lunes , mayo 3 2021
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Nota de catas

catasLo mejor es ir siempre con algunos amigos de esos con los que se tiene un buen grado de complicidad. Sentarse cerca, claro, y entenderse con la mirada. En una cata de vinos siempre hay gente muy seria, bastante circunspecta y que se toma el asunto con solemnidad. Casi como si estuvieran comulgando. O, lo que es peor, con un enorme entusiasmo por demostrar que antes de ocupar su puesto en la larga mesa, en realidad ya lo saben todo. Y cuando no conoces a nadie, la experiencia puede resultar aburrida o -y esto sí que es muy malo- puede que hasta sea atemorizante. 

Ir solo a una cata nada más puede explicarse así: o tienes muchas ganas de tomarte unas copas o es porque las botellas que van a descorchar resultan por alguna razón extremadamente atractivas, por raras, por inalcanzables. Y hasta por ser gratis.

La fauna tiende a ser la misma. Distintos rostros en cada oportunidad, pero idénticos personajes. Generalmente hay una o dos parejas mayores que acumulan suficientes millas y botellas vaciadas y tienen sus gustos muy claros. Son de los que compran el vino por cajas y tienen buena provisión de copas Riedel ?de las mejores – y quizás hasta hablen con alguna propiedad sobre tal o cual añada de determinada marca. En este caso, uno de los consortes siempre se hace notar por sus comentarios en voz muy alta, con lo que se asegura de que el distraído que está en la otra punta de la mesa también le escuche.

Está ese ser temeroso a quien le preocupa meter la pata y que cree que si se toma todo el contenido de la copa recibirá una reprimenda. Pero si el temor no le nubla el sentido común, hace lo que hay que hacer: fijarse en cómo se conduce ese otro con actitud de experto e imitarlo con aires de suficiencia.

En algún puesto muy cerca del encargado de ilustrar a la concurrencia estará la chica de paladar sensible que es capaz de identificar sabores de frutillas del bosque, reminiscencias de frambuesa, evocaciones salvajes, mantequilla (nunca margarina), puede establecer diferencias entre maderas de barrica francesa y americana y hasta percibir algo que no se atreve a decir porque suena muy feo: una cosa semejante al orine de gato.

Nunca faltará el entusiasta serio. El que ha hecho la tarea porque esto le interesa de verdad. Ese que puede hacer una tesis sobre la botella en cuestión y registra muy prolijo sus observaciones por escrito para luego transcribirlas en ese cuadernito con su diario de caldos que atesora a modo de bitácora de su tránsito por tan vasto universo. Este es un personaje importante: es el encargado de sacar la cara por todos cuando el maestro enólogo lanza sus preguntas para activar el mecanismo de la participación. Hay que confiar en lo que dice: si apunta que el tinto que probamos es muy tánico, de inmediato uno se da un trago y encuentra que el efecto astringente te deja la lengua como una pasa. Si dice que es afrutado, debes coincidir y hasta crees percibir la cáscara de la fulana fruta. Si mira la copa sobre un fondo blanco y dice que hay un color ?teja? en los bordes, tú empiezas a pensar en la casita aquella con el techo aquél.

Y hay un buen número que son aves de paso. Que están ahí arrastrados por otro con la promesa de hacer algo distinto e interesante, pero que a la menor oportunidad le susurran a ese otro cosas sobre el trabajo o revisan el blackberry a cada cinco minutos porque no pueden con la sensación de estar desconectados y con la nariz metida en una copa.

La actitud del encargado de guiar la cata es determinante. Por regla general es un poco cargante el que se pasa de corporativo y se enfrasca en explicar hasta los detalles imperceptibles de las etiquetas. Cuando se trata de un miembro de la familia que produce el vino, la cosa puede adquirir proporciones de épica filial y todo dependerá de las habilidades narrativas del caballero. Sorprende ?pero sucede- cuando alguno reconoce fallas en el vino que vende.

Y siempre resulta mejor cuando el que está ahí parado es tu amigo y es un verdadero maestro que ?aunque con respeto- le va quitando el frac a eso tan natural que es querer conocer un poco más y aspirar a tener alguna idea de por qué es que te gusta tanto ese vino y no otro.

Por eso ?y porque nunca estoy solo ahí- es que siempre prefiero una cata en La Viña del Señor, un lugar si se quiere modesto pero bien servido que se ha empeñado, como ningún otro, en bajarle los humos a la antiquísima costumbre de descubrir esa magia contenida por un corcho, aunque sea sintético, que así está el mundo.

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