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Las fechas patrias y las barajitas, ¡amén!

Cierta vez, un amigo de vieja data nos decía, a manera de inventario, que los grandes momentos de su vida estaban marcados por fechas relacionadas con el fútbol.

Y rememoraba: “Mi nacimiento y mi bautizo fueron en medio de la segunda Guerra Mundial, y por lo tanto no había cosas importantes en el fútbol. Mi primera comunión sí, porque coincidió con el Mundial de Brasil, en el 50”. Por ahí comenzó su recuento, su diario de existencia, su vida vista desde la óptica futbolera.

Continuó: “Mi primera novia seria la tuve cuando el Mundial de Suecia, en el 58, y mi matrimonio fue en 62, cuando el Mundial de Chile. Después, en el 70, mi primer hijo nació el mismo día cuando se inauguraba el de México, y me divorcié en los tiempos cuando se jugaba el de Argentina, en el 78. Finalmente, escogí para volverme a casar los tiempos del de México 86, y allá fui a tener para la luna de miel”.

Este recuerdo lo hemos traído después de ver a los niños y jóvenes coleccionando y cambiando con delirio las barajitas de la Eurocopa. En cualquier esquina, en colegios, escuelas de fútbol, en grupos de amigos, se les ha visto empecinados en esa fiebre tan particular, principalmente curiosa porque Venezuela no tiene arte ni parte en el torneo.

Pero la televisión “tiene la culpa”. Ha llevado por el mundo a competencias que hasta hace algunos años interesaban a muy poca gente; las multitudes ahora han sido contagiadas por ese “virus” televisivo que ha hecho que a todos nos importe todo. ¿Qué tiene que ver un muchacho de Catia, o de Guarenas, Higuerote, Los Teques, La Lagunita o El Paraíso, con la Euro?

Las barajitas nos han tocado el botón del pasado. Como el amigo recordado, quien escribe tiene buena parte de su vida encerrada en sus paqueticos. Todo comenzó en la amada infancia, en los días cuando el fútbol no existía en nosotros, con los cromos de las grandes ligas. Aquellas caras nos eran familiares, nos llevaban a amistades íntimas con los jugadores de la época: Willie Mays, Mickey Mantle, Yogi Berra, Warren Sphan. Luego aparecieron Roberto Clemente y Luis Aparicio, después David Concepción y Víctor Davalillo. Todos ellos animaban las tardes festivas en las esquinas del barrio.

Las primeras, de la marca Topps, venían acompañadas por un chicle, pero la comercialización, las vueltas de la economía, hicieron que las sabrosas gomas de mascar desaparecieran. Muchas veces nos hemos preguntado si comprábamos los paqueticos por las barajitas o la golosina que venía con ellas.

Tenemos la certeza de que los cartoncitos siempre han estado ahí, a la vera de lo hermoso de las ilusiones. Vendrían después los de fútbol, cuando ya nos contentábamos con apenas mirar a los carajitos llenar los álbumes. Realmente, año a año, torneo a torneo, las fotos son tan lindas…

Pasó el tiempo y las barajitas dejaron de ser nuestras. Habían marcado nuestros años juveniles, pero llegaban otras obligaciones, y ¡vaya fastidio!, no había lugar para las barajitas; benditas y entrañables barajitas nuestras de cada día. Apareció la universidad, el trabajo, el deber, las lecturas. Los cromos, pues, ya eran solo un recuerdo remoto, perdidos entre la neblina de lo añorado.

Las exactitudes temporales del amigo son admirables y tal vez no tengamos esa exactitud, pero sí sabemos del valor humano de las barajitas, cómo marcan las vidas de la gente. Ahora vemos el afán por llenar los álbumes, los adolescentes dejando la plata de la mesada semanal en los kioskos, los intercambios, y, sobre todo, los sueños de los párvulos, que no sospechan que la magia que emerge desde el interior de los paqueticos será la marca de las fechas patrias de sus vidas.

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