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La importancia de jugar

Dar rienda suelta a la creatividad y la imaginación es el pasatiempo favorito de cualquier niño. Éstos son algunos de sus beneficios

Por Magaly Rodríguez

Bien lo intuyen los papás: la primera utilidad del juego es la exploración. Es así como los niños se familiarizan con su propio cuerpo y con su entorno. En un bebé que aprende a entender el mundo, las actividades lúdicas involucran el uso de los sentidos y el desarrollo de la conciencia de sí mismos. Es jugando como comienzan a identificar la relación causa-efecto y a perfeccionar su fuerza física, equilibrio, coordinación y fluidez de movimientos. Según Tina Bruce, autora del libro Aprender jugando, el mundo lúdico es una manera natural de manifestar sus emociones y de canalizar su energía.

En la edad preescolar, acciones sencillas como lanzarse por un tobogán, columpiarse o bailar con aros ayudan a que el niño mejore progresivamente su percepción del espacio y sus capacidades motoras: actividades como armar estructuras, modelar pequeñas esculturas, rayar, pintar, apilar, lanzar y recoger objetos o vestir muñecas los enseñan a usar sus manos de manera eficiente, mientras que acciones como brincar, trepar o bailar les permite interactuar asertivamente con el ambiente que les rodea.

Solos y acompañados

A través del juego en compañía, los niños aprenden a desarrollar destrezas sociales, pues además de inventar reglas, deben aprender a atenerse a las normas previas para que esa actividad se desarrolle en armonía. Así construyen su auto-disciplina y se familiarizan también con los valores de compartir, adaptarse al ritmo de un grupo y trabajar en equipo. También los enseña a controlar sanamente sus impulsos y esperar su turno. Según la Academia Americana de Pediatría, jugar con los padres y los hermanos estrecha los vínculos de confianza y complicidad en la familia.

Cuando el juego implica competencia, el niño gradualmente asimila los conceptos de ganar, perder y participar. Al ganar, fortalece su autoestima y aprende a apreciar el valor de su propio esfuerzo; al perder, descubre que no todo saldrá siempre como él espera. Por otra parte, los juegos de disfraces y dramatización de tareas cotidianas —como jugar a la casita o al doctor— les permiten familiarizarse con los diferentes roles que podrán asumir en el futuro. Imitar a los adultos en sus vestuarios y oficios es una modalidad de juego que los hace sentir atrevidos e importantes.

Sin embargo, el juego no siempre debe ser estructurado, ni hacerse necesariamente en compañía. Cuando el niño juega solo, crea sus propios cuentos o se inventa sus propios entretenimientos, aprovecha su creatividad, estimula su imaginación y aprende también a sentirse cómodo consigo mismo.

Ocio necesario

En una época en la que las actividades educativas y extracurriculares abundan, los expertos en psicología infantil recalcan que es fundamental dejar tiempo libre para el juego. Lejos de verlo como una pérdida de tiempo, es así como los niños aprenden y practican una parte trascendental de sus destrezas físicas, psicológicas y emocionales.

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