miércoles , octubre 5 2022

Mi memoria musical

Acabo de comprar un álbum que contiene 100 piezas clásicas favoritas de todos los tiempos. Me sorprendió encontrar valses, sinfonías y hasta música de ballet y ópera que jamás imaginé que pudieran estar reunidas en un solo disco. Aunque no están en su versión completa, cada pieza me transportó a diversas épocas de mi vida, en especial a mi infancia, que estuvo marcada por las notas de Tchaikovski, Chopin, Mozart, Beethoven, Strauss y Verdi, entre otros. Pero si creen que soy pianista o hija de músicos, se equivocan. Puedo asegurarles que los de mi generación crecimos oyendo música clásica en programas infantiles de televisión, casi todos importados de Estados Unidos. Series como Furia, Cisco Kid, Lassie y hasta comiquitas de Disney nos encantaban con esas magistrales piezas concebidas por los genios de la música. ¿Quién no recuerda a Cisco Kid galopando en su caballo “Silver” con los acordes de la marcha de Guillermo Tell de Rossini? ¿O al gato Silvestre persiguiendo a Piolín mientras sonaban las notas de la Rapsodia Húngara de Litsz, La Danza de las Horas de Ponchielli o el Vuelo del Abejorro de Rimski-Korsakov? Los dibujos animados popularizaron a Chopin con sus polonesas, a Suppé y a Bizet con sus oberturas, a Beethoven con sus sinfonías y a Strauss con sus valses y polkas. Al menos, así están inscritas en mi memoria.

Durante mi adolescencia, conocí a Vicente Emilio Sojo, quien me hizo el examen de admisión para entrar a la Escuela de Música; y a mi marido en reuniones musicales para cantar en un coro organizado por Alba Quintanilla, excelente directora, pianista y arpista clásica. De esa época me quedaron la delicadeza y sublime música de Haendel y Beethoven, pero también la música italiana de los Festivales de San Remo y todos los éxitos de los Beatles. Luego, veía con mucha atención los programas de Arturo Uslar Pietri Valores Humanos y entonces conocí a Vivaldi, con sus Cuatro Estaciones. Mantuve amistad con Antonio Pizzolante, amigo que pertenece a una familia de varias generaciones musicales en la cual se destacó Ítalo Pizzolante, el autor de “Motivos”. En esta época me enamoré de la música venezolana, interpretada al piano por Quintanilla y Pizzolante, pero también por Moleiro. Mi hermano Eduardo tocaba corneta, mi cuñada Consuelo nos deleitaba con su hermosa voz de soprano y mi amiga Silvia nos hacía vibrar de alegría con su acordeón. Ya en mi época adulta, aprendí a llenar mi vida con las canciones de Simón Díaz y a sentir la nostalgia de la música andina, caraqueña y oriental con los hermosos valses que de manera impecable caracterizan nuestro gentilicio y tradición musical. Tuve el privilegio de conocer a Antonio Lauro y escucharlo interpretar su “Natalia”, encantadora hija a quien también conocí; a Inocente Carreño, pues se sentó a mi lado, para suerte mía, en una de esas colas bancarias para los pensionados; y al mismísimo Oscar D? León en un aeropuerto compartiendo sonrisas. Ellos me hechizaron con la grandeza de su modestia, cualidad distintiva de los grandes personajes. Ahora, mi nieta me sorprendió con su atiplada voz y su “vibrato” natural. Tiene nueve añitos y quiere aprender a tocar el piano, algo que yo quise hacer cuando tenía su edad. Ha pedido que le regalen un teclado electrónico como premio a su magnífico desempeño en el colegio y se lo hemos comprado. He escuchado con ternura sus primeras canciones y ahora he comenzado a vivir un sueño inconcluso en mi memoria musical.

Reviva la experiencia del impreso Online!

Revisa Tambíen

Hacedores de país, mundo e imagen del artesano ancestral

  La Fundación ArtesanoGroup reeditó el libro Hacedores de país, mundo e imagen del artesano …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.