viernes , enero 21 2022

Parecidos pero distintos

Lejos de animarlos a ser siempre “iguales”, criar exitosamente a gemelos o morochos consiste en saber honrar sus diferencias. Estas son algunas recomendaciones para ayudarlos a desarrollar personalidades sanas e independientes

Por Magaly Rodríguez

Darles nombres bien diferenciados. Uno de los consejos recurrentes entre expertos en crianza es no ponerles a estos hermanitos nombres casi idénticos, ya que los nombres bien diferenciados propician que los niños entiendan desde temprana edad que son dos individuos distintos, aunque sean físicamente muy parecidos o inicialmente hagan todo juntos. Esto además evitará que padres y maestros confundan sus nombres de por vida. Del mismo modo, aunque para los padres resulte simpático vestirlos siempre iguales, uniformarlos no debe ser una constante.

Apoyar sus individualidades. A medida que crecen, los hermanitos empiezan a manifestar interés en cosas distintas. En lugar de procurar homogeneizarlos en todo, respetar esas divergencias y apoyarlos a cimentar su propia identidad —ya sea a través de sus estilos de vestir, pasatiempos, gustos, etc.— no solo los hará niños más seguros e independientes, sino también hará menos hostil la clásica crisis de identidad que acompaña a la llegada de la adolescencia. Mientras más claro sea el concepto de sí mismo de cada uno, esta etapa de confusión en la pubertad no debería ser más complicada que la de cualquier otro adolescente.

No etiquetarlos. Muchos padres acostumbran asumir a estos hijos como dos mitades de un mismo ente: si uno es muy extrovertido, el otro es etiquetado como el tímido, o si uno es muy tranquilo, el otro es el travieso. Los expertos en crianza recalcan que, por el contrario, no deben considerarse automáticamente como caracteres complementarios, sino como dos individuos que, casualmente, nacieron el mismo día. Si bien los padres pueden formarse sus propias impresiones sobre la personalidad de cada uno según lo que observan, estas deben mantenerse en privado. Etiquetarlos abiertamente provoca que los niños se sientan forzados a encajar siempre en un patrón preestablecido, que no necesariamente los representa.

No compararlos. Aunque parezca inevitable tender a cotejar las conductas de ambos, padres y maestros deben tener particular cuidado en no hacer comparaciones públicas sobre las virtudes o defectos de uno sobre otro. Partiendo de que ese hábito tiende a ser lo suficientemente dañino entre hermanos de distintas edades, en el caso de morochos o gemelos es una precaución doblemente necesaria, pues la intención no es crear un sentido de competencia ni sembrar potenciales resentimientos a largo plazo.

Ser justos con cada uno. Si bien hay morochos o gemelos muy unidos hasta para hacer travesuras, no es correcto castigar a los dos por defecto cuando uno de ellos haya cometido una falta y el otro no. Tratar de ser “equitativos” impartiendo castigos que no corresponden es una contradicción que generen confusión. Ahorrarle una amonestación a un niño que se portó bien no implica un privilegio discriminatorio, sino el resultado lógico de una buena elección de juicio.

Permitirles otros espacios y contactos. Si bien es previsible que los niños se sientan cómodos jugando entre sí, los papás deben alentar también a que jueguen con sus otros hermanos —si los hay— o con otros amiguitos. Es favorable que cada uno tenga la potestad de formar su propio grupo de amistades e incluso que estudien en salones distintos. Aunque los padres teman que la separación pueda ser traumática, esta decisión por lo general permite que los niños aprendan a interactuar con mayor confianza en otros círculos y no solo entre sí.

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