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García Márquez o el Gabo universal

Por Daniel Centeno M.

Hay vidas que parecen hechas de anécdotas, en las que una de éstas llega a tener el poder de compendiar toda una existencia: sucedió en Chile. Hace unos años como para poderlo contar. Un joven escritor de Santiago tuvo una visión digna de domingo de resurrección. A través del vidrio de un hotel capitalino, la figura de Gabriel García Márquez descansaba con indiferencia en una butaca del lobby. Para el principiante no se trataba de un simple señor de 70 años en una silla, sino de una especie de monumento de carne y hueso. Y, pues, el muchacho hizo lo que se hace ante esas situaciones: rendirle honores, pleitesías, hablar con torpeza, decirle que él también era escritor y que todo se lo debía a sus libros de maestro. García Márquez lo escuchaba, incómodo y fastidiado, hasta que un ofrecimiento le llegó como esperanza de escape: “ahora mismo voy a mi casa y le busco mi novela para que se la lea. No, no se preocupe, es cortita”.

El joven escritor corrió (o fue en taxi) a su choza. Agarró el ejemplar de aquella novela que le debía tanto a García Márquez y retomó sus pasos al hotel como una bala de cañón. De regreso, el colombiano ya no estaba en el lobby sino en el restaurante, acompañado, en una mesa rodeada de equipaje. El chico se envalentonó y le interrumpió la comida al Nobel con el libro en la mano. Éste último refunfuñó que ya estaba por irse al aeropuerto. El principiante le dijo que podía meter su novela en la maleta. El otro le respondió que no quería cargar más peso. Al fin, un tanto derrotado ante su ídolo, el muchacho hizo una última concesión: enviarle el libro al maestro por correo. Y aquí es cuando casi termina el cuento: García Márquez le dijo que sí, quizás con el mismo ademán que uno hace para quitarse una mosca molesta. El joven se retiró no se sabe si satisfecho o harto, hasta darse cuenta de algo: no le había pedido la dirección postal al ídolo. Así que regresó, y con lo poco que le quedó de orgullo, formuló una simple pregunta: “Perdone, maestro, ¿a dónde le envío el libro?” García Márquez volteó antes de ver al resto de comensales de su mesa, le brindó una sonrisa burlona al intruso y dijo las siguientes palabras con sorna caribe: “Pon Gabo. Sí, pon Gabo, nada más. Ellos saben a dónde enviarla, chico”.

Este cuento no es invento. Por decoro se esconde la identidad del otro escritor. En algún momento pudo haber sido materia para un proyecto de libro sobre el otro lado de García Márquez. Pero ya no hay caso. Lo cierto es que el colombiano, además de haber sido un coloso de las letras, era un ser humano con todas las contradicciones que el paquete trae consigo. Y es en ese relato pasado en donde podría leerse una verdad casi incontestable: “Gabo” era un nombre conocido y famoso en buena parte del planeta, y podría decirse que sólo le pertenecía a él.

Lo logró por derecho propio. Como la de nadie, su pluma y estilo fueron los que mejor dibujaron el sentir latinoamericano, con toda su carga de belleza y celebración en la derrota. García Márquez podía hacer de la cursilería su aliada y elevarla a la categoría de arte. Y él de tonto no tenía nada: lo sabía como el gran contador de historias que era.

Hablar de García Márquez es hacerlo del arte de narrar. Fue un hombre que intentó lograrlo en diferentes ámbitos: en el periodismo, el cine, el teatro y la literatura. Del primero aún se recuerdan sus inicios en Colombia, aquellos en los era apodado “Trapo Loco” por las fachas que permitía la bohemia caribeña. De esa etapa nacieron crónicas y reportajes como Sólo doce horas para salvarlo, Caracas sin agua, Las esposas felices se suicidan a las seis y Relato de un náufrago. Todos de alguna manera siguieron en nuestras tierras la estela del nuevo periodismo norteamericano, gracias a encontrar en las historias individuales el vuelo noticioso hacia lo universal e indeleble. Mención aparte merece la fundación de la agencia cubana de noticias Prensa Latina, y luego de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, última instancia que moldeó a futuras generaciones de reporteros formados por él y sus colegas más cercanos.

