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¿Quién inventó el tiempo?


Por Lucas Monsalve

Imaginemos por un instante un mundo donde no existan los relojes, con sus horas, minutos y segundos. Más aun, imaginemos que tampoco existieran los años, semanas ni días, un mundo sin tiempo.

Eso fue hace mucho, pues desde los antiguos babilónicos tenemos vestigios del interés del hombre en el transcurrir del tiempo. Para ello, esta civilización se valió del más deslumbrante astro del oscuro firmamento: la Luna.

Durante las largas noches, los hombres del mundo antiguo admiraban la Luna en su constante cambio de ubicación y forma, como obra y regalo de los dioses. Fue así como de la contemplación del astro surgió la idea medir el tiempo a través de un calendario lunar.

 

Sin embargo, a pesar del estrecho vínculo que las primeras civilizaciones crearon con la Luna, ésta no daba la respuesta a las más importantes preocupaciones de aquella época: ¿Cuándo termina el invierno? ¿Cuándo llegarán las lluvias? ¿Cuándo es la mejor época para sembrar?

Es así como los egipcios, grandes observadores del mundo celeste, descubren la estrecha relación que hay entre la ubicación del Sol y la crecida de su principal fuente de vida, el río Nilo. Con su crecida llegaba la época fértil para sus tierras; el dominio de este tiempo les permitió a los egipcios prepararse para tener oportunas y abundantes cosechas. Nacen así los 365 días del año solar (para los egipcios, 360 días más 5 adicionales). A partir de allí, el Sol se convertiría en el gran patrón del tiempo. Con el pasar de los años, aparecerán distintos relojes solares egipcios, griegos y romanos.

Son estos últimos quienes perfeccionaron el calendario solar egipcio y lo amoldaron a su religiosidad y ley civil, lo que creó un nuevo orden del tiempo. La idea de la semana de seis días de labor más un día de descanso para culto religioso era ya una tradición arraigada en Roma, que se oficializa dándole nombre a cada día en función de los principales dioses del Panteón Romano, en estrecha relación con los astros del firmamento. Así, el día del Sol, de la Luna, de Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, serán la raíz de nuestros actuales: domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado. Nótese el parecido lingüístico no casual, que se repite en casi todas la lenguas de influencia greco-romana. El domingo, excepción en español y en otras lenguas análogas, debe su cambio a la tradición cristiana de dedicar un día de la semana a Jesucristo (domingo: “día del Señor”); sin embargo, en idiomas como el anglosajón se conserva aún su raíz romana (Sunday: “día del sol”). Igualmente, la organización de los meses del año con sus respectivos días es creación de la Roma Imperial, dejando su impregna en los meses de julio y agosto (august en inglés) por alusión a los emperadores: Julio César y César Augusto.

Del firmamento a la Tierra

A pesar de que los griegos lograron grandes avances en la geometría y diseño de los relojes solares, fueron nuevamente los romanos quienes popularizaron el uso del reloj para calcular el tiempo en pequeños segmentos. Se cuenta que uno de los primeros y más famosos fue el enorme reloj mandado a construir por el Senado Romano para controlar el tiempo de cada orador, para garantizar así la igualdad y evitar los largos sermones. Este extraño reloj no era solar, como el común de los relojes de aquella época, sino de agua. Siguiendo una sofisticada técnica venida de Egipto, los científicos romanos lograron calibrar el paso del agua por un pequeño agujerito que marcaba el paso del tiempo. En ese entonces, literalmente uno podía tomarse el tiempo necesario.

Claro está que este invento presentaba un grave problema; el agua se evaporaba con frecuencia y había que estar pendiente de reponerla, o de evitar su congelación en el invierno. Pasaron varios siglos y el dominio de nuevas técnicas para que este problema pudiera tener solución, reemplazando el agua por fina arena, lo que dio como resultado los ya conocidos por nosotros relojes de arena. Este se hizo común desde inicios de la Edad Media, cuando se convirtió en compañero fiel de navegantes y desvelados que contaban sus vueltas esperando el amanecer.

Sólo hasta la llegada de los relojes mecánicos, durante el siglo XIV, se oficializó la partición del día en 24 horas de 60 minutos. Misteriosamente, a pesar de los siglos transcurridos, esta distribución fue copia del sistema sexagesimal babilónico y egipcio que dividió el calendario lunar y solar en unidades múltiples de seis, aunque para el común de las personas era suficiente con separar los días en mañana, tarde y noche. Por aquel entonces, sólo los monjes vieron la necesidad de marcar con exactitud las horas de sus plegarias, haciendo famosos los primeros relojes mecánicos y acostumbrando a los pobladores de ciudades y aldeas al repicar constante y exacto de las campanas.

No sin esfuerzos, el hombre logró con el pasar de los siglos exactitud y sofisticación en el arte de medir el tiempo, llegando a ser hoy parte omnipresente de cada uno de nosotros. El reloj, automático, portátil y tan aparentemente simple a veces, nos hace olvidar que la medición del tiempo es uno de los más maravillosos inventos del hombre en su relación con su historia, su cultura y universo.

Fuentes:

-BOORSTIN, D. Los descubridores. Crítica. Barcelona, 2000.

-HANOUNE, R. y SCHEID, J. La Antigua Roma, cómo vivían los romanos. RBA, libros. Barcelona, 2005.

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