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Fingiendo alivio

Cerró la puerta tras de sí. El mundo quedaba fuera. Dejó el maletín sobre la cama y no pudo evitar que un gesto de vergüenza le asustara el rostro.

De pronto, imágenes de pocos minutos atrás:

-Doctor Badel, su formación y experiencia en mercadeo son muy buenas, pero ¿por qué lo despidieron y desde hace más de un año está sin reubicarse?

La mujer que lo interrogaba era bonita, alta y algo morena, pero lo que más le llamó la atención era su voz, clara como látigo que golpea la autoestima.

-Señorita, la empresa en la que trabajaba hizo una reestructuración general y los más afectados fuimos los gerentes, quienes con tantos años de trabajo teníamos sueldos altos que ya los dueños no podían mantener. En cuanto al tiempo que pasé sin trabajar, digamos que lo planifiqué como año sabático. Necesitaba un descanso y reorientar mi futuro sin mayores apuros.

Rápidamente Badel miró hacia la ventana; no podía sostener más la mirada de la joven. Se negaba a admitir que sus superiores no habían valorado su experiencia, que lo habían sustituido por alguien con mucho menos sueldo y al que consideraban con “mayor empuje”. Se había desgastado el último año enviando sus postulaciones y currículum, haciendo pruebas de habilidades en mil consultoras y molestando contactos. “Amigo, me gustaría ayudarte pero ya sabes cómo están las cosas en Buenos Aires”, le decían sus colegas de reojo, evitando el contagio de su desesperación.

-Imagino que durante ese período se habrá puesto al día con las nuevas técnicas de investigación acerca del comportamiento del consumidor, dijo la entrevistadora como cortándole el pensamiento con el filo de una navaja.

Por supuesto, se apresuró Badel. He aprovechado para actualizarme en los últimos avances de gestión empresarial y me resultó muy productivo. Hoy día lo más importante es pensar con anticipación, agregó sorprendido por haberle salido de los labios la trillada frase de moda, que tanto odiaba.

Sí, ha habido muchos cambios en las gestiones últimamente, asintió la joven con cierta agudeza.

Badel la miró de frente. “¿Qué sabrá esta mujer de gestiones?”, pensó. “Estoy seguro de que salió de la facultad hace apenas dos o tres años. No entiendo cómo la han puesto a entrevistarme, ¡a mí! con más de 15 años de experiencia…”

Pero usted debe saber mucho de eso por el cargo que ocupa, dijo entonces Badel en tono suave y disimulando la ironía. ¿Qué me puede decir acerca del cargo vacante?

-Bueno, en realidad me preocupan dos cosas: reportará a mí y soy mucho menor que usted; y el sueldo que se ofrece es menos de la mitad de lo que ganaba en su último empleo.

En ese preciso momento, el ánimo de Badel no pudo más. Lo tuvo que recoger del suelo como si se tratara de una colilla de cigarrillo mal fumado, para decir con toda la fuerza de su hipocresía:

-¡Qué bien que trabajaré con usted! Siempre me ha gustado estar con gente joven. Los tiempos han cambiado y hay que adaptarse. En cuanto al sueldo, será un desafío mejorarlo con los logros que obtenga.

Y mientras terminaba la frase, su mente apenas empezaba: “¿Cómo haré para pagar las cuentas de fin de mes, los gastos del hogar, las deudas, el préstamo del banco…?” Se torturaba cuidándose de mantener una sonrisa de mármol.

-Si para usted no es un problema…, dijo la joven cómodamente sentada y mirándolo esta vez, directamente a las pupilas.

Los ojos de Badel se habían secado totalmente… de inanición. Respiró profundo, inhaló el perfume de la joven y con él, se tragó su orgullo e impotencia.

-Le estoy muy agradecido por esta oportunidad. No la voy a defraudar, dijo finalmente con convicción.

-Estoy segura de eso. Esta compañía sólo apunta al éxito.

Badel había escuchado tantas veces la palabra “éxito”, que ya había perdido todo significado para él. El país estaba sumido en el desasosiego y él no era una excepción.

Al llegar a la casa, sus hijos lo saludaron con exigente alegría. Convencidos de que su padre era un ganador, lo apretujaron entre circulares de colegios que demandaban reinscripción.

Cerró la puerta tras de sí. No sabía cómo iba a enfrentar nuevamente a la joven a partir del lunes.

Exhaló e intentó dejar su mente en blanco. Tenía todo el fin de semana para fingir alivio por haber encontrado un puesto, y no le quedaba sino algunas horas de sueño antes de sonreírle a la dura realidad.

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