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La entraña temperamental del bolero

A los 20 años había cantado con Edith Piaf en Cannes, pero nadie en Cuba le creyó. “Hasta se rieron de mí”, confesó. Cuando Nat King Cole se presentó en el famoso cabaré habanero Tropicana dijo que había ensayado con ella para cantar sus discos en español. Actuó con Frank Sinatra en la inauguración de un hotel en Filipinas y ya nadie en el mundo ponía en duda el talento de “La reina del bolero”. “Después del cielo, Cuba, después de Cuba, Olga Guillot”, escribió Agustín Lara como un epitafio

Por Lorena Briedis

Cuando inauguraba el cabaré Venecia, junto con Fernando Albuerne en 1952, escuchó la detonación de una bomba que dejó a ciegas a la ciudad de Santa Clara. Esa noche tuvo que cantar sus boleros a la luz de las velas. Su voz ya era un relámpago insurgente que agrietaba el cielo revolucionario de Cuba. “Yo no sabía que existía la Sierra Maestra, hasta esa noche”, le confesó Olga Guillot al periodista Armando López en Nueva York, el 27 de junio de 2008.

En La Habana de los años 40, la gente paseaba por las calles escuchándola e imaginándola aferrada a su música como un náufrago a pura garganta en las orillas de algún desamor. El viento marino de la isla traía y llevaba su voz de las vitriolas al mar, del mar a las vitriolas, hasta que el gobierno revolucionario acusó el bolero de pesimista. “En Cuba silenciaron mis boleros, quemaron mis programas de radio y televisión, mis recortes de prensa. Como si Olga Guillot no hubiera existido nunca”. Tres generaciones de cubanos jamás la han escuchado. El viento marino de la isla cumplió con la orden de perder su voz en ultramar.

En una entrevista, Guillot le confió al periódico argentino Clarín los aciagos recuerdos de aquellos años revolucionarios. “Fidel me quitó mi casa y mi carrera de 18 años. Me llevaron presa tres veces. Y cuando mi hija tenía 18 meses, me dijeron ‘como sigas hablando mal de la revolución, no la ves más”. En 1961 salió exiliada, primero, para Venezuela, donde la recibió Renée Barrios, otra reconocida cantante cubana. Luego se penduló entre dos residencias itinerantes: su apartamento del barrio Polanco en México DF y el de Bal Harbour en Miami Beach. Ese mismo año, antes de su partida de Cuba, sus admiradores habían extendido frente al cabaré Capri, donde Guillot participaba como estrella invitada de la producción Serenata Mulata, una tela resuelta que decía: “Despedida de Olga Guillot”.

La primera vez que se la escuchó en su isla fue en el programa de radio La corte suprema del arte  junto con su hermana Ana Luisa cuando ambas conformaban el dúo de “Las hermanitas Guillot”. En una ocasión, una peluquera le preguntó cómo podía hacerse cantante. “Hay que ser genética”, le confió. Su talento, al parecer, era genético como ella misma decía: su madre era soprano; su abuelo, tenor; su hermana, clásica y ella, contralto. Cuenta que los domingos era el día de la ópera y de la zarzuela en su casa.

Había debutado como solista en 1945 en el Zombie Club de La Habana, por la época en la que en Cuba las únicas boleristas conocidas eran mexicanas y había figurado por temporadas en el Montmartre, en el Sans Souci y en el Tropicana. Para entonces, el pianista Facundo Rivero, con el que había compartido escena en el cuarteto Siboney y quien la acompañaría un largo trecho de su recorrido artístico, había columbrado en ella los dones privilegiados de una solista. Un año después de su debut grabó Stormy weather en español y la Asociación de Críticos la bautizó como “la cancionera más destacada de Cuba”. En 1954, hizo aquella famosa súplica “Miénteme” en Radio Progreso, con la Orquesta de los Hermanos Castro, éxito que le valió la venta de más de medio millón de copias sólo en la isla.

 Había iniciado su carrera como jazzista cantando en inglés, pero dijo que pronto se sumergió en las noches habaneras para reencontrarse con sus raíces, con el bolero cubanísimo, de cuya savia más africana, más caribeña fue irguiéndose el propio estilo. “Todo lo que soy se lo debo a Cuba”. En adelante, se consagraría con 20 discos de oro, 10 de platino y uno de diamante con los que los amantes la hicieron repetirles “Tú me acostumbraste”, “La gloria eres tú”, “Adoro” y recordarles que “Se acabó”, realmente sin acabarse porque, como dijo una vez, tendría que morir el amor para que sus boleros desaparecieran. En 1963, la Academia de Artes John F. Kennedy de Hollywood le otorgó el premio Palmas de Oro como “La mejor bolerista latinoamericana” y en 1964 fue la primera artista de habla hispana en presentarse en el Carnegie Hall de Nueva York. Todo se lo debía a Cuba y Cuba, en su despecho clandestino, se debía a ella.

