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Fieras en las filas de Zamora

Martín Espinoza aparece en la Historia de Venezuela como una mancha en la causa del líder de la Guerra Federal, conflicto que se registró de 1859 a 1863. Quien formara parte del grupo de las “Trece fieras” encabezó los más sangrientos episodios del conflicto armado. Una película acerca de Ezequiel Zamora mostrará parte de su historia

Por Ángel Ricardo Gómez

Huele a humo. El fuego devora una casa entera. Cuerpos mutilados están esparcidos por todo el paisaje. Una mujer llora de forma desgarrada en el pecho de su marido muerto. La guerra. Causa justa o no, implica muerte y desolación. Locura. Venezuela la vivió de 1859 a 1863 con los sucesos que acompañaron a la Guerra Federal, el más largo conflicto civil después de la lucha por la Independencia del país. En aquel contexto, un grupo encabezado por Martín Espinoza hizo estragos en la población.

Tenía rasgos de indio, pero sus ojos eran verdes. Bajo de estatura, Espinoza resultaba hosco y repulsivo. Así describe Ramón Díaz Sánchez a un hombre que formó parte de las llamadas “Trece fieras”, emblemático grupo que estuvo en las filas de Ezequiel Zamora (1817-1860), líder de los campesinos, cuyo principal lema fue “Tierra y hombres libres”.

“Hay en sus huestes (de Zamora) seres que parecen escapados de las leyendas de la Edad Media. Tal es, por ejemplo, Martín Espinoza, un bandolero del llano que divide su tiempo entre el abigeato (robo de ganado) y la guerra, y cuya suerte comparten más de mil llaneros, adictos a su persona”, relata Díaz Sánchez en su libro Guzmán Blanco, eclipse de una ambición de poder (citado por Carmen Zuleta de Merchán en su trabajo La concertación social en Venezuela).

El estado mayor de Espinoza estaba conformado por 13 jinetes con apodos de bestias feroces: Onza, Tigre, León, Pantera, Caimán, Perro, Mapanare, Gavilán, Toro, Lobo, Caribe… De allí lo de las “Trece fieras”.

Martín Espinoza cometió innumerables atrocidades durante la guerra: cortaba los dedos de sus víctimas para quedarse con los anillos, violaba a las mujeres blancas y se “casaba” en cada pueblo con la doncella que más le apeteciera. El historiador Manuel Caballero reseña en uno de sus artículos: “no lo conmovían ‘ni el grito de los huérfanos ni el llanto de las madres? cuando de cortar cabezas de ‘oligarcas? se trataba”.

Designios del más allá

El encargado de oficiar las “uniones” entre Espinoza y las infortunadas mujeres era un brujo de nombre Tiburcio, a quien todos llamaban El adivino. Díaz Sánchez asegura que éste era un mestizo, aunque Laureano Villanueva, biógrafo de Zamora, lo describe como: “un indio, natural de Caracas, muy ladino, superior por su inteligencia y locuacidad a aquella gente ignorante, metida en los bosques, como si fueran salvajes”.

Era Tiburcio el que hacía los ensalmes a las operaciones de Espinoza y sus hombres, marcaba a las víctimas con una cruz y muchas veces él mismo aplicaba los “fantásticos suplicios”. Sánchez escribe: “Nada le conmueve o apiada y de igual modo hace morir a un hombre que a una mujer o a un niño. Su diversión favorita consiste en aspar a los desdichados sujetando sus miembros con estacas. Luego los degüella con sus propias manos o les hace desbordar las entrañas por sus lanceros”.

Y es que El adivino le hacía creer a sus seguidores que se comunicaba con Dios y los Santos; en consecuencia, podía ver el futuro. Les indicaba cómo y cuándo pelear, y cuándo y cómo debía evitarse el combate. Espinoza, por su parte, aseguraba que cada vez que seguía sus instrucciones, el éxito lo acompañaba.

Ramón Díaz Sánchez apunta que El adivino se revistió más de una vez con los ornamentos de las iglesias y oficiaba “misas”. “La turba de negros y mulatos, los esclavos recién libertados, la horda multicolor que le oye desde la cima de su locura, siéntese traspasada por una extraña fe, segura de alcanzar todas las preeminencias y de saciar todas sus venganzas. Arrancarán a los blancos el poder y la riqueza con la misma facilidad con que les han arrancado el cielo…”

Villanueva escribe en Vida del valiente ciudadano General Ezequiel Zamora, que así como el caudillo liberal supo aprovecharse de Espinoza, encontró también utilidad en Tiburcio. En una oportunidad, el general obligó a un sacerdote a abrir una iglesia y, ante la mirada de la tropa, subió El adivino al púlpito, revestido con el manto de una de las imágenes, y dijo, entre otras cosas, que era necesario seguir al General Zamora, porque lo que este caudillo deseaba era llegar a Caracas para matar a todos los que supieran leer y escribir. Todo esto fue en componenda con el líder, según cuenta el biógrafo.

