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La palabra puede curar

La palabra oral es milagrosa; una palabra escrita está muda, la lectura le presta voz. José Saramago

Las palabras nos construyeron cuando aún reinaba la confusión de lo innombrado, pues nada escapa a la mirada que percibe una imagen o a la palabra que la nombra. “Soy el único espectador de esta calle; si dejase de verla o nombrarla desaparecería”, Borges dixit.

El pecado original es el nacimiento de la palabra, a través del hiato generado por la ruptura con nuestros ancestros homínidos, tomando distancia del mero instinto, celo reproductivo, masticación, glifo en piedra o alarido. Conquistado el fuego, la deglución se hizo gastronomía, el sexo erotismo, el petroglifo arte y el gruñido palabra.

¿Curación o sanación?

Siempre se ha hablado más del temor que del placer, pero la época actual lo amplifica, a la par que el consumismo rinde culto a los antivalores materialistas. En tal encrucijada, la Medicina que se alejó de Cos al olvidar su esencia -ser preventiva antes que curativa o estética- vuelve por sus fueros y reclama, además de píldoras y siliconas, solidaridad y sentido común. La historia enseña que cuando en un extremo del mundo nacía Gengis Khan para exterminar pueblos, en el otro lo hacía Francisco de Asís para salvar al Hermano Lobo; que cuando se levantaron los muros lúgubres de I Piombi, Tiziano pintó Venecia; que cuando Savonarola prendió hogueras religiosas en Florencia, Miguel Ángel esculpió La Pietá.

Cosas de Salus

Los héroes homéricos curaron su melancolía conversando. Poetas, artistas, cocineros y compositores saben que las palabras, colores, aromas y sonidos, son capaces de curar. Thomas Mann escribió La montaña mágica en un hotel de Davos, al cual acudió en busca de salud. Como médico que era, sostuvo que ella, antes que precepto farmacológico o quirúrgico, es pacto entre hombre y naturaleza.

En ese hotel tuvo Mann una cita con la sanación a través del placer. Un galeno sin bata le auscultó en su habitación, en tanto la mirada del huésped -que no paciente- salía por la ventana rumbo a las cumbres nevadas. Tal herencia, griega y árabe, de salutífero optimismo perduró en balnearios europeos: los jardines de Baden Baden pletóricos de fuentes, o las termas alquímicas de Aquisgrán. Quizá no eran -stricto sensu- santuarios médicos, pero lo fueron de la vida, de la mesa y del amor. Tao Te Kin sugiere trazar sólo puerta y ventana para hacer una habitación. Lo demás es espacio imaginativo, la posibilidad de renacer en otros mundos, que aunque existen están en éste. La memoria colectiva se reconoce bajo el palio del eterno retorno junguiano.

Compañeros: cumpanis

Los enfermos, náufragos exhaustos de clínicas tan mercantiles cuanto impersonales, se convirtieron allí en seres saludables con nombre propio, capaces de inaugurar eróticos apetitos: comer bien y amar mejor. Por la mañana dejan la habitación, donde no queda un gélido túmulo de terapia intensiva, sino un lecho caliente por el encuentro primordial. Luego se sumergen en aguas termales, único momento en el que rinden concesión a reuma o vejez. Después, sus sentidos retoñan para compartir pan, vino y lectura con los demás. Herencia de la Medicina que supo escuchar al paciente; la que Avicena enseñó en Bagdad, Maimónides en Córdoba y Asclepio de Cos e Hipócrates junto al mar Egeo.

Neruda aún no llegaba

En Grecia nacieron la tragedia y la comedia: unión de opuestos sobre anfiteatros que espolean la catarsis. Habladores, oyentes, actores, pitias y bailarinas de Epidauro y Delfos, hicieron del teatro una terapia para exorcizar egoísmos. Y una oracular Poética, de la cual bebería un hombre de Temuco:

…salud amor, salud por todo lo que cae y lo que florece. Salud por ayer y por hoy, por anteayer y mañana. Salud por la noche y el día y las cuatro estaciones del alma. Revive la Experiencia del Impreso On-line

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