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El mundo no se va a acabar

Siendo consecuentes, muchas personas este enero debieron haber tirado a la basura sus adornos de navidad, ya que, según comentan, en él tendrá lugar el fin del mundo, por lo que ya no los volverán a utilizar

Por Lucas Monsalve – Historiador

No nos habíamos terminado de recuperar de la psicosis colectiva causada por las predicciones fatalistas sobre el colapso del mundo en el año 1999, cuando pocos años después nos encontramos con la posibilidad de que se eligiera a un Papa con la piel negra y se cumplieran así las “esperadas” predicciones del profeta Nostradamus.

No siendo suficiente, a finales de 2009 nos enteramos de que ya no eran el cambio de milenio ni los designios de los jerarcas de la Iglesia Católica, los que marcarían el fin del mundo, sino los glifos descifrados en un monumento de los antiguos mayas.

En específico, la profecía nace de la interpretación que hicieron hace ya varios años un grupo de investigadores sobre la desgastada tabla de piedra tallada en el siglo VII d.C que se encuentra en el recinto arqueológico conocido como Tortuguero 6, en Tabasco, México. Este documento alude a un suceso mítico previsto para el 21 ó 23 de diciembre de 2012, según el cual supuestamente se terminará nuestra era.

La profecía no hubiese tenido mayor repercusión – como muchas otras – de no ser porque tres años atrás se estrenó y promocionó una película al mejor estilo de Hollywood, titulada 2012. En ésta, la tierra sería destruída durante este año por una serie de catástrofes naturales, según predicción de los antiguos mayas. Así, la ficción se mezcló con la manipulación de una evidencia para crear una historia atractiva. La publicidad se encargó del resto.

Epigrafistas, antropólogos e historiadores mayistas hoy agradecen esta insana divulgación, pues esto ha dado pie a que aquellos inconformistas de la información masificada indaguen más a cerca de la interesante cultura de este antiguo pueblo.

En efecto, el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, reafirma la existencia de una inscripción metafórica en Tortuguero 6 donde, en apariencia, se narra el fin de un periodo y la transición a un ciclo nuevo en una fecha posiblemente predecible, siendo ésta una más de las muchas narraciones figurativas mayas que inducen a la relación entre el hombre, el poder, la naturaleza, los astros y el tiempo.

Sin embargo, quienes conocen sobre epigrafía y astronomía maya saben que ellos – como muchas otras culturas – no tuvieron nuestra preocupación histórica occidental. Para los mayas resultaba más importante la alusión poética y simbólica, que su contenido como interpretación de un hecho real, con lo cual, resulta absurdo descontextualizar sus alegorías metafóricas como un vaticino innegable, pues su esencia fue representativa y no histórica. Ello sin contar con las dudas razonables sobre la exactitud del cómputo con respecto a nuestro calendario.

De hecho, todas las profecías suelen surgir de fuentes metafísicas y poéticas, no históricas. Basta con leer un poco los textos originales de Nostradamus del siglo XVI para deducir que es muy fácil concluir distintas teorías aplicables a la realidad. Ni qué decir entonces de aquellos textos mucho más antiguos, de otras culturas, en distinta grafía y diferente cosmovisión.

¿Por qué nos gustan las profecías?

A raíz de la fama suscitada por las profecías mayas, un grupo de historiadores y antropólogos reunidos en Palenque a finales del año pasado, concluyeron que detrás de estas leyendas descontextualizadas acerca del fin del mundo de los últimos años, se encuentra “el desasosiego de la sociedad contemporánea, como consecuencia de la inestabilidad político-económica o el cambio climático” que intenta buscar explicaciones metafísicas a una realidad imprevisible e indeseada, librando de alguna forma al hombre actual de su responsabilidad ante la historia.

De todas formas, nuestra cultura contemporánea lleva desde sus orígenes intrínseca la tragedia como destino final del ser humano; Así lo narraron los griegos en su demoledora contradicción entre la atención a los dictados del destino (natural) y la atención a lo justo y lo normativo (humano). Luego el judaísmo y cristianismo dotaron de una visión apocalíptica a la existencia, en donde el hombre ineludiblemente se enfrentará a su historia ante un juicio final. En ese temor está muestro morbo por las profecías; dilucidar hasta qué punto el hombre se escapará, o no, a su posible designio.

Irónicamente ello está tan interiorizado dentro de nuestra cultura occidental profana que, por más de que sintamos curiosidad por lo profético, nadie pareciera tomárselo demasiado en serio, pues asumimos, aun en los más creyentes, muy pocas posibilidades de acierto.

De no ser así, muchos de los que dicen creer en las profecías deberían estar hipotecándose al máximo durante este año, dejando de asumir responsabilidades y dedicándose a vivir lo más desenfadadamente posible en lo que resta de meses, sin haberse debido dar el Feliz año 2012.

Este pensamiento se resume en la genialidad del microrrelato de la escritora Ana María Shúa cuando escribió: Cataclismo busca profeta.

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