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¡A bailar con las orquestas de ayer!

Grandes agrupaciones, shows con rumberas, cantantes, alegría y sobre todo tranquilidad era lo que se respiraba en la movida festiva de la Venezuela de antes. Es por eso que las personas que vivieron esos bailes afirman con un dejo de nostalgia: ¡Esas eran las mejores fiestas!

Por Yubelitze Angarita Borges

No importaba si las orquestas se presentaban en grandes salones, en clubes, boîtes o cabarets. El espíritu era el mismo y a la ciudad le gustaba bailar. La bonanza económica y la seguridad favorecían a Venezuela para que se mostrara internacionalmente como una de las mejores plazas para traer shows y orquestas que amenizaran épocas inolvidables con bailes de la sociedad y feriados infaltables como eran los carnavales.

Las décadas de 1950, 1960 y 1970 brindaron una vida nocturna envidiable, sobre todo por la gran oferta musical y ese espíritu festivo, sano y alegre que se respiraba por doquier. Bien vale la pena recordar con quienes vivieron esa época, sentarse a hablar con los padres, madres y abuelos y dejarles contar anécdotas de ese legado musical y de cómo se divertían los caraqueños.

El señor Eleazar López Contreras es escritor, cronista musical y compositor. Fue gran amigo del maestro Aldemaro Romero, atributos que lo convierten en un excelente guía para rememorar.

-¿Qué ponía a bailar a la Venezuela de ayer?

-La década de los cuarenta cerró en 1949 con unos carnavales fuera de serie, pues fue cuando se presentaron en el Hotel Ávila dos grandes orquestas: Rafael Minaya y Dámaso Pérez Prado. Años después, al recordar la visita del “Rey del Mambo” a Caracas, Aquiles Nazoa rememoró: “Señores, mucho cuidado/señores, mucha cautela/que ha llegado a Venezuela/el famoso Pérez Prado”.

Entonces había sanas rivalidades como la dada entre las orquestas de Billo?s Caracas Boys y Luis Alfonzo Larrain. La primera era la más popular y la segunda, la orquesta de sociedad.

Habían otras orquestas que ponían a la gente a bailar. Una de ellas era la de Pedro J. Belisario, llamada “la reina de las pistas bailables”. Luego surgieron más, entre ellas Los Melódicos y la Dimensión Latina y nos visitaron otras como la Orquesta Aragón, la Sonora Matancera (con Celia Cruz), Eddie Palmieri, Noro Morales y Luis Arcaraz, entre otros.

-¿Dónde era la movida?

—En los años cincuenta y décadas subsiguientes, la alegría con los grandes espectáculos y los bailes tenían lugar en los diferentes hoteles. Todo eso lo había iniciado el Hotel Majestic, que fue inaugurado en 1930, al cual le siguió el Hotel Ávila en los cuarenta. En la inauguración del Hotel Tamanaco (en 1953) tocaron la Lecuona Cuban Boys y la orquesta de Chucho Sanoja, seguidos, a los pocos meses por Xavier Cugat.

Después habrían de desfilar grandes bandas como las de Tito Rodríguez y Tito Puente, que causaron sensación en los setenta. Dada la competencia de esos hoteles, en 1973, Aldemaro Romero había dado el gran pitazo de esos carnavales, con su orquesta y la de Tito Rodríguez, al inventar el lema: “En el Ávila es la cosa”.

-¿Sólo en los hoteles era donde se prendía la rumba?

-No sólo allí. Las grandes celebraciones y grandes bailes también tenían lugar en el Círculo Militar y en centros sociales como el Club Paraíso, Los Cortijos y el Caracas Country Club, cuyas fiestas de fin de año eran legendarias.

– ¿Y qué hay de los precios?

-Según un aviso de prensa, los precios eran: Entrada Bs. 25; y Botella de Whisky servida de cualquier marca: Bs. 100.

-¡Siga el bonche hasta el amanecer!

