sábado , junio 25 2022

Marvin Gaye: la sangre erguida

Por Daniel Centeno M.

La última presentación pública de Marvin Gaye tenía que ser excepcional. Y lo fue. Sucedió la noche del 13 de febrero de 1983, en Inglewood, California, minutos antes de comenzar el juego de las estrellas de la NBA. El cantante caminó, impecable, como quien va a matar a una díscola sin ningún tipo de contemplación. Lentes de espejo, traje oscuro, camisa blanca, corbata de lunares y pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Una pista de batería comenzó a sonar y, de repente, el tipo descargó una sensualidad llena de pecado ante los aplausos y gritos desmayados del público. Todo hubiera estado de lo más normal, de no ser por la canción que interpretó: el himno nacional de Estados Unidos.

Éste es considerado el mejor cover que se ha hecho del Star-Spangled Banner. Sin embargo, no estaría demás aventurar qué habría opinado Ronald Reagan y todo su ejecutivo para entonces: un negro un poco drogata cantando la versión más libertina de una melodía sagrada para un gobierno tan conservador como el republicano.

Ahora que lo pienso, no tengo ni idea de cómo Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar, Larry Bird, Isiah Thomas, Moses Malone o Julius Erving pudieron salir a jugar después de esto. Bien sabido era todo el tema acerca de sus masculinidades y devaneos con ninfas y cheerleaders de distintos pelajes. Quizás el encestar el balón en el aro se volvió algo más que subliminal en una cancha que despedía testosterona a millón. Una tragedia, en este caso, más que griega. Eso sí: digna de gigantes.

Escribo esto en primera persona porque el tiempo me ayudó a comprender parte del tema Gaye. Cuando niño la canción me gustó tanto como la famosa Sexual Healing. No tenía idea de qué se trataban, pero por alguna razón sentía que escucharla era como cometer una falta blanca. Era como ganarle la partida al confesor. Saber que en la iglesia éste no podría contar como uno de mis tantos pecados de imberbe. Y, al mismo tiempo, tener la seguridad de que, al pasar por alto este hueco en la administración de la culpa, me anotaba un punto a mi favor. Nunca antes la maldad y la indulgencia podían ser tan parecidas.

Luego, mucho más grande, alguien me comentó: “Lo más jodido es que a ese hombre luego lo mató su propio padre cuando se enteró de que era gay”. El juego (fácil) de palabras vino solo: gaye y gay. Y también otra cosa, la reflexión idiota: “¡Qué irónico! Ahora resulta que el macho, que tanto ayudó a procrear, era todo lo contrario a lo que predicó”.

Pero los campos a explorar, y más cuando se trata de ogros, no son tan despejados. Todo lo contrario. Están llenos de barrancos, maleza y pantanos. Y en el de Gaye era imposible asentar una casa.

Su vida fue la de un ángel caído. Su padre era Dios, o eso pensaba él. Su papá era un reverendo hijo de perra para unos; para otros un pastor religioso, un predicador, el ministro de una de las tantas iglesias apostólicas de negros. La de él era de la rama más conservadora, la Casa de Dios, la que hermana la ortodoxia judía con el pentecostalismo, la que se alimenta del fanatismo, la que abomina de las celebraciones, la libertad y el arco ascendente en la comisura de los labios. Por eso era normal que moliera a palos a sus tres hijos, que la cogiera con Marvin, el del medio, el que fue bautizado con su propio nombre y quizás el más talentoso de la prole.

Propios y extraños comentan que el pichón de artista intentó hacer lo que quiso su viejo. Cantó en el coro de la iglesia y no dijo que no cuando el hombre de la casa le sugirió que pensara en el basquetbol como futuro. Pero las cosas que lleva uno adentro no se pueden burlar de tan mala manera. En cuanto pudo, el joven Marvin se enlistó en la aviación no para volar alto, sino para escapar, para subir al cielo y estar lejos de Dios, de ese Dios de piedra y garrote que distaba mucho del amor que profesan las sagradas escrituras. Poco le sirvió ver la luz. Por indisciplina, tonto eufemismo para referirse a los problemas psiquiátricos del ogro, fue dado de baja.

