viernes , enero 14 2022

El arte de agradar

En el mundo del espectáculo hay variadas formas de entretenimiento: circos, conciertos, deportes, cine, juegos, teatro y hasta entrevistas. La reina de todas las diversiones nació en el siglo XX: la televisión. Desde su llegada se ha perfeccionado y diversificado la manera de presentar el talento humano hasta el punto de agradar nuestros sentidos sin agotar la creatividad. Pero hay otras maneras de divertirse que son esencialmente diferentes.

Yo nací a mediados del siglo pasado con la televisión y me cuesta imaginar la vida sin ella, pues no la viví. Quizás, lo que me ayude a entender la tranquila vida de principios de siglo sea la crianza que me dieron mis padres: la rutina para comer juntos en familia y a la misma hora, otra para dormir y así sucesivamente, pues todas las actividades diarias tenían un propósito educativo. Los talentos y valores familiares eran inscritos en nuestros modales con el fuego de una mirada paterna o el abrazo estimulante de mi madre. Puedo ver así las celebraciones de cumpleaños, la llegada del Carnaval o la conmemoración de la Navidad con largos y cuidadosos preparativos donde todos en la familia participaban para compartir su felicidad. Observo, por ejemplo, a la tía que es muy hábil para elaborar disfraces, a la prima que toma clases de piano y al hermano que con su prodigiosa memoria y encantadora voz declama versos, animando cada reunión con nuevas creaciones o aumentando el repertorio de poemas y canciones.

Todo eso se ha perdido con la prisa de la vida moderna. Al menos, eso creía yo, hasta que en mi más reciente Navidad me regalaron cuatro espectáculos dignos de la más rancia realeza europea: uno laboral, dos familiares y otro en casa de amistades. El primero fue escenificado en la oficina de mi amiga Silvia, cuyos artistas fueron ella y sus compañeros de trabajo. La presentación me impactó de tal manera que aún vivo la emoción de esa noche. El segundo transcurrió en casa de mi cuñada Zulay, donde su hermana Maribel nos hizo reír como nunca durante horas con un show en el cual todos fuimos actores. El tercero lo presencié en mi casa paterna y estuvo protagonizado por mi esposo y dos hermanos, quienes deleitaron mis oídos mientras, improvisadamente, traían a su memoria la letra de varias canciones al son de un bongó, cuatro y guitarra. El cuarto lo viví en casa de mi amiga Elizabeth, donde compartí un sabroso hervido criollo junto a mi tía Maruja y cantamos aguinaldos en medio de risas y aplausos.

En los cuatro eventos me sorprendió escuchar y disfrutar de talentos hasta entonces desconocidos: la animación y poderosa voz de Silvia; la encantadora y creativa diversión que produjo Maribel; la armonía de voces e instrumentos de mi familia y la cristalina voz de Elizabeth. Sin embargo, lo que dio ese “toque mágico” a las reuniones fue el espíritu de convivencia de quienes estaban al lado y detrás de todos ellos. En la primera reunión predominó el cuidado de los detalles; en otra, la espontaneidad; en la tercera, la suave paz de los recuerdos y, en la cuarta, la alegría compartida. Pero en todas había interactividad. No existirían aplausos sin un buen show, ni felicidad sin participación activa. No hubo que pagar entradas para ver cada espectáculo ni hacer largas colas para entrar al recinto. Fue, sencillamente, un regalo que sólo las almas hermosas son capaces de ofrecer. Después de todo, no se han perdido las tradiciones, el amor de la familia ni el círculo de la verdadera amistad. Allí también reside el arte de agradar.

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