El bolero tiene los labios gruesos, encarnados; los dedos, con los falsos anillos del compromiso y las uñas rojas y fieras de Olga Guillot. “El bolero ha sido mi mejor esposo y amante. Y eso que yo me casé cinco veces”. Se casó cinco veces, tuvo más de catorce aventuras y sólo le fue fiel a su música con la que había cruzado la única alianza duradera que se le encumbraba en la garganta. Al primer hombre lo cautivó una mañana cuando entró a su oficina para pedirle un aumento de sueldo; era el director de la radio en la que trabajaba y cuando se presentó en su despacho hizo caer la guillotina de su apellido: “Dejo la puerta abierta porque soy una señorita y usted tiene muy mala fama. Vengo a pedirle un aumento de sueldo porque yo soy muy pobre y me hace falta”. Así era Olga Guillot y así fue hasta sus 87 años: apasionada, explosiva, directa, temperamental. “La Temperamental” fue por muchos años un epíteto de aquel nombre al que la música le entraba con la corpulencia de la sangre y las entrañas. A su último amante lo dejó porque dormía con un revólver debajo de la almohada. Había estado preso desde los 17 hasta los 36 años y creía que Fidel lo perseguía. “Fue un dolor de cabeza. Tenía problemas psicológicos. Pero era tan guapo…”. Guillot cuenta que les cantaba a todos al oído y que los cubanos, que son muy amorosos, se empeñaban en casarse. Con ninguno había podido tener hijos hasta que la altura mexicana la hizo ovular y el día de los Reyes Magos nació su única hija: Olga María, quien viene de “La noche de anoche”, del enigmático episodio que narra el famoso bolero, el cual le compuso su padre -el actor Alberto Insúa- a su madre. “Mi hija es un milagro. A mi primer marido le dijo el ginecólogo ‘Si la quieres mucho, te quedas con ella, y si no la botas, porque hijos no te dará”. Sin embargo, contó en una oportunidad que en su vida había antepuesto muchas cosas al arte y a más de uno de sus pretendientes le había cantado su canción: “Total, si no tengo tus besos, no me muero por eso, ya yo estoy cansada de tanto besar…”.

Olga Guillot dijo alguna vez haber vivido en carne propia sus propios boleros ?las historias más íntimas las reservó para la autobiografía que estuvo preparando en sus últimos años?. Sin embargo, la mayoría los dramatizó como quien los hubiera sufrido. Su participación en casi veinte películas, así como la experiencia en el teatro, desbordaron  sus cualidades actorales al punto de que cierto público la calificó de agresiva y kitsch. “Yo no soy ninguna agresiva, ni kitsch, soy intérprete”, aclaró. “Si Luis Demetrio escribe ‘bravo, permíteme aplaudir, por la forma de herir mi sentimiento?, lo canto con fuerza, porque yo soy una actriz que canta”.

El periodista Armando López escribió en aquella entrevista de 2008: “Olga había trascendido el bolero mismo, creado un estilo a medias entre la canción italianizante y el jazz. Ahogaba sus graves en el llanto, desgarraba o suavizaba a media voz los agudos. En escena, expresaba con los ojos, con las manos; abría los brazos queriendo atrapar al público, hacerlo cómplice del desborde de sus sentimientos”. Fue reina en su escenario, pero de esas reinas que siempre estaban a medio destronar, bien fuera porque estuvieran conquistando un amor imposible o porque aquel que tuvieron lo habían perdido para siempre. Ella misma lo confesó: no siempre la felicidad es completa. “Siempre hay algo por la mitad del camino que te rompe por dentro. Es la estructura humana”. Es la médula espinal, la espina en la médula de todo bolero. Y la única espina confesa que Olga Guillot nunca pudo arrancarse de la voz fue regresar a su isla y hacerse escuchar. “Todo lo que ella quería era regresar a Cuba para cantar en Tropicana”, cuenta su amiga la cantante Vicky Roig. “Se fue sin poder ver a Cuba libre”.

El pasado 12 de julio, Olga cayó al piso en su casa de Miami Beach por la fuerza de un infarto o al menos así hemos de imaginarlo, viéndola caer: seguramente así lo hubiese dramatizado. Aquella escena pudo haber sido un último gesto de despedida con los ademanes más histriónicos y más sentidos del bolero, una emboscada del corazón que finalmente la desplomó. Pero aquel espectáculo ya lo había ensayado años antes cuando se cayó “de culo” en un escenario tal y como solía recordarlo. “Pero salió mi temperamento y antes de que el público comenzara a reírse empecé a cantar desde el suelo con todas mis fuerzas. El auditorio se puso en pie”. Y así se quedó, aplaudiendo…

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