lunes , enero 17 2022

Las salvajadas de McQueen

Hasta el 2 de agosto el V&A Museum alberga la muestra Savage Beauty, epítome de las tribulaciones creativas en clave fashion de Alexander McQueen

Por Roberto Colmenares

Hasta donde nuestra memoria alcanza —y esto no es garantía de exhaustividad—, no recordamos ningún otro creativo dedicado a la moda que haya legado tantas piezas de arte a la humanidad. Y nos referimos a un sino museístico originario y sombrío, como si el tránsito de sus creaciones por las pasarelas no haya sido más que el trámite para coronar en los salones del Museo Metropolitano en Nueva York, o en el Victoria&Albert en Londres, donde naciera Lee Alexander McQueen harían hoy 46 años. Y él, el artífice, subido ulteriormente a la nebulosa de los artistas suicidas.

Antaño los artistas que hacían “arte” se mutilaban una oreja o se rajaban las muñecas. Mucho después, con la producción artística atomizada, preludio de esa cierta banalización de las artes, acudimos al suicidio cuasi colectivo cometido por célebres y famosos también reconocidos como artistas; y para acentuar el fenómeno, llegó la posmodernidad. Es como un viaje inverso, quizá retribución o reclamo: hoy los cultores de la plástica apenas se ensucian porque se cotizan en el mercado de valores, mientras los modistos se autoagreden hasta el exterminio. Aunque algunos hacen de cenizas corazón, como Galliano. Pero no fue el caso de McQueen.

Sus (in)felices salvajadas acabaron por entronizarlo en lo creativo, y enterrarlo como humano. Claro, no falta quien esgrima razones para redimirlo: sexto en la prole de un taxista y una docente devenida ama de casa, de niño sufrió estrecheces y abusos. De adolescente mofletudo habría aceptado ser homosexual sin ambages —“salí del vientre de mi madre directo al desfile del orgullo gay”, declaró—. Y de siempre convivió con la muerte como idea y circunstancia. “Jack el destripador acecha a sus víctimas” fue el nombre de su primer desfile, al que asistiera la editora y trendsetter Isabella Blow, quien arrobada quiso para sí toda la colección, convirtiéndose en su mecenas y promotora. Lo cierto es que la excéntrica Isabella acabó suicidándose unos tres años antes de que muriera Joyce McQueen, la entrañable madre. A los días, Lee Alexander, con el ánimo destripado, tomó un cinturón de cuero y se colgó del clóset de su cuarto.

Misógino, irascible, drogadicto duro y seropositivo. Pero también hipercreativo, millonario, amante de los perros —a los suyos dejó entre sus buchones herederos— y los pájaros. En fin, alguien capaz de generar “belleza salvaje” sobreponiéndose a los quebraderos del cuerpo y el alma. Al primero lo restañaba con tatuajes; a la segunda le ahuyentaba los fantasmas obcecado en sus creaciones.

Consultados sobre algún aporte de McQueen a los guardarropas actuales, los del corro de las tendencias de seguro se devanarían los sesos tratando de puntualizar. Quienes esto escribimos recordamos los pantalones y faldas inguinales que sin rubor también revelaban la unión de los glúteos, para desviarnos luego como la mayoría y regodearnos en sus obras de arte presentadas con desfiles de tan macabra como sublime teatralidad. Él sabía muy bien cómo hacerlo: rompía las reglas porque decía conocerlas, pero observando siempre la tradición. A todas estas nos asalta una duda: ¿habría vestido McQueen a Kate Middleton tal como lo hiciera Sarah Burton —heredera creativa en su firma— el día de su boda con Guillermo de Inglaterra? Solo él lo sabe. Lo que sí ha de satisfacer al hooligan de la moda británica es la exhibición que hasta el domingo 2 de agosto le dispensa el V&A Museum de Londres, el lugar donde a McQueen le hubiese gustado quedarse atrapado en la oscuridad de la noche.

* Imágenes cortesía del V&A Museum. La muestra Savage Beauty es posible gracias a la colaboración de Swarovski, American Express, M?A?C Cosmetics y Samsung. * El retrato de McQueen fue realizado por Marc Hom en 1997.

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