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Los nombres de la rosa

Bernardo Morliacense. Siglo XII.

Hay rosas y rosas. Algunas -mutiladas y sin aroma- se apelmazan dentro de cajas plásticas refrigeradas en consumistas días “maternizados” o “sanvalentineros”. Hoy, en cambio, intentaremos “sentir” otras tres rosas: la de Umberto Eco, la paracélsica y la del Principito.

El nombre de la rosa

Policial y teológica finge ser la novela de Eco. Su título (dícese que tomado de la cita del epígrafe), alude a la seducción de una campesina adolescente por el monje Adso de Melk, quien habrá de continuar su periplo de Sherlok Holmes medieval ignorando que su dulce compañera -rosa anónima- había sido quemada en la hoguera, acusada de bruja incursa en satánicas copulaciones.

La rosa según Borges

En su taller alquímico, Paracelso pedía a su dios -a cualquier dios- que le enviara un discípulo. La noche había borrado los polvorientos alambiques cuando golpearon la puerta. El maestro y el joven se miraron. “Quiero conocer el Arte que conduce a la Piedra”, dijo este último.

Paracelso habló: la Piedra es el Camino. Cada paso es la meta. “Quiero una prueba”, ripostó el recién llegado, quien sacó una rosa de su abrigo. “Dicen que puedes quemarla y hacerla resurgir, quiero ser testigo del prodigio”. Y la arrojó a la estufa, donde se hizo cenizas. El maestro dijo: “Nadie puede destruir una rosa”. Johannes Grisebach, futuro emperador de Germania, aguardó en vano la resurrección. Se despidió del falso Maestro y regresó al invierno. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso, antes de apagar la lámpara y sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en su mano y dijo una palabra. La rosa resurgió.

La víbora y El Principito

El 31 de julio de 1944, el avión piloteado por el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry desapareció misteriosamente sobre el Mediterráneo. Diez años antes, había aterrizado en el desierto del Sáhara, donde sufrió alucinaciones por deshidratación. De ese accidente nació una obra sobre la sabiduría de los niños y la estupidez de los adultos: El Principito, venido de un diminuto planeta con tres volcanes y una rosa amenazada por un cordero y varios baobabs. Él apeló a que sólo se ve bien con el corazón, ya que lo esencial es invisible a los ojos. Para él, su rosa era única, pues era responsable de ella por haberla cuidado.

Tras domesticar a un zorro y reírse del banquero que contaba estrellas, el Principito regresó al cosmos gracias a una serpiente, benévolo animal mitológico (junto al unicornio, el dragón, el ave fénix y la tortuga). En 2008, un anciano piloto alemán, lector de Saint-Exupéry, reveló que había sido él quien había derribado el Ligthning 38 del autor de El Principito.

¿Quién fue la rosa de El Principito?

Consuelo. Consuelo Suncín de Saint-Exupery, la “rosa de la diáspora”, fue la millonaria salvadoreña-francesa casada con él en terceras nupcias, después de que Antoine se le declaró mientras la paseaba en su avión sobre Buenos Aires, el cual apagó para obligarla a besarlo. Ella se negó. Él reencendió el aparato. Luego, fueron turbulentos esposos.

Tras la muerte de Antoine, ella, “la Sherezada de América” dado el embrujo de su conversación, fue amante de Gabriel D?Annunzio y de José Vasconcelos en París. Murió en 1979. En el año 2000 se editó su libro póstumo Memorias de la rosa, donde no deja bien parado a Antoine y a ella misma en cuanto a infidelidades, pero revela que los volcanes del planeta de El Principito son el Santa Ana, Izalco y Cerro Verde de su hacienda cafetalera de El Salvador, al igual que los baobabs representan las ceibas cercanas. El Conde Saint-Exupéry lamentó haberle dedicado El Principito a León Werth en lugar de Consuelo, tal como lo había hecho con Terre des Hommes, en 1939, con un delicioso epígrafe:

“Recuerdo los ojos de Consuelo otra vez; nunca veré cualquier cosa más, aparte de los ojos de mi esposa. Ellos preguntan…”.

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