Es posible que esto minara esa tontería que nos duele tanto y que solemos llamar amor propio: primero su padre lo cuestionó, luego la fuerza militar lo rechazó. Pero si de algo había servido el coro y todos los compases religiosos fue para que el chico tuviera un oído musical. Gaye era pianista, baterista y otras tantas cosas más. Por eso le fue fácil entrar en grupos y hacerse querer.

Para ser sinceros, ésta es la etapa que menos me interesa. Se parece mucho a todas: el joven ninguneado que comenzó a darse cuenta de que vale, de que tiene un corazón de oro. El que cambió su verdadero apellido, Gay, por Gaye. También fue la época de la ascendencia. Marvin como baterista, pianista, arreglista o corista de Martha & The Vandellas, The Miracles o Stevie Wonder. En fin, el inicio de un músico de sesión que arranca con su sueño americano.

Cuando aparecen los demonios es cuando los personajes se hacen vistosos, cuando se rebelan en su justa majestad o miseria. Marvin Gaye comenzó a sentir lo equivocado que estaba su padre. A finales de los años 60 fue un ídolo y un hombre con poder dentro de una sociedad racista. El ogro había sido fichado por una gran discográfica, Motown, se había casado con la hermana del dueño (quien le sacaba 17 años de edad) y formaba parte de un dúo con Tammi Terrel que producía éxitos a mansalva (¿les suena Ain?t No Mountain High Enough y You?re All I Need to Get By?).

Todo estaba en su punto hasta que se topó con el primer bache en el camino: en una actuación en Virginia del verano de 1967, Terrell se le desmayó en los brazos a Gaye delante de todo el público. La mujer tenía un tumor cerebral que la fulminó al poco tiempo. Cuentan que el velatorio fue más penoso que trágico. La gran voz del soul se le acercaba al ataúd y le hablaba a la muerta en espera de unas respuestas que nunca iba a conseguir. Él mismo dijo en su momento: “Siento que, de alguna manera, he muerto con ella”. Para algunos aquí es donde sí comienza en serio el desequilibrio del personaje.

Marvin Gaye tomó una decisión digna de locos: se despidió de la música y se empeñó en ser jugador de los Detroit Lions del fútbol americano. La experiencia fue efímera, para fortuna de todos los melómanos. Pero yo creo que cuando eligió ese delirio fue porque le temía a Dios, porque sabía que llevaba rato contraviniendo sus designios e irrespetando la decencia que le reclamaron desde que nació en Washington el 2 de abril de 1939.

Pero todo personaje trágico sabe que no puede escapar a su destino, que sólo es cuestión de esperar el desenlace, la fatalidad, y que lo más sensato es hacer lo que le dictan los sentidos. Total, si la suerte está echada, ¿para qué tanto cuidarse? Gaye se volvió un alma libre y descontrolada, sin idea de mesura y con excesos de todo tipo. Decidió dejar a su mujer, casarse con una chica preadolescente y abandonar cualquier intento comercial por transformarlo en el Sinatra negro. Lo suyo para entonces era perfeccionar una música ideada para hacer bebés.

Es la época en donde todo lo que cantó se transformó en viagra. Lo de Marvin era hacer posible lo imposible. La versión de Yesterday de Los Beatles lo confirma: de tema cargado de añoranza se transformó en una cadencia de apareamiento humano. Pero también tenemos que ser francos: la de Gaye no era una vida para celebrar. Su nueva mujer lo dejó por su mejor amigo al año del casorio. El artista se amparó por largas excursiones en montañas nevadas de raros polvos, y también perpetró otros tantos de manera carnal con cuanta fémina se le atravesara. Fue la época de su paranoia, del perenne chaleco antibalas debajo del traje y también la del disco Here, my dear que casi le costó una demanda de su primera esposa, dizque por airear asuntos íntimos.

