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Mundial: el boulevard de los deseos imposibles, de la tierra prometida

Es un derecho irrenunciable de los pequeños: imaginar que alzan la Copa del Mundo y establecer el nuevo orden del fútbol. Solo que al final de la jornada todo puede transformarse en decepciones: los colosos no van a ceder sus privilegios, así como así

Por Cristóbal Guerra- [email protected] – @camisetadiez

Ah, quién pudiera; cómo sería para nosotros vencer a los colosos del fútbol, quién pudiera… Así habrán de decir las selecciones con menos nombradía cuando lleguen al aeropuerto de Moscú a comienzos del mes de junio, con los deseos apretados en las alforjas y los sueños dentro de las camisetas que en algunos días van a estar llenas del sudor de los tiempos.

Arabia Saudita imagina vencer a Rusia, Irán tiene preparada la trampa para que caiga Portugal, Marruecos la suya para que España se engañe; Panamá muerde las ganas de su fe por liquidar a Inglaterra y Bélgica, Islandia arma su emboscada para cazar a Argentina; Costa Rica tiene trucos centroamericanos para engatusar a Brasil, Corea del Sur pretende ser un prestidigitador asiático que hipnotice a Alemania, Senegal pide ayuda a los dioses del futbol para que Colombia muerda el polvo.

Así andan las cosas en los pensamientos de aquellos hijos del anhelo, herederos de glorias que no existen, aspirantes a lugares impensados en la tierra prometida. Es como el pecador luego del alivio de la confesión. Es como el spring training de los equipos de grandes ligas. Cada uno tiene a su Cristiano Ronaldo, cada cual su Lionel Messi, algunos anhelan que Mohamed Salah, el jugador de moda, alinee con su equipo.

Mas, el Mundial está por comenzar, y llegan los nervios y lo irrefutable de las verdades. Pasarán las rondas, llegarán los partidos donde arde el fuego vivo, y quizá no saldrán ileso de la piromanía los nombres de Arabia Saudita, Irán, Marruecos, Panamá, Islandia, Costa Rica, Surcorea, ni tampoco Senegal. La historia del fútbol, que es como decir la historia del mundo, está salpicada de ilusiones vanas, de esfuerzos perdidos en el tumulto de los partidos, de entregas por causas que al final de las jornadas no han sido sino afanes inútiles por demostrar que todo puede ser distinto. Revoluciones idealistas, quimeras que se esfuman como humo en cada era.

Entretanto, alemanes, brasileños y españoles esperan con tranquilidad de sabios y de superioridad, sin mirar a los costados, pero acechantes a cada instante: nadie se les puede acercar, no hay equipos de este mundo ni del que está por inventarse que los pueda desafiar. Tienen sus certezas, y no habrá esperanza pequeña que pueda con ellos. Al final, ellos llegarán. Y serán ellos, y no otros, los únicos habitantes de la tierra prometida. Como decía Miguel Hernández en un poema: “Los primeros pobladores del mundo”. Es decir, los emperadores del fútbol, los amos indiscutibles del Mundial, los siempre dueños del balón. No habrá nuevo orden como alguna vez soñaron aquellos. La vida seguirá sin alteraciones menores.

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