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Laberinto de espejos

“Yo que sentí el horror de los espejos no sólo ante el cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos…”. Jorge Luis Borges

El catorce de junio de mil novecientos ochenta y seis, amaneció de golpe y oscuro: Jorge Luis Borges había entrado a la eternidad que tanto detestara en vida. Pero no a una inmortalidad de paradisíacas arpas (en la cual, como agnóstico no creía -a fuer de importarle un comino-), sino a la otra, terrenal, la de su fama literaria prolongada en la memoria de los demás; aunque siempre sospechó de la fragilidad de los recuerdos, en un mundo cada vez más mediocre y acelerado. “Somos nuestra memoria, somos ese montón de espejos rotos”, escribió el hombre de pupilas apagadas que nunca se jactó de las obras que había escrito, sino de las que había leído.

Lecturas

Esto me recuerda -el olvido está lleno de memoria- el día en que cumplí cuatro años y me regalaron “Don Quixote de la Mancha”, edición para niños de Xavier Xalambrí. Antes de finalizar el invierno montevideano, que si algo tiene -además de escarcha- es paciencia, me había convertido al quijotismo.

Tres años después, caminando con mi padre y Borges hacia la casa de la poeta Juana de Ibarbourou, éste se detuvo y mirando (la ceguera no lo asediaba aún) el entorno a escala humana dijo: “Montevideo es la Buenos Aires que perdimos; huele a jazmines y a ropa tendida al sol…”. Dejó en casa un ejemplar de “Historia universal de la infamia”, que leí a hurtadillas. Mi imaginación quedó prendada de un cuento: “El espejo de tinta” y me hice acólito del borgeanismo. En cambio, jamás pude deglutir a Carroll con su Alicia y sombrerero loco.

Dos azogues

En el siglo XVIII Carroll ejercía su oficio de Reverendo religioso y su paidofilia. Del primero afortunadamente nada se conserva. De la segunda afición hay fotos de niñas sin vestimenta, cartas comprometedoras y el ¿candoroso? libro de Alicia en tierra de maravillas, al cual Disney convertiría en torpe película de dibujos animados. ¡Ah! y una saga traducida telegráficamente como ‘Alicia a través del espejo?.

Para Borges y Carroll, el espejo tiene significantes. Alice Liddel (el verdadero nombre de la niña), atraviesa el cristal para hurgar en un mundo confuso y ajeno ¿representación del ‘ello? del propio Charles Dodgson, alias Lewis Carroll? En tal caso, para el inglés, el espejo sería una simple herramienta que permite ingresar al ‘lado oscuro? de la personalidad. Pero, para Borges, el azogue es más, mucho más que un instrumento para sumergirse en la fantasía.

El eterno retorno

El espejo borgeano es un reflejo del yo y no el reproductor de una ilusoria figura. En su espejo, al igual que en su laberinto, subyace la esencia del ‘sí-mismo?, del ‘ser?, una alegoría del proceso de ‘individuación? de Jung y sus arquetipos. En ‘El forastero? emerge la metáfora como verdadera realidad: “Se afeitará después ante un espejo/ que no volverá a reflejarlo/ y le parecerá que ese rostro/ es más inescrutable y más firme/ que el alma que lo habita/ y que a lo largo de los años lo labra”.

Espejos y laberintos son inmateriales e infinitos. El laberinto chino, el del jardín de los senderos que se bifurcan -que permite poseer más de un futuro- son bisagras metafísicas para abrir la puerta leibniziana de los mundos posibles, ofreciendo un inagotable flujo de clepsidras que enriquecen o agobian la vida humana.

También está el azogado laberinto judío, en las terribles y sagradas letras del ‘Tetragrámmaton? y con el que Red Scharlach da muerte al astuto detective Lönnroth, no sin antes prometerle ‘para otra vez? (para otro futuro), un laberinto mucho más sencillo -el griego- que consta de una sola e infinita línea recta: Aquiles y la tortuga compitiendo sin final. En Borges, los laberintos y espejos (abominables como la cópula, porque multiplican a los seres humanos), son eternos. Eternidad en la que no tiene cabida ansia alguna de vanidosa inmortalidad individual.

Descubrimiento

Tal es el caso de Edipo, que al ver a La Esfinge, comprende que ésta es un espejo de él mismo: Con la tarde un hombre vino/ que descifró aterrado, en el espejo/ de la monstruosa imagen, el reflejo/ de su declinación y su destino.

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