Pero no nos adelantemos tanto a los acontecimientos. Sí hubo infierno. Por eso me cuesta comprender que después de tanto averno, el ogro haya tenido la suficiente lucidez para crear algo nunca antes escuchado. Quizás, precisamente, por eso le salió así. El hombre necesitaba vomitar su inconformidad y lo hizo en acetato. El trato era claro: todo o nada. El ex cuñado, jefazo de la Motown, fue enfático: “No se hará un disco que hable de las drogas, de Vietnam, del medio ambiente, de la corrupción y de mil problemas del hombre moderno. ¿Quién coño va a comprar eso?”. Gaye replicó: “Entonces, no grabo nada”. En el tira y encoge apareció la canción What?s going on. El éxito fue inmediato, y esto hizo que se diera el brazo a torcer para que se hiciera el resto del álbum. El artista lo aprovechó y en 10 días culminó el disco homónimo con el control total de todo. La trascendencia vino sola.

Consciente de su papel en el mundo, el ahora tótem del soul soltó un elepé que goteaba libido por donde se agarrara: Let?s get it on. En esto estoy de acuerdo con la revista británica The Wire. Fueron los únicos en preferir este álbum sobre el anterior por una sencilla razón: “El sexo siempre es superior a la política”. El disco ha sido considerado como el de mayor contenido sexual del cantante, y quizás uno de los más elegantes que se hayan grabado sobre el tema. Y es cierto: Marvin comprendió que el amor de la Biblia ya estaba tomado, pero no así el de la calle y las sábanas. Éste necesitaba otro tipo de predicador, alguien que reflexionara sobre la santidad entre ambos valores con la experiencia que ya tenía. Y en esas estuvo, pontificando, catequizando todo tipo de empierne y erigiéndose junto con Barry White como los grandes causantes de la generación baby boom.

En esa era de humores, ósculos y frotaciones fue cuando al Papa lo dejó su mujer. También fue la de la locura mayor, la del millón de pornos que veía al día, las obsesiones sexuales, las pistolas en la sien, los cuchillos en los dientes, las sustancias y la sequía del alma. La de terminar contrato con la disquera, tener mil pendientes con Hacienda y mandar todo al carajo, pero en serio. Agamenón se fue a Hawai y vivió como un bohemio en una roulotte. Luego saltó a Bélgica, y en los puertos se inspiró para un regreso en forma. Superada la presión y harto de responderse preguntas sobre sí mismo, el mesías volvió después de su etapa de oscurantismo. El resultado: Midnight Love.

Otro infierno, otra obra vibrante. Así podía resumirse sus idas y venidas. Pero ya sabemos que los oráculos son caprichosos y son consustanciales a los personajes trágicos. Con Sexual Healing derritiendo las radios, Gaye sintió que debía refugiarse en una casa de Dios, tener una conversación con Zeus y ver si era posible negociar. De nada sirvió, el paraíso fue un infierno que lo empujó al suicidio y otras minucias. Y, como ironía de la vida, su alma tan llena de soul fue reclamada un día antes de cumplir sus 45 años.

La versión para los mortales fue sencilla (si esto puede ser sencillo para alguien): luego de una discusión con su padre, supuestamente sobre los detalles de su fiesta aniversario, la cosa terminó en puños y luego en unos disparos que le descargó quien le había dado la vida, con la misma pistola que cuatro meses antes pidió su hijo que le alejara de su vista. A la hora ya estaba muerto en Los Ángeles, mientras el reverendo ingresaba en la cárcel sin fianza. Después vinieron los interrogatorios, exámenes psiquiátricos al predicador, juicios y el divorcio. También llegó el sepelio del ídolo con cinco mil seguidores, con Marvin Pentz Gay, Jr. vestido con el traje de oficial de la marina de su última gira, mientras se escucharon las palabras y cantos de Stevie Wonder, Smokey Robinson y Dick Gregory.

Muchos años después, y poco antes de la muerte del pastor en un asilo de ancianos, un recluso le preguntó al filicida si en algún momento llegó a amar a su hijo. Quien fue líder del rebaño ni se inmutó al responder esta corta frase: “Digamos que no me disgustaba”.

Con el tiempo no sé si he llegado a comprender al personaje trágico que fue Gaye. Pero cada día me parece que cobra más sentido esa última presentación con la que arranca este perfil. También entendí lo que tanto me atraía sin saber de Sexual Healing.Ahora creo que sé por qué todo me pareció pecaminoso y, a la vez, tan indulgente. Y esto espero nunca explicárselo a un fanático religioso.

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