Con el cine y el teatro no corrió igual suerte. Aunque en su arranque García Márquez comenzó publicando críticas cinematográficas bajo el nombre de “Septimus”, y luego recibió clases de guión en el taller de Cesare Zavattini, sus incursiones en el séptimo arte fueron ingratas. Como guionista no dio en el blanco, y sus propias obras literarias resultaron maltratadas en el proceso de adaptación. Es probable que sea la primera de todas ellas, En este pueblo no hay ladrones (Alberto Isaac, 1965), la que menos daño le hizo a su mundo de ficción. El teatro raya en lo anecdótico, Diatriba de amor contra un hombre sentado, fue su única obra para las tablas. La terminó de redactar en 1987 y pocos se atreven a salvarla de las llamas. Es probable que en un acto de sinceramiento el mismo García Márquez haya apoyado la creación de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños y no a una compañía de teatro.

Lo suyo, ya se dijo, era más el periodismo y con éste consiguió el forraje para hacer engordar a la vaca de la ficción. Sus novelas están ahí como pruebas. Para escribir El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios y El general en su laberinto desempolvó su libreta de periodista y la grabadora, que tanto odiaba cuando la usaban para aplicarle ese género con el cual se hizo cruces en público mientras en privado lo utilizó hasta donde pudo: la entrevista. Sin las eternas conversaciones grabadas de García Márquez con sus padres, familiares e historiadores ninguna de esas novelas hubiese cobrado vida. Ni siquiera Cien años de soledad. De la última sólo necesitó el vehículo correcto para hacer fluir los cuentos de su abuela oídos en aquella infancia remota entre calores, fantasmas y cañaverales.

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Su enseñanza fue indudable: aunque fuera falsa, había que utilizar la exactitud del periodismo para dotar de credibilidad a la ficción más increíble. Por eso no era igual escribir que había pasado “un gran grupo de elefantes azules” que “432 elefantes azules con sus 61 toneladas a cuestas por la selva del Kalahari”. En pocas palabras, ni Alejo Carpentier inventó lo real maravilloso; ni García Márquez hizo otro tanto con el realismo mágico. Eso siempre estuvo allí, en la lengua popular, en las profundidades de los países, en los paisajes exagerados, en la historia inverosímil de nuestros pueblos. Pero nadie como ellos para comprender la veta de diamantes que existía ante sus sentidos.

Ni qué decir de la importancia de saber titular todo lo que se fuera a imprenta. Si algo tenía García Márquez era el don de conseguirle el nombre perfecto a una nota de prensa, cuento o novela. Iban desde los elaborados con una carga poética (Cuando era feliz e indocumentado, Memorias de mis putas tristes o Tu rastro de sangre en la nieve); hasta los sencillos y directos: Un día de estos o Sólo vine a llamar por teléfono.

No había confusión de planos. El periodismo era otra rama más de la literatura, aunque eso estuviera en contra de muchos egresados de las escuelas de letras. La vida de García Márquez también fue así. No hubo un personaje bueno y otro más proclive a la impostura, digno de cuentos de enemigos y envidiosos. Ambos formaron parte de él, y sus defectos fueron tan importantes como sus virtudes al momento de crear a sus personajes. Un escritor no tiene por qué ser un hombre comparable a un sacerdote, porque para eso están los altares y púlpitos de las iglesias. García Márquez, pese a todo, logró lo que ninguno de sus contemporáneos (como Vargas Llosa) y maestros (como Borges) había alcanzado: ser tratado con familiaridad, y bajo el mote de Gabo, en muchas casas que nunca conoció. Su buena prensa, proximidad de orígenes y temas en su obra lo llevaron a esa isla en piloto automático. Por eso, quizás hasta la coronilla de una universalidad que en principio sí buscó, le dijo a ese joven chileno aquella hiriente frase con la que solucionaba una encomienda sin dirección a domicilio: “Pon Gabo. Sí, pon Gabo, nada más. Ellos saben a dónde enviarla, chico”.

Con él se va una parte de nuestra historia compartida.

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