Con todo, el enigmático personaje habría servido, según Villanueva, “para refrenar los ímpetus feroces de Espinoza”.

En descargo del caudillo liberal, el historiador aclara: “Los lectores pensadores comprenderán sin explicaciones, que el intento de Zamora era valerse de aquellas montoneras para sostener la guerra, mientras la suerte le proporcionaba modos de formar un ejército reglado, con el cual maniobrar y destruir los del Gobierno en acciones campales y decisivas”.

Fiera al paredón

Embriagado de poder, Martín Espinoza avanzaba hacia su propia muerte. En Tucupido, estado Guárico, el bandolero intentó asesinar a un sacerdote porque se negó a casarlo con uno de sus habituales “trofeos”; también trató de asesinar al Jefe Civil de aquella localidad por no prestarse a otra de sus atrocidades… Pasaban de mil las bestias que se había robado Espinoza de los hatos invadidos.

Aunque el mismo Zamora, según Laureano Villanueva, decía: “Lo que debe cogerse son los ganados, bestias y tiendas de los godos, porque con esas propiedades es con lo que ellos se imponen y oprimen al pueblo. A los godos se debe dejar en camisa, pero la gente del pueblo, igual a usted, se respeta y se protege”.

No obstante, el caudillo, para no seguir manchando el nombre de su causa, toma una determinación. “Irritado al fin Zamora con los excesos de este hombre empecinado, insensible a sus consejos y amonestaciones , y resuelto por otra parte a no consentir que el ejército se contaminara de inclinaciones al mal, determinó fusilarlo; que todos vieran que no toleraba en sus subordinados la perpetración de crímenes comunes, ni menos el militar de la desobediencia, deserción e insubordinación, ya tres veces cometido por Espinoza”, narra Villanueva.

En consejo de guerra, el caudillo reunió a algunos oficiales: ordenó se instruyera un sumario contra Espinoza y con unas declaraciones que se tomaron sobre sus últimos homicidios, robos y desobediencias, fue condenado a muerte y ejecutado en público.

Zamora en la gran pantalla

Muchos de los relatos anteriores apasionaron al experimentado cineasta venezolano Román Chalbaud, quien a mediados de los años ochenta encargó al argentino Juan Carlos Gené un guión sobre Espinoza, que tituló, precisamente, Trece fieras. Aquel texto nunca se filmó, pero la hora de hablar de Zamora y algunos de aquellos sucesos llegó con el advenimiento de la Villa del Cine, que le encargó un biopic acerca del caudillo de la Guerra Federal.

“Soy admirador de las luchas de Zamora”, confiesa Chalbaud, director de una súper producción a estrenarse este mes y que será película y miniserie para televisión.

Los primeros actores Dimas González y José Torres serán Espinoza y Tiburcio, respectivamente, mientras que el joven Alexánder Solórzano encarnará a Ezequiel Zamora. Completan el elenco Dilia Waikkarán, Luigi Sciamanna, Daniela Alvarado, Anastasia Mazzone y Vito Leonardo, entre otros.

El guión de Luis Britto García presenta a un Zamora reflexivo, culto, reservado y gran estratega, cuya máxima hazaña se produjo en la batalla de Santa Inés, en Barinas, el 10 de diciembre de 1859.

Para Britto, la figura del revolucionario fue estigmatizada en la Historia de Venezuela. “La memoria de Zamora fue infamada como la de un criminal, un salteador. Durante siglo y medio la historiografía goda representó la Guerra Federal como un simple desbordamiento de ferocidad, sin indagar sus causas ni las reivindicaciones que sostenía el pueblo alzado”, indicó a la agencia estatal de noticias.

Chalbaud secunda este punto de vista y señala: “Hay gente que siempre le ha querido quitar capacidad intelectual, cuando resulta que su cuñado, Johann Gaspers, lo cultivó en varios temas. Algunos escritores dicen que Zamora no dejó nada escrito y por eso no tiene peso intelectual, pero Jesucristo tampoco dejó nada escrito…”.

El realizador acepta que la Guerra Federal fue uno de los hechos más violentos de la Historia de Venezuela, “pero la Revolución Francesa también lo fue”, sostiene.

Para ver la nota original en la revista haga click.

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