miércoles , abril 7 2021
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¿Qué tenemos de romanos?

Podríamos pensar que la mayor herencia de la antigua civilización romana es el idioma, su arquitectura o sus leyes. Aunque esto y otras cosas más forman parte activa de nuestra cotidianidad, es quizás la organización de la sociedad en función de la familia su mayor legado

Por Lucas Monsalve ? Historiador

Seguramente, usted escucha o utiliza con frecuencia las frases: “Todos los caminos conducen a Roma” o “Preguntando se llega a Roma”. Quizás de adolescente, o incluso hace poco, al ver a alguien conocido del cual hablaba, dijo: “Hablando del rey de Roma…”. También es probable que le hayan aconsejado en algún momento “no dormirse en los laureles”. Cada una de estas expresiones y muchas otras de nuestro cotidiano hablar, no sólo hacen referencia clara a la antigua civilización romana, sino que tienen su origen en ese mismo período.

De hecho, esta última frase fue utilizada por los retóricos en Roma, cuando querían denunciar el incumplimiento o la dejadez de algunos altos generales o funcionarios públicos, incluyendo a algunos césares, quienes al ser solemnemente coronados con laureles en su ascenso al poder u obtener grandes éxitos militares se olvidaban de cumplir con las funciones para las cuales habían sido encomendados.

Sin embargo, estas frases de uso común son sólo anécdotas de una herencia romana más arraigada, profunda e inconsciente de lo que nos podemos imaginar. Efectivamente, es el idioma latín uno de los principales canales de difusción de dicho legado para un gran número de países del mundo occidental, venido a una parte de América -justamente aquella llamada “Latina”- en barcos provenientes de la antigua Hispania romana, desde finales del siglo XV. Sí, XV y no “15”, pues como constantemente insisto a mis alumnos, los siglos, al igual que los capítulos de las obras o tomos, las numeraciones de reyes o papas, certámenes, olimpíadas y congresos se deben escribir siempre con números romanos.

Y es que Roma está en todas partes: en el idioma, en nuestra enumeración, en el calendario, en la arquitectura y urbanismo, en la forma de organizar las instituciones públicas, en nuestros gustos por los grandes espectáculos hípicos o taurinos, en nuestras supersticiones, creencias y, muy en especial, en nuestro ordenamiento jurídico. Es tan notorio esto último, que tendríamos que dedicar un sólo artículo para hablar del legado del Derecho Romano, dictado actualmente en todas las facultades de derecho del mundo, tal cual como hace dos mil años.

Las costumbres de levantarse todos los días con el pie derecho para tener suerte durante el día, o de decidir el destino por un rumbo fortuito entre derecha o izquierda, son propias de los antiguos romanos. Igualmente, gran parte de nuestra mitología sobre la influencia de los planetas y dioses en nuestras vidas. Tanto, que hasta el día de hoy aún consagramos un día de la semana a cada uno de ellos; el lunes a la Luna, el martes a Marte, el miércoles a Mercurio, el jueves a Júpiter, entre otros.

Sin embargo, hablar de Roma no es sólo hablar de imperium y césares. No debemos olvidar que la Iglesia Católica, la más grande iglesia cristiana en el mundo, es conocida también como la Iglesia Católica Apostólica Romana y que Jesús nació en época y territorio romano, difundiendo luego sus apóstoles el mensaje por todo su dominio. Consiguientemente, muchos de los primeros cristianos fueron también romanos y una parte importante de la tradición de la iglesia deviene de Roma. No en vano, allí San Pedro levantó sus cimientos.

Cuando ya, bien avanzado el Imperio Romano, fue tolerado el cristianismo (313), los primeros templos se construyeron a imagen y semejanza de los antiguos templos romanos. Presentaban una planta rectangular de tres naves, una principal y dos laterales, como son gran parte de las iglesias católicas hoy. No obstante, el mayor legado de la primitiva iglesia cristiana-romana al mundo no está en la estructura de sus templos, sino en su organización social y ética, así como en el fundamento de su doctrina de fe.

Es quizás éste el mayor distintivo entre el legado griego y el romano. Éstos admiraron en muchos aspectos a los griegos, imitando de ellos gran parte de su cultura, arte, religiosidad, organización política y demás. Pero la introducción de una novedosa religión, que tras pasar muchos siglos se fusionó con la organización de la antigua sociedad romana, creó una conjunción absolutamente novedosa que sigue siendo el asiento de la organización social occidental.

Desde la época de la República, la base de la organización social de Roma era la familia. Este núcleo estuvo dominado al poder que ejercía un paterfamilia como máxima autoridad a lo interno y representante ante la sociedad. De esta forma, ser romano era pertenecer a una familia y toda comunidad romana se organizaba a partir de ellas.

Este vínculo familiar trajo a los romanos una concordancia novedosa y única sobre las relaciones hombre/mujer. Si bien la mujer en el mundo antiguo siempre estuvo tutelada por el hombre y careció de participación política, en Roma la mujer jugó un rol fundamental en lo interno de la familia. El paterfamilia no sólo delegaba en ella la educación y crianza de los niños y adolescentes, sino el mantenimiento del orden familiar. Así, se convirtió en toda una gerente del hogar.

A diferencia de los griegos, este papel fue altamente valorado por la sociedad romana, que reconoció la importancia de la participación en conjunto, aunque con distintas funciones, de hombre y mujer dentro del núcleo familiar. La madre romana era así consejera afectiva, moral y custodia de los valores cívicos de los nuevos individuos, que posteriormente eran tutelados por el padre con “más rigor”, aunque con el mismo afecto, en su rol de presentador ante la sociedad.

Tras varios siglos y en conjunto con los valores propios del cristianismo primitivo, nace en Roma la moral de pareja, cuna de nuestro concepto ontológico de familia. Éste, si bien entró en aguda crisis en determinado momento de la historia de Roma y, en su deterioro, contribuyó a la caída de todo un imperio, se mantuvo y se ha mantenido casi intacto por aproximadamente dos mil años.

Fuentes bibliográficas:

– CANTARELLA, Eva. El peso de Roma en la cultura europea. Ediciones Akal. Madrid, 1996.

– RODRÍGUEZ ITURBE, José. Historia de las Ideas Políticas. Ediciones Universidad de la Sabana. Bogotá, 2005

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