jueves , junio 10 2021
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El bastón del peregrino

Faltaban diez minutos para las doce. Pronto recibiría el nuevo año con un abrazo de su esposa y de aquellos hijos, no todos, que esperaban junto a él las emotivas campanadas. Era un rito sagrado que había practicado durante muchos años con la misma expectativa. Sus lágrimas inundaban sus sentimientos, salpicándolos de melancolía. Todos los años recordaba a los ausentes y agradecía a los presentes. Su silencio hablaba mucho ante tanta algarabía mientras múltiples sonrisas se paseaban entre abrazos, como si con ello quisieran borrar para siempre un pasado doloroso, apretándolo contra sus pechos. Julián moría y nacía con cada beso en su mejilla. Atrás habían quedado su padre, su madre y hermanos, pero también sus amigos y hasta un nieto, quien había partido súbitamente. Lo llevaba guardado en su corazón y grabado en sus recuerdos a pesar de la distancia. Pero Julián no pudo continuar evocando su pasado, porque la música de los mariachis interrumpió sus pensamientos. Ya no era una despedida sino una bienvenida a la vida que prometía un mañana mejor. Julián secó su rostro con el pañuelo e invitó a bailar a su dulce compañera. Los hijos aplaudían y él sonreía animado. Era la más hermosa escena que pudieran haber soñado, sólo que ahora se hacía realidad al ver a su anciano padre lleno de dicha junto a su esposa amada. Este sería su último baile. Sin embargo, el tiempo se detuvo para sellar aquel momento en la memoria de sus hijos; minutos que, de tanto evocarlos voluntariamente cuando flaqueaban las fuerzas, los impulsarían de nuevo a la lucha. Yo viví esa experiencia.

Si nos tomáramos tiempo para reflexionar y hacer un alto en nuestras vidas, atesoraríamos las buenas enseñanzas de quienes nos dieron la vida y podríamos hallar muchos motivos para vivir satisfechos sin arrepentirnos de nuestros fracasos. Recogeríamos del pasado aquellos sueños no cumplidos para limpiarlos y hacerlos brillar de nuevo. Romperíamos las cadenas que otros nos han impuesto y desataríamos los nudos creados por nuestras propias palabras para comenzar de nuevo a transitar otro camino. Siempre se puede comenzar porque cada día nos premia con un amanecer de promesas e ilusiones. Los niños nos enseñan a levantarnos alegres y entusiastas, pero sólo los disfrutan quienes viven con un pequeñín a su lado y, a veces, ni siquiera se dan cuenta de la suerte que tienen.

Como dice la canción, no hay nada más duro que “recoger esquiveces”. Y es que cuando se ha vivido un poco, la decepción forma parte de la vida cotidiana. Ya uno no puede creer que algunas personas, a quienes una les ha dado tanto cariño, paguen mal sin motivo aparente. Es como si hubieses sembrado trigo y encontraras yedra al momento de la cosecha. No es posible explicar esa tristeza ni curarla tampoco. Lo que nos queda es volver atrás, a nuestros buenos recuerdos para tomar aquél bastón que nos sirva de aliento en nuestra travesía. Esas doce campanadas me dicen que no debo perder la esperanza en la bondad de la gente y que, aunque sea en otros lares, el porvenir siempre ha de ser risueño. Como aquel poema de Machado, me diré constantemente: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”. Sé que mi mañana no es seguro pero puedo convertir mi presente en un eterno instante para ayudar a otros a lavar sus heridas, llevando siempre conmigo a mi compañero de vida y apoyándome en él como el peregrino a su bastón.

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