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El conejo en la luna

Y entonces apareció ese “twett” reenviado por un amigo: una chica que decía que ahí, en esa luna enorme que lució la noche a mediados de febrero, ella seguía viendo a un conejo

Con apenas un toque de imaginación cualquiera la puede ver: la gran liebre de largas orejas, figura de perfil en tono oscuro sobre el iluminado satélite de la Tierra. Los mexicanos saben de eso.

Teotihuacan es visita obligada para quien viaje a la capital de México. Tanto como debe serlo la iglesia de la virgen de Guadalupe, ubicada en las faldas del cerro Tepeyac. Tanto como el célebre Tenampa de los mariachis. Tanto como el inabarcable Museo de Antropología. Y tanto como, anoten ese dato, la cantina El Centenario, que espero continúe como memoria de otros tiempos en la muy atildada Colonia Condesa.

La primera vez que fui a México, al cabo de pocos días experimenté la impostergable necesidad de saber qué era todo eso que estaba empezando a conocer: esa urbe fascinante plena de historias y de contrastes, donde la modernidad convive con un pasado remoto que asoma sus huellas de piedra casi donde quiera que mires, y sigue surgiendo desde el subsuelo con su impronta poderosa y tenaz, ganando la batalla del tiempo a los conquistadores del pasado y a los transformadores del presente.

Teotihuacan está muy cerca: a unos 50 kilómetros de la capital. Entre los años 450 al 650 después de Cristo, se calcula que alcanzó su máximo esplendor y crecimiento consolidándose como una de las ciudades más importantes de Mesoamérica. Hoy es ese lugar al que los turistas acuden a fatigarse maravillados por las dos imponentes pirámides conocidas como El Sol y La Luna y en el que arqueólogos y antropólogos aún se devanan los sesos tratando de entender sus misterios.

La leyenda dice que fue allí donde nació la era actual, o el quinto sol. Para los antiguos mexicanos el mundo tuvo cuatro eras anteriores que culminaron con distintos cataclismos. En medio de la devastación y la oscuridad al término de la cuarta, en Teotihuacan fueron convocados los dioses para dar origen a un nuevo período de vida. Y eso sólo podía ocurrir mediante un sacrificio. Dos dioses fueron elegidos para obrar el prodigio arrojándose al fuego sagrado de la creación. Uno de ellos Tecuciztécatl, era altivo, orgulloso y acicalado. El otro, Nanahuatzin, era humilde y su cuerpo estaba plagado de pústulas.

Luego de ayunar y ofrendar con su sangre, llegado el momento, Tecuciztécatl lo intentó cuatro veces pero no pudo soportar esa muerte en el fuego y reculó. Nanahuatzin, por el contrario, se lanzó decidido y ardió entre las llamas. Pero el primero, empujado por la envidia, también saltó a la hoguera.

Consumidos ya, los demás dioses esperaron la aparición del nuevo sol. Pero entonces vieron surgir dos astros luminosos en cielo brillando con igual intensidad. Tal cosa no podía ser posible, de modo que los dioses tuvieron que tomar la decisión. Y uno de ellos la ejecutó: arrojó un conejo que impactó sobre Tecuciztécatl y apagó el fulgor de ese segundo sol aparecido por error: “Así oscureció su rostro, así le hirió el rostro, como hasta ahora se ve”, relata Fray Bernardino de Sahagún, quien es, a su manera, uno de los padres de la antropología.

Desde entonces, la silueta está allí, mostrándose en las noches hasta que llegue el final de los tiempos.

Pero la historia tiene un poco más. El sol y la luna debían moverse, pero eso no sucedía. Los dioses entendieron que les tocaba entregarse también a la muerte y así lo hicieron todos, menos uno que en vano intentó huir, Xolotl. Pero ese sacrificio no logró su propósito. Y fue el viento, la fuerza de Ehécatl, el que logró empujar al sol en su recorrido y luego a la luna en su sendero nocturno.

Algunos estudiosos del tema, buscan la alegoría en el mito que se salvó del olvido gracias al meticuloso trabajo del fraile Sahagún: podría tratarse de la sustitución de un cánon religioso por otro, de un asunto de vencedores y vencidos, de la readaptación de una concepción de las creencias. En todo caso, las piedras de Teotihuacan, ajenas al fragor del turismo, siguen hablándole —lentamente, eso sí— a la ciencia, mientras la estampa del conejo se ofrece a la mirada de quien sabe buscarlo cuando la luna muestra su esplendor.

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