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Maradona de sombrero charro y mariachi

Nunca se está quieto. Acaba de llegar a México para dirigir a los Dorados de Sinaloa, un equipo de segunda división que sueña, manejado por el legendario jugador, con ascender. No será así de simple: el Pibe, asediado por sus propios fantasmas, no es hombre de echar raíces en ningún lado

Cristóbal Guerra – [email protected] – @camisetadiez

Para ser excéntrico, foco de las miradas del mundo y ganarse buena plata, hay que llamarse Diego Armando Maradona.

Para completar su ciclo universal hace unas semanas llegó a México, procedente de Bielorrusia (imagínese, ¡desde Bielorrusia!), para enseñarle a los muchachos del equipo Dorados de Sinaloa cómo es que se juega al fútbol y cómo es que se marcan los goles de las victorias.

La historia es exuberante y glamorosa si se mira desde un primer golpe de ojos. “Maradona en México, qué gran noticia”, dijeron algunos entusiastas en la tierra de Pancho Villa. Pensaron que el Pibe iba a inculcarles a los jugadores de aquel lado del país de aztecas y toltecas toda la picardía y, especialmente, cómo es que ganan partidos con la mano de Dios. Falta que les estaba haciendo, pues miembros de la segunda división naufragan en los últimos lugares y sin muchas esperanzas de subir a la categoría de honor.

Pero como todas las cosas de la vida tienen explicación (“Hay una razón escondida en cada gesto”, cantara Joan Manuel Serrat), Maradona no solo está ahí por su grandeza como jugador, por haber sido campeón del mundo y por toda esa leyenda que le acompaña como un halo de santo, según los argentinos. Está en Sinaloa respondiendo al entramado que gira alrededor de Jorge Hank Rhon, un señor que se balancea encima de la delgada frontera del bien y el mal, y que es dueño absoluto del equipo de la segunda división a través del grupo de nombre “Caliente”.

Hank, como Maradona, es amado y odiado. Dueño de múltiples negocios, principalmente de los casinos de la región, es monarca de la ley y de la pillería. Hacen el bien a la comunidad con ayudas a la gente necesitada, en el estilo más auténtico de Pablo Escobar, luego de birlar al resto de la gente con las bolitas y los cuadros negros y rojos de la tramposa ilusión. Además, y vaya dato, Sinaloa es considerado el estado de México bandera en el tráfico de drogas.

Entonces llega, como un ángel caído de quién sabe de qué cielo, Maradona. Con ganas de gustar, luego de ser recibido por una multitud de creyentes en el aeropuerto, dio una rueda de prensa en la que prometió crecer; tal fue el énfasis de Diego en la reunión con los medios de Sinaloa, que solo le faltó decir, como en el Mundial cuando la selección albiceleste perdía con Francia, que había que ponerle “guevos” al equipo que desde ese día dirige. Poco después fue a la cancha a verse con los jugadores, y acompasando los aplausos rítmicos del público que lo fue a ver, dio la primera demostración de su exhibicionismo. Solo le faltó ponerse el sombre de charro y que la música saliera desde las guitarras y contrabajos de un mariachi.

Dirigió en Argentina y en Emiratos Árabes Unidos, y aparece en México luego de ser nombrado presidente honorario del Dinamo Brest de Bielorrusia. Ahí ha llegado colgado del contrato que le reporta 150 mil dólares cada mes, para convertirse en el segundo entrenador mejor pagado del país.

En Sinaloa viven asidos a la memoria del título de la Copa Mexicana alcanzado en 2012, y de Jared Borgetti, su goleador insigne. Ahora se aglomeran en su estadio, el Banorte, 23 mil almas esperanzadas que ven en Maradona su redentor, pero los pesimistas no creen en el pequeño y ahora regordete antiguo crack. Y están seguro de que, cuando menos se piense, el hombre recogerá su gorra, su camiseta con margas cortas y su vocación errante, para dejar a Dorados con el anzuelo clavado en la garganta y los sueños de la primera división en entredicho.

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