martes , enero 18 2022

Ir al cine

Una amiga encantadora y de mi mayor afecto pone a repicar mi teléfono al atardecer. Hace su mejor esfuerzo para animarme a salir con ella y su esposo. El plan es ir a ese rellano de sereno esparcimiento con un par de salas de cine y una de teatro, café, chocolatería, librería y sala de exposiciones, sito en Paseo Las Mercedes; para andar sin mayores rodeos descriptivos, ese grato recaladero conocido como Trasnocho Cultural.

¿Y qué van a ver?, pregunto. No sabemos, me responde, vamos a ver qué dan. Es de agradecer que en la Caracas de apremios e imprevistos, exista un lugar, así sea en el resguardo techado de un centro comercial, que obsequie la opción de llegar y ver qué dan, sin entradas prepagadas, ni reservación.

Yo hice mi mejor esfuerzo por sortear tan cálida invitación; inventé una excusa muy acorde con las costumbres que algunos amigos me conocen. Temprano todavía, sí, ya estaba empiyamado, le dije. Qué te cuesta vestirte, me recriminó ella. Tengo además que bañarme, le respondí. Báñate, te buscamos en 45 minutos.

Si digo que el Trasnocho Cultural es grato, es más por convicción que por experiencia. Porque celebro que la gente tenga un sitio a dónde ir en las noches, a ver una pieza teatral o de cine de arte.

Soy un poco agorafóbico. Y el panorama que me ofrece una velada de cine o teatro no es de los que más me motive a salir de casa. Explicaré por qué.

Siempre recuerdo la escena de The Player del gran Robert Altman: Vincent D?Onofrio encarna a un guionista frustrado como tantos habrá en los predios de Hollywood. La secuencia lo presenta sentado solo en una de esas grandes salas de cine de las que ya no hay, con pantallas tan altas y anchas como un edificio de tres pisos; de esas como nuestro recordado Cine Canaima, o el Altamira, o el Humboldt, o el Ayacucho, de años ha.

Ahí está David Kahane, el personaje de D?Onofrio que mira el correr de los créditos finales de un clásico exhibido en una de esas funciones de media tarde, tal vez.

Son las extemporáneas para el gran público las que prefiero. Si me toca estar solo en la sala como Kahane, mejor, el aire acondicionado trabaja sólo para mí, en esa invernal condición me concentro en la exhibición, que es todo lo que me convoca a arrellanarme en la butaca.

Se preguntará quien lea estas líneas por qué prefiero un matiné a mitad de semana que las concurridas y socializantes funciones de vespertina y noche; si acaso tal vez sea un sin oficio que pueda darse el lujo de ir al cine a deshoras.

No, en realidad. Por algo se programan esas funciones. Habrá unos cuantos más que como yo las prefieran. Y es que ofrecen la gran ventaja de poder apreciar el cine sin las molestas interferencias de esa multitud que da prioridad a las cotufas y los perros calientes gigantes, al punto de perderse hasta 15 minutos de película a la espera de sus golosos pedidos, que además incluyen nachos con queso fundido.

Y con sus enormes viandas se aparecen estos grupos desaprensivos, ya empezada la función, a demandar se les abra un espacio para, con la cena a cuestas, hacerse de un lugar en el centro de la fila de asientos.

Allí tiene lugar el banquete, no importa si lo que se exhibe es una de vaqueros o una T.P. Anderson. Da igual. Una vez dan cuenta del condumio empiezan a aburrirse y a preguntarse por qué esa pareja en la pantalla se está besando o por qué la protagonista llora. Los hay que, una vez saciados, salen del cine. En otras palabras, fueron a cenar. ¿Por qué no se van a una fuente de soda, se pregunta uno después de que han importunado la visión de la película con sus ires y venires al puesto de chucherías?

Eso, señores, no es ir al cine. Es hartarse.

Para ver la nota original en la revista haga click.

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