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El Mundial de Rusia será interplanetario

 Distancias impensadas y extenuantes esperan a las selecciones en la cita universal. Jugar en Kaliningrado para luego partir a Moscú será casi, dejándonos llevar por la desmesura y la imaginación, como un viaje al espacio. Agárrense duro y apriétense los cinturones: el avión va a despegar

 Por Cristóbal Guerra – [email protected] – @camisetadiez

Hace algún tiempo se decía, como metáfora o exageración de distancias inconmensurables, que aquello de lo que hablábamos estaba a una lejanía “interoceánica”. Eran tiempos en los que la carrera espacial no se vislumbraba, y que ir de un continente a otro era la hostia, como le gusta decir a los gallegos.

Pero, como todo lo humano avanza, como el progreso es indetenible y como el planeta se va haciendo pequeño, el lanzamiento de cohetes y artilugios al espacio cambiaron el concepto: ahora se miden las distancias no en kilómetros como en otras épocas, sino en “puntos interplanetarios”.

Y así va a ser el ya cercano Mundial de Rusia. Claro que decir que será “interplanetario” es una desmesura, cómo no, pero de cierta forma explica lo que habrán de recorrer selecciones, periodistas y aficionados para llegar de una ciudad a otra.

Pero no es para tanto. Nizhny Novgorod “solo” está a tiro de piedra como la ciudad vecina y más cercana a Moscú: 417 kilómetros, es decir, como de Caracas a Cumaná. Saransk se alarga un poco para quedar a 646 kilómetros de la Plaza Roja, San Petersburgo a 707 del Kremlin, Kazán 807, Volgogrado 970, Samara 1.042, Rostov 1.081, Kaliningrado 1.276, Sochi 1.620, hasta llegar a Ekateninburgo, “apenas” a 1.787 kilómetros, una distancia que puede ser de la capital de Venezuela a Lima y a la que se puede llegar en un vuelo de casi tres horas y de varias más en los rieles del tren.

Los rusos, siempre en su empeño de establecer una rivalidad, “guerra fría” si hablamos de los tiempos de Nikita Kruschev y John Kennedy, se defienden al recordar lo que fue el Mundial de 1994 en Estados Unidos: de Boston a Los Ángeles había que recorrer más de cinco mil kilómetros para llegar a un partido, y de Washington a San Francisco otro tanto. Casi nada, casi nada.

Tomemos a una selección para ejemplificar lo extenuante que va a ser el Mundial: España. Debutará ante Portugal en Sochi, cinco días después irá a Kazán para vérselas con Irán, y luego tomará sus arreos para otros cinco días más tarde, en Kaliningrado, enfrentar a Marruecos: en el viaje itinerante solo en la ronda inicial mundialista los españoles habrán consumido casi 1.300 kilómetros. Pensemos lo que habrán de andar si llegan a la final el 15 de julio, seguramente unos tres mil o cosa parecida.

Habría que sacar la cuenta del total de kilómetros tragados por las 32 selecciones a todo lo largo del Mundial, y seguramente que la cantidad debe ser asustadora, un viaje a la Luna, cuando menos. ¡Cuántas subidas y bajadas de aviones, cuántos avisos de apriétense los cinturones, cuántas nubes en el horizonte, cuántas turbinas encendidas!

Al regreso a casa, los jugadores y entrenadores deben llegar buscando medicinas para el mareo después de tanta vuelta. O pedir con urgencia en Cabo Cañaveral su certificado de astronautas, luego de hacer viajes que en mucho han de parecerse a los interplanetarios y la conquista de Marte y Saturno. “¡Nueve, ocho, siete, cinco, cuatro, tres, dos, uno, allá va, fuego en la cola y los perdemos rumbo a Moscú!”.

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