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Entre las paredes de «Macondo»

Lo único que quedó de Miguel Otero Silva en Sebucán fue el nombre de una avenida. Su casa fue demolida, pero bajo la polvareda quedaron las historias de un lugar legendario no sólo por servir de vivienda y lugar de trabajo a uno de los intelectuales más significativos de Venezuela, sino por la cantidad de visitantes ilustres que tuvo y por el modo cómo reflejó al país

Por Ángel Ricardo Gómez

En “Macondo”, el jardín y el Ávila eran un solo verde. La vegetación interna de la casa se confundía visualmente con la de la gran montaña. Un jabillo centenario, chaguaramos, palmas, bambúes y hasta un roble sembrado por Miguel Ángel Asturias, daban al lugar belleza y frescura.

Si se entraba por la calle de los Fernández había que ascender por unas escaleras y se pasaba por el estacionamiento, para luego subir unas escalinatas internas, muy cerca de la gran biblioteca, que daban acceso a los diversos espacios de la vivienda. Por la calle de los Bustillos, un portón de madera labrada daba al otro lado de la casa, un patio donde se encontraba la piscina. Una fundición de un Balzac de Rodin llegó a custodiar, cual salvavidas, aquel espejo de agua. Muy cerca estaba el anexo en el que llegó a vivir el cineasta ítalo-venezolano Franco Rubartelli.

La que fuera una de las casas del escritor Miguel Otero Silva en Caracas llegó a convertirse en un lugar emblemático por el que pasaron las más importantes figuras del arte y la política nacional e internacional, sin contar que fue un verdadero museo por la cantidad de obras artísticas que albergaba.

Adiós a la flor

A principio de los años sesenta, la familia Otero compró la edificación -emplazada en un terreno de unos 1.600 metros cuadrados- al empresario Lothar Neumann por el monto de 500.000 bolívares de los de antes. La casa se llamaba “Amapola”, pero en 1967, el escritor y sus hijos Miguel Henrique y Mariana deciden cambiarle el nombre a “Macondo”, debido a lo mucho que les gustó la recién publicada Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, uno de los ilustres visitantes.

La familia venía de la quinta “Lérida” en Los Palos Grandes, también escenario de importantes encuentros. Además, Otero tenía otras casas en Venezuela y una en Italia.

Miguel Henrique Otero descarta que éste haya sido un refugio para su padre. “Había grandes reuniones allí; además, era su sitio de trabajo porque tenía su oficina”.

El actual editor de El Nacional reconoce que, además de ser la casa que habitó, ésta tuvo un significado importante en su formación y sus relaciones sociales y políticas. Recuerda al ex presidente de Francia, Francois Mitterrand, con una cámara Polaroid con la que registraba todo: el roble que plantó Miguel Ángel Asturias y el buen humor de Pablo Neruda, entrañable amigo de su padre.

“Neruda siempre iba para la casa, recuerdo que era muy chistoso. Nosotros también fuimos a Chile. Ellos se veían además en París o él iba a Italia, no lo asocio solamente con ‘Macondo”.

Y es que Matilde Urrutia, la compañera del poeta, vivió por un tiempo en la quinta de Sebucán. “Eso fue cuando estaba haciendo su autobiografía (Confieso que he vivido). Mi papá la ayudó en eso, trabajaron en su oficina por cuatro o cinco meses… Además, era la época de Augusto Pinochet, entonces era como un refugio para ella también”, recuerda Miguel Henrique Otero.

La visita de Borges

En 1982 viene a Venezuela Jorge Luis Borges y, según una crónica de Alonso Moleiro en El Nacional, estuvo dos veces en “Macondo”. “La primera fue un almuerzo de trabajo; la segunda, un evento social sin agenda. Al primer encuentro asistieron Arturo Uslar Pietri, Juan Liscano, Tomás Eloy Martínez, Ernesto Mayz Vallenilla, Luis Alberto Crespo, Ben Amí Fihman y Enrique Hernández-D? Jesús, quien lo acompañó a todas partes en su estadía y le tomó más de 100 fotografías”.

Carmen Ramia, para entonces esposa de Miguel Henrique Otero, recordaba que el visitante llegó a “Macondo” pidiendo que le sirvieran todos los batidos posibles de frutas tropicales.

En aquella oportunidad, el artista solicitó también estar en una coleada de toros, la cual le organizaron especialmente en el Club Los Cortijos de Caracas.

Eran varios los factores los que se conjugaban para que “Macondo” fuera un lugar de encuentro por excelencia: un importante escritor de pensamiento progresista, editor de uno de los principales diarios del país; su esposa, María Teresa Castillo, fundadora del Ateneo de Caracas, el más importante centro cultural; una casa acogedora con una gran cantidad de obras de arte producto de dos generaciones de coleccionistas. Ambos, anfitriones excepcionales.

Emir Rodríguez Monegal, crítico y ensayista uruguayo, escribió en unas memorias su experiencia de 1967 en “Macondo”: “Es una maravilla arquitectónica, construida sobre una ladera y con tres pisos que se proyectan independientemente, cada uno con su jardín propio. Las colecciones de libros y objetos de arte y los cuadros, la convierten en un museo. Ya Neruda me había hablado de la casa y los tesoros de Miguel Otero y me había contado que su última adquisición era un Henry Moore, pero la cordialidad del anfitrión y de su mujer supera toda descripción”.

Mariana Otero destaca a su padre de la siguiente manera: “(Un hombre) muy simpático, gran anfitrión, muy inteligente, culto; él mismo hacía posible que causara interés en la gente que más o menos tuviera el mismo nivel intelectual o artístico… Mi mamá es una persona muy positiva a la que le interesaba mucho promover y estimular toda la cosa artística. Era como un terreno muy abonado para que la gente fuera allá”.

Destellos de un país

Para Miguel Henrique Otero, “Macondo” fue un lugar de encuentro importantísimo y plural, reflejo de la Venezuela añorada de no exclusión, mezcla de gente y discusión de ideas.

Su hermana lo secunda: “Fue un reflejo de un país que quizás se está perdiendo, el de la tolerancia, la apertura al arte mundial, el fomento de las artes, la apertura a todas las manifestaciones”.

Margarita Cadenas, quien realiza un documental acerca de la desaparecida quinta, apuntó: “Fue una casa fascinante. Creo que tiene que ver mucho con aquello que dijo Moisés Naim, de que esa armonía que se vivía en Venezuela era ilusión. Yo creo que en “Macondo” estaba representada esa ilusión grandísima de que estábamos construyendo un país pluralista”.

La cineasta venezolana radicada en Francia recordó que si bien la familia Otero vivió en una casa del mismo estilo en Los Palos Grandes, “Macondo” significó el esplendor. “Tiene que ver con el comienzo de la democracia venezolana, con las esperanzas, con la necesidad de construir un país cuando la izquierda se integra a la sociedad”. Y es precisamente el paralelismo entre ese país y aquella casa lo que quiere reflejar Cadenas en su audiovisual.

“Macondo” el nombre que puso García Márquez al escenario ficticio de Cien años de soledad. En una ocasión, García Márquez dijo: “Macondo? no es un lugar, sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”. Quizás Otero buscaba que nunca se perdiera la ilusión, que a pesar de no existir el lugar se repitieran los encuentros.

Hoy en día la casa no existe, pero nadie podrá borrar lo que ocurrió entre aquellas paredes.

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