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Los nuevos nómadas

La historia, como la vida, a veces simula repetir espacios comunes. Muchos hombres actuales se parecen más de lo que creen a nuestros primitivos antepasados

Por Lucas Monsalve – Historiador

Hace muchos años atrás, más de 10.000, los humanos que habitaban el planeta vivieron en un mundo sin fronteras, sin ciudades ni poblados estables; ni grandes ni pequeños, eran nómadas. Deambulaban de un territorio a otro como forma de subsistencia. Su andar viajero fue su estilo de vida.

Aún no sabían sembrar ni domesticar, se alimentaban de los frutos recolectados en la naturaleza y de los animales salvajes cazados con astucia y valentía. Vivían en cuevas o sencillas chozas que construían y abandonaban en consecuencia. Tenían muy poco o casi ningún apego material.

Migraban no por gusto, sino por necesidad. Al ser únicamente depredadores una vez agotados los recursos naturales de su entorno, tenían que explorar y trasladarse a nuevos territorios donde su subsistencia estuviese garantizada. Muchas veces iban detrás de las grandes manadas de mamíferos que les solían servir de alimento o huyendo del duro clima invernal. Buscaban principalmente comida, confort y seguridad.

No viajaban solos, siempre iban en tribus o clanes. Tampoco pasaban el día caminando de un sitio a otro, simplemente se establecían en un espacio durante el período necesario que podía ser de meses, años o décadas, hasta que fuese preciso volver a migrar. Normalmente no se nacía en el mismo lugar de los padres, ni se moría en el sitio donde se había nacido. Solían incinerar a sus muertos para no abandonar el cuerpo de sus antepasados.

Una evolución de no menos de 7.000 años produjo los primeros asentamientos urbanos y el fin de la era nómada. Desde la llamada revolución neolítica, el hombre dominó la agricultura y ganadería e hizo innecesario su traslado, lo cual dio inicio a una serie de importantes transformaciones culturales, económicas y de organización social que antecedieron al nacimiento de las primeras civilizaciones.

A pesar de que esto no acabó definitivamente con el hombre nómada, el general apego a la tierra que daba de comer y la conformación paulatina de una conciencia de identidad civil colectiva y regional convirtieron al nomadismo en una costumbre innecesaria e incivilizada.

De los primitivos a los errantes civilizados

En nuestros días, aunque usted no lo crea, la vida nómada al estilo de la prehistoria no está extinta. Siempre recuerdo que cuando me explicaron este tema, en una moderna universidad europea, no me fue difícil imaginar a estos arcaicos hombres, pues en mi adolescencia había conocido a los pueblos indígenas yanomamis del Amazonas. Ellos cada cierto tiempo desplazan su shabono (vivienda comunitaria) a un nuevo lugar de la selva, debido a que aún subsisten exclusivamente de la pesca, caza y recolección.

Entiendo que igual sigue pasando con los pueblos esquimales del Polo Norte y con las tribus beduinas de los desiertos arábicos. A pesar de que cada uno de ellos está en ambientes naturales completamente distintos (selvas, glaciares y desiertos), sus territorios representan los lugares más inhóspitos del planeta, donde la práctica de la agricultura y la ganadería es casi nula.

En pleno siglo XXI, estos pueblos aún son nómadas primitivos. Conocerlos es trasladarse a un impresionante viaje en el tiempo, mucho antes de cualquier civilización. Por tanto, no son ellos los “nuevos nómadas” a los cuales quiero referirme.

Los nuevos nómadas de los que les hablo, contrario a los primitivos, no son hombres “incivilizados”, sino quizás los más civilizados de todos. Han asumido en vanguardia las importantes y novísimas transformaciones sociales, venidas con los procesos de globalización e hipertecnología de los últimos cincuenta años y su hábitat no tiene más límite que el terrestre.

Dicen ser “ciudadanos del mundo”, con lo cual, como los primitivos, no tienen apego a ningún lugar en especial. Nacieron al sur de México, en el norte de Europa o en la costa Este de Estados Unidos, pero viven en Madrid, Tokio, New York, Taipei o Sidney. A diferencia de los originarios, su medio natural son las grandes ciudades, aunque en el fondo no pertenezcan a ninguna de ellas. Suelen vivir en apartamentos alquilados o compartidos. Han tenido tres, cuatro o cinco hogares distintos, siempre tendrán alguna maleta sin deshacer, una caja que nunca vaciarán por completo.

Al igual que los primitivos, son depredadores por naturaleza. Migraron principalmente por necesidad, buscando oportunidades, y estarán en el sitio que les ofrezca las mejores garantías de subsistencia. Lo abandonarán sin reparo tan pronto éste deje de hacerlo o consigan uno mejor en meses, años o décadas. Como sus antecesores, son astutos y valientes. Su vida es una constante búsqueda de tres cosas: dinero, confort y tranquilidad.

Guardan una gran diferencia con los prehistóricos. No viajan en tribus o clanes sino solos, cuando mucho en pareja. Por ello, les es imposible no añorar a la familia, que quizás por aquel instinto primitivo quisieran poder llevarla consigo. Ya no se desplazan a pie o en caballo, sino en avión, y la distancia que los separan del resto de su “tribu” suele ser muy grande. Muchas veces aspiran regresar al lugar donde nacieron, pero la mayoría piensa que perecerá lejos de casa, razón por lo cual suelen preferir ser cremados al morir.

No estoy hablando de asiduos viajeros, ni de los comunes turistas de hoy en día, pues estos en tal caso son más afines a los peregrinos medievales o a los grandes exploradores del siglo XV o XIX. Los nómadas actuales son un fenómeno global más complejo. Aún son minoría, pero es posible que sean el despunte de una nueva era y que, como sus predecesores, quizás deban evolucionar por muchos siglos frente a una sociedad de cultura sedentaria.

Los nuevos nómadas son altos ejecutivos, científicos de transnacionales, estudiantes universitarios, hippies urbanos; pero también son campesinos sin tierras, desplazados de guerras, cazadores de sueños.

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