sábado , febrero 23 2019
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Los rusos se toman selfies

Durante los partidos de la Copa de las Confederaciones los vimos en las tribunas: festivos, sin hacer mucho caso al fútbol que tenían enfrente, más pendientes de mostrarle al mundo su occidentalización que el interés por Cristiano Ronaldo, Alexis Sánchez, Julián Draxler y su propia selección

Cristóbal Guerra – [email protected] – @camisetadiez

Hasta 1989, año en el que comenzó el desmoronamiento del imperio soviético por culpa de la glasnot y la perestroika, hubiera sido impensado, de existir tan atrevido invento, que los rusos se dedicaran en medio de un partido de fútbol a tomarse fotos con la magia de la selfie.

Aquellos tipos tan serios, de rostros tan severos que daban miedo, y aquellas mujeres de pelos cortos y con aspecto militar, no se hubieran permitido el relajito de, en grupos de tres o cuatro, desgajando sonrisas a todo rostro, echarse una fotico para luego reírse de la gracia de aquel “revelado” instantáneo. La Unión Soviética estaba por encima de esas banalidades propiciadas por Estados Unidos, el odiado enemigo.

Pero como los tiempos han cambiado, y con ellos la vida misma, los rusos parece que quieren rescatar todo lo perdido. Los vimos hace unos días en los estadios de San Petersburgo, Moscú, Sochi y Kazán, en medio de los partidos de la Copa de las Confederaciones, muy festivos, sin pararle demasiado a las jugadas de Cristiano Ronaldo, Alexis Sánchez y Julián Draxler, ni tampoco al fracaso de la selección de su país, bebiendo cerveza y jugueteando con las modernísimas cámaras fotográficas. Claro que a esto se opusieron la xenofobia y el racismo, aún muy vivos en la sociedad rusa, pero la magnificencia de los escenarios y las transmisiones de televisión acallaron aquellas voces intransigentes y sectarias.

La transformación de aquellas actitudes rectilíneas en bochinches tiene que ver con la nueva era. También se ha visto tímidamente en Cuba, y ni qué decir en China, donde por estos días el valor más elevado de la sociedad es el dinero: mientras más se tiene, más respetado se es. Pasear por una avenida céntrica de Shanghai o Pekín equivale a andarse de parranda por la Quinta Avenida de Nueva York: el socialismo cada día se parece más al capitalismo. Solo falta Corea del Norte por caer al embrujo de las tentaciones burguesas, pero quién sabe; un buen día de estos podríamos ver escenas de coreanos bailando salsa en una calle de Pionyang.

Pero en Rusia parece que se les ha pasado la mano. La occidentalización es desbocada, y no hay sino que mirar la belleza infinita de sus muchachas, tan diferentes a las “generalas” de otra época; ejemplo vivo de esto son sus tenistas, María Sharapova and company. En los partidos de la Confederaciones la gente no puso mucha atención, porque el torneo era preferentemente una exquisita manera de mostrarse al mundo como lo que ahora son.

Aunque están orgullosos de sus ancestros, de ese pasado luminoso, de sus grandes escritores, de sus monumentos milenarios, de la resistencia heroica de San Petersburgo ante el asedio nazi en la II Guerra Mundial, de la Plaza Roja y del Kremlin, hoy parece que de lo que están igualmente orgullosos es de parecerse a occidente, a las costumbres que por siete décadas, era del comunismo, rechazaron a todo evento.

Ahora vendrá el Mundial Rusia 2018, y la oportunidad será estupenda para seguir valorando los “progresos” de la sociedad rusa. Chicas hermosas, minifaldas atrevidas en pleno verano, cerveza y vodka a raudales en los bares y estadios, y cómo no, selfies en cada esquina.

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