, caminando por el lobby. ¿dónde estuvo? Alguien había organizado una fiesta para conocerlo y lo raptó. Su anfitrión se presentó así: “discúlpeme Don Mario, no lo pude haber conocido de otra manera y me tomé el atrevimiento de invitarlo de esta forma…”. Así fue como Tirofijo pudo estrechar la mano de su ídolo.

“Parece que se ha ido, pero no es cierto”, dice su epitafio según Monsiváis. Por eso sus 100 años se conmemoran con una estatua que instalará su imagen para siempre en el barrio del Rastro, en Madrid, y todo el agosto mexicano será una explosión de merchandising, cinematografía y fiesta celebrando la vida —sí, con mucho ribete comercial- del más grande de los orfebres de la risa.

-¿Cuál es tu onda?, pregunta ella, melosa e intrigada, en una escena con Cantinflas haciendo de imbatible policía encubierto 777.

– Pues la autéeentica. Parezco leyenda, ¿no?

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