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Memoria de perfume

Somos la memoria de nuestro olfato. Al Pacino lo rubricó en Perfume de mujer al interpretar a un hombre mayor y ciego que invita a bailar a una jovencita. -No, mi novio llegará en un momento. -En cinco minutos se puede vivir una vida, responde él, mientras la abraza, huele su cabello y enhebra sobre la pista las cadencias de un tango. El tiempo se detuvo.

Y la fragancia se hizo

Lo conjeturó Borges: “…el vino fluye rojo a lo largo de las generaciones / como el río del tiempo / y en el arduo camino nos prodiga / su aroma, su fuego y sus leones…”. Lo dibujó Neruda: “…oh tú, jarra de vino en el desierto con la mujer que amo; / que el cántaro del vino, al beso del olor sume su beso”. Después de la vista y de la palabra -pero antes del tacto- ocurre el olor, mensajero implacable de la seducción, que se instala en los tejidos de nuestras múltiples memorias. Tal vez por ello exhalamos, a través de piel y aliento, los potentes aromas de la sexualidad: feromonas.

Un secreto alquímico

De las feromonas se valió Grenouille, en la novela El perfume de Patrik Süskind, al licuar fluidos y olores íntimos de mujeres vírgenes para elaborar irresistibles esencias en el maloliente París del siglo XVIII. Jean-Baptiste tiene una marca de nacimiento: él no despide ningún olor, pero posee un olfato prodigioso que le permite percibirlos todos. Su arte de Sumo Perfumista es una inquietante prestidigitación con aromas capaces de inspirar simpatía, amor o miedo.

¿Cuál es nuestro olor?

Si el hombre es lo que come, también es lo que transpira o exhala en relación con sus alimentos cotidianos, su manera de prepararlos y secretarlos. Cada ciudad y aun cada cuerpo tienen su propia fragancia. Boston huele a asepsia; México a maíz; Sevilla a claveles; Caracas a café; Montevideo a ropa tendida al sol en azoteas. El subterráneo de Buenos Aires huele a humedad; el de París, a ajo; el de Barcelona, a aceite de oliva mezclado con agua de colonia. El “trastévere” romano y los anfiteatros griegos huelen a la antigüedad de su historia.

No sólo existe una memoria del olfato cobijada entre sábanas, manteles, vinos y fogones. La historia misma es un olor, como se lo sugirió a Marcel Proust su reencuentro con la “petit Madeleine”: cuando de un viejo pasado nada subsiste después de la muerte de los seres y de las cosas, solos, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y las palabras siguen mucho tiempo, recordando, esperando, llevando sobre su vaho casi impalpable el edificio inmenso del recuerdo.

El aroma puede ser un camino

¿Nos lleva al reencuentro de nuestro yo con el “illo tempore”, cuando diosas y hombres tenían Tiempo? O tal vez sea postrer alerta para esta sociedad, en la cual el olor natural carece de misterio o significado al conjuro desodorizado de siliconas, cosméticos, prisa consumista y comida chatarra. Más allá de Proust y el mágico efluvio de una taza de té, más allá de la ingrávida pesadez de Kundera, más allá de la temprana edad de las flores navokovianas, ¿el perfumado laberinto de Süskind continúa su azarosa marcha rumbo a la pérdida de la memoria olfativa? No. No si somos capaces de seguir al acecho de un olor:

“He buscado en la calle de mil vientos una mujer que tenga una mirada extrema, un aroma infinito y sorprendente que clave sus puñales en mi mente. Una mujer con fiebre en sus aromas con ambición de exóticas pasiones, experta en avivar viejas memorias con su boca de vino y sus arpegios”. Reviva la experiencia del impreso Online!

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