martes , abril 13 2021
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¿Para qué sirve la historia? (Guía de usos prácticos)

“El futuro aún no existe, el presente es un segundo y lo demás es pasado”.

Por Lucas Monsalve – Historiador

Estoy seguro de que varios de ustedes se han enfrentado en algún momento a la pregunta: “¿Para qué sirve la historia?”. En mi caso, por mi profesión, es una interrogante que muy a menudo suelo responder en distintas circunstancias. La respuesta, aprendida casi de memoria desde que estamos en la escuela, parece a priori tan evidente para una persona sensata que ya solemos tener frases hechas para responderla, al estilo de: “La historia sirve para aprender del pasado”, “para vivir mejor el futuro”, “para no cometer los mismos errores de antes”.

Estas afirmaciones no son del todo erradas; sin embargo, se quedan en la superficialidad de un tema más complejo. No necesariamente, por mucho que sepa de Historia, el hombre deja de cometer errores, conoce el camino que ha de andar o vive mejor su presente.

Hay una anécdota que leí hace varios años y que suelo utilizar para explicar esto. El historiador francés Marc Bloch -uno de los fundadores de la escuela de Historia de Annales- escribió un libro llamado Introducción a la historia. En él, un niño le hace a su padre la misma pregunta: “¿Para qué sirve la historia?”. Ante la interrogante, el padre le responde: “La Historia sirve para vivir mejor, para trabajar en provecho del hombre, para guiar nuestra acción”. A partir de allí, desarrolla el tema del valor de la Historia en lo social y su importancia en el proceso de la vida de cada hombre. Lo paradójico es que Marc Bloch muere fusilado por los nazis un año después de escribir este libro, por lo que conocer mucho sobre la materia no parece haberle sido útil. Si en cambio hubiese sabido más sobre ingeniería o cocina, quizás le habría sido posible salvar su vida.

No quiero con esto quitarle importancia al sentido más ontológico de su definición como herramienta y guía fundamental en el conocimiento en cuanto al hombre y ser social. Sin embargo, esta visión tan filosófica muchas veces nos aleja del conocimiento histórico, haciéndolo pesado y poco útil. Es por ello que quiero proponerles algunos otros “usos” que tienen un sentido más práctico y aplicable a lo cotidiano, y que considero nos ayudan a despertar un mayor gusto hacia ella. Por lo tanto, es útil:

Para saber leer el periódico y entender las noticias. La historia sirve para explicar el presente y darle el justo peso a los acontecimientos. A diario leemos o escuchamos noticias que tienen una explicación en razones históricas, por ejemplo: conflictos raciales o religiosos, pugnas territoriales entre países, guerras, antiguas migraciones, herencias culturales y un sinfín de cosas. Quien conoce de historia suele entender mejor gran parte de las noticias, pues analiza la información con un mayor conocimiento del hecho.

Para ir al cine. Cada vez están más de moda las películas ambientadas en la antigua civilización romana, en la Edad Media, la Segunda Guerra Mundial o en la Guerra Fría, entre otros momentos históricos. Más allá de lo fidedignas o no que sean estas películas, resultan más atractivas cuando se conoce previamente algo de esa época. Además, démonos cuenta de que suelen ser más atrayentes las películas basadas en hechos reales que las simples narraciones fantasiosas. Por alguna razón, el hecho real pareciera otorgarle mayor peso a la trama.

Para viajar. Muchas personas realizan sus primeros viajes inspirados en el deseo de conocer tal o cual sitio que aprendieron a valorar a través de la historia. Egipto, Grecia, Roma, Machu Picchu y Jordania son los destinos turísticos por excelencia cuando de encuentro con la historia se trata. Asimismo, se disfruta más en un museo, un antiguo templo o un monumento cuando se conoce su pasado. Imaginemos por un momento el Coliseo Romano. Más allá de su belleza física, lo que más nos motiva es imaginar in situ lo que allí sucedió.

Para escribir ficción. Reconozco que esta fue una de las cosas que más me sorprendió cuando estudié esta carrera. Paradójicamente, los escritores de ciencia ficción suelen ser grandes conocedores de la historia, pues ésta tiene la poderosa capacidad de desarrollar la imaginación, aumentar la capacidad de abstracción y recrear realidades distintas a la presente. Es innegable que narraciones tan fantasiosas como El señor de los anillos, Eclipse, Harry Potter o Avatar – por nombrar algunas de las más actuales- tienen multitud de elementos extraídos o inspirados en distintos tiempos históricos.

Para conversar con los mayores. Recuerdo con agrado que, en una ocasión, una alumna de clases de historia me fue a dar las gracias de parte de su padre, pues desde que cursaba la asignatura tenían más temas de conversación entre ellos. La historia puede ser un punto de encuentro interesante entre distintas generaciones. Además, los jóvenes suelen admitir con facilidad la superioridad que tienen las personas mayores sobre el conocimiento de estos temas, pues en muchos de los casos ellos han sido testigos presenciales de los hechos pasados.

Para valorar el lugar en el que estamos. El arraigo a la patria o a una comunidad determinada y su valoración está muy vinculado con el conocimiento histórico. Entender los arduos procesos que llevaron al surgimiento de una nación, el coraje de nuestros antepasados y, en muchos casos, la sangre derramada sobre el lugar en el que vivimos, nos hace apreciar más el ámbito en que nos tocó vivir y diferenciarlo del resto.

Para combatir la desesperanza. Existe la peligrosa costumbre de pensar que todo tiempo pasado fue mejor que el presente, y ello puede llevarnos a la desesperanza. Más aun cuando el país o la región donde se vive pudieran estar atravesando una crisis económica o política. La historia nos demuestra que el hombre, a través del tiempo, ha atravesado momentos muy difíciles. Recordemos, por ejemplo, la terrible peste negra que azotó a gran parte de Europa en el siglo XIV, o las dos grandes guerras del siglo XX. Cuando miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que el hombre ha sido capaz de enfrentar momentos más duros de los que pudiéramos estar viviendo, nos percatamos de que quizás el presente no es tan cruel como creemos o que el futuro no tiene por qué ser peor.

Para ser más libres. Existen dos formas posibles de ampliar nuestro espectro: a partir de la ampliación del espacio o de la extensión del tiempo. En principio, parece más difícil conseguir lo segundo que lo primero. No obstante, si lo pensamos un poco, pareciera que en el planeta cada trozo de tierra está identificado y nuestro espacio físico terrenal tiende a ser finito. Sin embargo, el del tiempo no. El filósofo español Ortega y Gasset comenta en su libro La rebelión de las masas: “…el mundo ha crecido temporalmente. La historia y la arqueología han descubierto ámbitos históricos de longitud quimérica. Civilizaciones enteras e imperios que hace poco ni el hombre sospechaba han sido anexionados a nuestra memoria como nuevos continentes”. Así, la historia, en la medida en que se va descubriendo, se convierte en una nueva esfera temporal de longitudes infinitas, que libera al hombre de su sujeción al efímero presente.

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