lunes , enero 17 2022

Mar de fuegos

Cuando Prometeo robó el fuego a Efesto y Atenea para iluminar al ser humano, éste incorporó la imaginación al mundo de la realidad. Nuestro breve lapso vital se reparte entre el mundo real -entorno social tangible de actividades cotidianas- y el mundo de lo imaginario, espacio íntimo de naturaleza psíquica en el que todo es posible. Ambos se nutren de un tercero: el de la esperanza, legado de la curiosa Pandora. Esta triada multiplicó los mundos y ahora hay tantos como personas.

Aguas ardientes

Cuenta Galeano que alguien trepó hasta lo alto, contempló la vida humana y vio que era un océano en llamas. “El mundo es eso: un montón de gente, un mar de fueguitos”. Cada persona brilla con luz propia. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes, fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento; gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear. Y quien se acerca, se enciende.

El arte de quemar

Podemos fantasear con suponernos ígneos sólo en la medida que sepamos amar creativamente; es decir, parafraseando a Sartre, “arder en-sí y con-los otros”, incendio que involucra desde una pareja, hasta la sociedad entera. Ello no abunda en la cultura social de hoy, la cual hipertrofia el consumismo, la belleza hueca y el temor u odio hacia los demás. Quien pretenda crear mundos interiores, deberá abdicar de la omnipotencia narcisista que se basta a sí misma y reconocer que es también parte de “los otros”.

Durante milenios, la evolución humana decantó y estableció modelos económicos, políticos, culturales y sociales, reglamentados jurídicamente sobre escenarios reedificados. Así emerge la contradicción entre la libertad individual y las normas de una sociedad que tiende a circunscribirla.

Insoportable hibernación

Además del límite exterior, el ser humano tiene miedo de su libertad interior que -al igual que su deseo- es vivida como peligrosa. Apercibe como amenazadora la mirada de “los-otros”, en tanto éstos no sean previsibles: pueden penetrar mi mundo, quitarme corazas y máscaras. La libertad es temible porque permite asomarse a la incógnita del íntimo deseo, pero más insoportable aún es toparse con el deseo del otro.

Si nunca hay conflicto en la relación con nosotros mismos y con los otros, significa que no somos libres. La libertad existencial es creación, debate y espasmo del ser. Implica incertidumbre y ansiedad ante la opción de “elegir” en la bifurcación de senderos. “-¿Cuál camino debo tomar?”, le preguntó Alicia al Gato. “-¿Sabes adónde quieres ir?” “-No”. “-Entonces no importa el que escojas”.

El cambio estriba en asumir la angustia de caminar en pos de mundos y fuegos, eludiendo la cosificada paz de “lo habitual”, la comodidad de “lo conocido”, la tranquilidad del “ser inmóvil” presocrático, el cual -por hibernar- no conoció el dolor ni la vida.

”Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, quien repite trayectos…”

Sin paredes

Sugiere Tao te King: “Traza sólo puertas y ventanas para hacer tu habitación. Todo lo demás es tu espacio imaginativo”. Es decir, la posibilidad de renacer en otros mundos de fuego -despedidas y reencuentros mediante- bajo el nerudiano palio del eterno retorno.

“Muere lentamente quien no inventa amores, quien no le habla a quien no conoce y no se atreve a cambiar los colores del fuego ni a descubrir el aroma de un beso clandestino…”

Para ver la nota original en la revista haga click.

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