jueves , junio 10 2021
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La banalidad de la música

En algunos países de Europa y en Estados Unidos a estas alturas estaría fichado como criminal. Puedo bajar de Internet al menos una docena de discos semanales sin remordimiento alguno. Mi código de ética al respecto tiene una sola línea: “No bajarás discos de artistas venezolanos”. Y trato de cumplirlo.

Vejete al fin, a veces me da por recordar la antigua emoción de pagar por un disco: reunir el dinero, buscarlo, esperarlo, abrirlo con extremo cuidado para no rasgar todo el plástico de la carátula (esa palabra ya nadie la debe usar: “carátula”), sacar el negro LP, mirar los surcos sobre la superficie, darle la vuelta, dejar caer la aguja con suavidad… y escuchar. Eso que poco se hace: escuchar.

La relación actual con la música es otra cosa. Los discos pasaron a ser archivos digitales, perdieron su condición de objeto artístico para diluirse entre los tantísimos gigabytes de memoria de tu computadora. Es tan fácil conseguir música, tan absurdamente sencillo y económico que ya casi ni te importa: bajas cualquier título, lo metes en el iPod, le das play una o dos veces mientras trabajas, chateas y usas Twitter y si no te gusta, a la cesta de la basura. Visto así, lamentablemente, la música es un producto desechable, de usar y tirar, un ruido de fondo.

Todavía recuerdo cuando compré The Wall, de Pink Floyd. Estaba en bachillerato, vivía en Macuto y a un costado de la bajada del Teleférico un tipo medio hippie había montado una modesta discotienda. En ese entonces era poca la información que se podía obtener sobre música: lo que comentaban en Radiodifusora Venezuela, lo que presentaba La música que sacudió al mundo, lo que se colaba en algún periódico. Sabía que había un disco llamado The Wall, pero nunca lo había visto. Y por alguna razón el dueño de la tienda tampoco estaba seguro de si ese álbum con el dibujo de una pared era “la pared” que tanto revuelo causaba en otras partes del mundo que no eran Macuto.

Después de considerarlo mucho, decidió abrirlo y claro que era Pink Floyd. De mi cartera Off Shore (con cierre mágico, por supuesto) salió todo lo que había. Cuando lo puse en mi 3 en 1, quedé como hipnotizado mirando las cornetas sin entender bien qué era eso ni cómo era posible.

Hoy, un carajito lo resuelve así: ni siquiera se molesta en revisar los discos de su hermano mayor. Se conecta, en Youtube encuentra partes de la película, se burla de los martillos marchando, mira conciertos de la banda, se fastidia, busca algo más en Google donde aparecen millones de referencias y decide leer dos o tres mientras se baja el disco completo en edición remasterizada y después lo pone a sonar mientras chatea con quince panas y curiosea en el Facebook de la noviecita.

Todo es tan fácil, que hasta esa obra maestra del rock resulta banal.

Esa, claro, es la visión pesimista y lúgubre del asunto. Para un melómano, sin embargo, todo es felicidad. Nunca antes ha habido tanta música gratuita a disposición. Sin gastar un bolívar te puedes armar una colección de discos asombrosa muy rápidamente. Te enteras de una novedad, la buscas y la obtienes: en minutos, sin salir de casa. Encuentras reseñas, entrevistas, videos, fichas, imágenes, todo. Y desarrollas una suerte de compulsión que te empuja a buscar y a buscar y a bajar y a bajar. Escuchas, borras, pasas al siguiente, guardas, venga otro, borras, organizas en el iTunes, armas listas de reproducción y trastornas toda la industria discográfica moviendo archivos de allá para acá.

En cierta época tuve unos cuantos amigos mayores que le tomaron el gusto a visitarme solamente para escuchar música. Ellos financiaban todo. Yo solamente sacaba y sacaba discos y abundaban los momentos en que nadie hablaba: le subíamos volumen al equipo de sonido y escuchábamos a Elvis cantando en Las Vegas, a Lennon en Nueva York, a Hendrix en Woodstock, a los Stones quién sabe dónde…

Hoy les montaría un playlist en 8 tracks o les pondría un compacto con ocho horas de mp3 o el iPod y estoy seguro de que no sería lo mismo: con algo de paciencia, todos ellos podrían tener más y mejor música que el anfitrión.

A veces entro en alguna tienda de discos. Supongo que es un acto reflejo. Hasta hace poco pasaba horas allí: decidiendo, escuchando. Y salía con seis o siete cd´s en la mano y con la quincena saqueada. Hoy me aburro al poco rato. Antes regresaba de los viajes con el morral atestado de compactos. Hoy, si acaso, regreso con una lista de títulos para buscar en la red.

Tengo más de 120 gigas de música almacenada, incluyendo carpetas que jamás he escuchado como debe ser, como lo hacía aquel señor medio loco que vivía en el piso 2 del edificio donde pasé unos cuantos años en El Valle: sentado en un sillón, a todo volumen y con la puerta abierta.

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