-Las grandes celebraciones también eran familiares. Cuenta López Contreras que los bailes quinceañeros eran una ocasión muy especial y que el récord lo ostentaba la orquesta Billo?s Caracas Boys. “La gente solía decir: ‘no hay fiesta sin Billos?. Y era porque su orquesta mantenía al público en la pista, a tal punto que, en una ocasión, las parejas que bailaban en la terraza del Club Valle Arriba salieron empapadas, al mantenerse bailando bajo la lluvia hasta el final de uno de los primeros mosaicos que el maestro había diseñado para complacer varias peticiones a la vez”.

Humberto Zárraga, comunicador, cantante y locutor, cantó durante tres años en Billo?s Caracas Boys y compartió vivencias junto a Cheo García y Memo Morales. Uno de sus éxitos fueron los boleros “Triste Papel”, compuesto por Eleazar López Contreras y “Lluvia en la tarde”, además del “Mosaico 22”. Cuenta que había mucha responsabilidad con el público y que la fiesta tenía que hacerse bien.

“Recuerdo una anécdota simpática. En esos tiempos, la orquesta realizaba un promedio de 16 bailes mensuales y un sábado teníamos que tocar en un baile en el Hotel Meliá de Caraballeda, en el Litoral Central. Resulta que el camionero que se encargaba de transportar los atriles, el equipo de sonido y luces se equivocó y los trasladó, ¡pero al Hotel Meliá de Puerto La Cruz!

Cuando llegamos, nos encontramos con que no había nada instalado y era la única orquesta que iba a tocar esa noche. Fue Federico Betancourt, el creador del famoso grupo de salsa Federico y su Combo, quien nos sacó del atolladero alquilándole al maestro Billo todo lo necesario, para que una hora más tarde de lo pautado comenzara la fiesta. Ese fue uno de los mejores bailes pues, moral y artísticamente teníamos que resarcir al público y así lo hicimos”.

Carlos Torres, músico y compositor, también tiene mucho que contar. Fue cantante de la Orquesta de Luis Alfonzo Larrain y creador de la Orquesta de Carlos Torres y de la Orquesta Los Millonarios de la Alegría.

“Recibí enseñanzas inolvidables del maestro Luis Alfonzo Larrain. En un baile efectuado en el Club Venezuela, cuando era crooner de su orquesta, yo le pedí no cantar un bolero. Éste estaba de moda, a mí no me gustaba interpretarlo y él, calmadamente, me dijo: ‘Carlos, tú eres mi amigo del alma, pero aquí en la orquesta tú eres un músico, algún día cuando tengas tu orquesta me darás la razón”.

Años después comprendí que Luis tenía  razón, cuando en un baile que me tocó amenizar con mi orquesta, en el Círculo Militar, alguien me pidió que interpretara un tema de moda que se llamaba “La Luz”. Aunque no me gustaba tuve que interpretarlo y fue cuando recordé aquella enseñanza del maestro, porque una orquesta está para alegrar al público y debe complacerlo siempre”.

Muchos fueron los noviazgos, matrimonios y hasta reconciliaciones que salieron de esas fiestas, cuya música era alegre y romántica, propia para desencadenar sentimientos de amor. Pero todo tiene su final y los bailes también culminaban, aunque los asistentes quisieran continuar durante horas y horas. Entonces llegaba el momento de colocar el “Alma Llanera”, tan reconocida para anunciar que “el bonche” había terminado.

“Desde finales del siglo XIX, los bailes solían terminar con el valse “Adiós, a Ocumare”. Al aparecer el “Alma Llanera”, en 1914, su autor, Pedro Elías Gutiérrez, cerraba la retreta de los domingos con este joropo, en la Plaza Bolívar. Con la aparición de las grandes orquestas en Caracas, en los años cuarenta, estas eligieron terminar los bailes con esa pieza, para cerrar con broche de oro”, cuenta López Contreras.

Sin embargo, las calles daban para más. En el caso de Caracas, los grupos de amigos, parejas, y familias que salían de los bailes con la euforia propia de la música y la celebración ya sabían qué era lo que seguía: ¡A comer tostadas! Y se trasladaban a las famosas areperas de la ciudad como las de los Hermanos Álvarez, Tostadas Miss Mundo, El Tropezón, El Avión, entre otros, para hablar de lo bien que la pasaron y esperar una próxima celebración. ¡Y que sigan bailando!

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